Uno de los rasgos más estremecedores de nuestra época es la casi abolición del sentido común. Su desprestigio no es un fenómeno reciente. Por eso algunos dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Un concepto que utilizamos habitualmente sin saber muy bien qué significa. Puede entenderse como una idea general sobre algún tema o también como una norma social, presente en todos nosotros, que integra educación, experiencia e instinto. Se asocia con acierto, serenidad, obviedad y simpleza. De todos modos hay tantos sentidos comunes como personas, razones y existencias vividas; por tanto, para cultivar el nuestro, es importante no juzgar el de los demás, valorar nuestras opciones y actuar consecuentemente. Es el juicio sano que permite el conocimiento de la verdad de las cosas; lo tiene toda persona, con independencia de que sea creyente o incrédula.

Aristóteles lo atribuía a nuestra capacidad de percibir de manera casi idéntica los mismos estímulos sensoriales. Todos compartimos esa manera de sentir el impacto que el entorno tiene en nosotros, la vivencia de los aspectos más específicos y menos abstractos de lo que vivimos en el día a día; una matriz psicológica común que nos permite analizar críticamente varias cosas y extraer ideas similares a partir de esto.

El tacto, la vista, el gusto, el olfato y la audición son los sentidos con que, corporalmente, el hombre se acerca a las cosas del mundo para reconocerlas. Pero existe también el llamado sentido común que tiene que ver más con el universo de las ideas y los pensamientos que con una forma concreta de la sensibilidad. El sentido común es como una especie de "acuerdo natural" que las personas hacen sobre algo. Es una forma de juzgar razonablemente las cosas, sin necesidad de que una determinada información esté comprobada científicamente; lo único que importa es que la mayoría de las personas lo consideran cierto.

Todos, a lo largo de nuestra vida, nos encontramos frecuentemente con situaciones que suponen un dilema, una encrucijada. Cuando llegamos a este punto, solemos confiar en nuestras experiencias, sabiduría y, por supuesto, nuestro sentido común. Elegir, no siempre llega a ser una tarea sencilla; están presentes nuestros sentimientos y emociones, nuestro estado personal del momento.

A veces el sentido común no es tan universal como pensamos; no todos disponen de esa capacidad de discernimiento y sentido de la lógica que nos orienta sobre lo más acertado. En ocasiones, aun sabiendo qué sería lo más aceptable, no lo aplicamos bien por dejadez, por desafío, desidia o porque nuestra mente está ocupada en otros complejos universos.

Cada cual adopta la postura que cree más adecuada y conveniente de acuerdo con sus propios deseos y convicciones. Y aunque lo ideal es tomar una decisión sin presiones externas, muchas veces es el "qué dirán" o los propios prejuicios lo que nos impide actuar serenamente y con orientación equilibrada.

El sentido común nos dice, por ejemplo, que deberíamos llevar una vida más saludable. También nos susurra a menudo que deberíamos reciclar más cosas, que no hay que leer los mensajes en el móvil mientras conducimos o que deberíamos compartir tiempo de calidad con las personas que amamos. Lo tenemos claro, pero no lo hacemos.

Cultivar el sentido común puede parecer una tarea difícil; sin embargo es necesario cultivarlo, siendo más consciente y reflexionando acerca de las situaciones, antes de tomar decisiones. Cada vez podremos elegir más positiva e inteligentemente, en función de lo que proporciona mejores resultados. Observar más y mejor nuestro entorno nos ayudará a escoger las opciones más prácticas.

"Hoy lloramos la muerte de un querido amigo, "Sentido Común", que ha estado entre nosotros durante muchos años. Será recordado por algunos por haber sabido cultivar lecciones tan valiosas como que "hay que trabajar para poder tener un techo propio sobre la cabeza"; que "se necesita leer todos los días un poco"; saber que "los pájaros que madrugan consiguen lombrices", y también por reconocer la validez de frases tales como "la vida no siempre es justa" y "tal vez haya sido yo el culpable".

Vivió bajo simples y eficaces consignas como "no gastes más de lo que ganas", y estrategias confiables como eso de que "los adultos están a cargo y no los niños". Su salud comenzó a deteriorarse rápidamente cuando se aplicaron reglas bien intencionadas pero ineficaces y contradictorias.

Sentido Común perdió el deseo de vivir cuando los valores se convirtieron en material risible, algunas "vocaciones" en negocios y los criminales empezaron a recibir mejor trato que sus víctimas. Ya no podía soportar la falta de criterio de la gente, que en su afán vanidoso, dejaba de lado toda moral y discernimiento de lo provechoso y útil.

La muerte de Sentido Común fue precedida por la de sus padres, Verdad y Confianza; la de su esposa, Discreción; la de su hija, Responsabilidad, y la de su hijo, Raciocinio.

No hubo mucha gente en su funeral porque muy pocos se enteraron de que se había ido".

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