En estas páginas que dedicamos a directores o mitología del cine, nos debíamos una sobre Star Wars, o La Guerra de las Galaxias, como quiera llamarla. No sólo porque es un punto de inflexión en la historia del cine desde 1977, cuando el estreno del primer filme, sino porque sus personajes y su historia -bastante arquetípica- se han vuelto parte del paisaje pop de las últimas cuatro décadas. Justamente, hace 41 años que se estrenó (el 25 de mayo de 1977 en EE.UU., el 25 de diciembre aquí) la original, y es buen momento para armar, de paso, una hoja de ruta.

La película original se llamó Star Wars. Nada más. Ni “Episodio IV” ni “Una nueva esperanza”. George Lucas tenía un solo guión que se extendía un poco más de lo que vimos en el filme de 1977, con el enfrentamiento de Luke con Vader y el parentesco descubierto. Pero listo, terminaba ahí. Fue el hecho de que superara toda recaudación previa en Hollywood lo que llevó a armar una saga, que tuvo como guionistas al maestro Lawrence Kasdan (uno de los grandes realizadores de Hollywood, responsable de películas como Cuerpos ardientes, Reencuentro o Mumford) y, en el segundo episodio, a Leigh Brackett, la guionista de Howard Hawks y responsable del genial romance entre Luke y Leia. El Imperio Contraataca pasó a ser “Episodio V” y se rebautizó el primero. Pero la idea era reproducir la idea del “serial” de los años ’40, de ahí que los números fueran más bien cualquier cosa.

Cuando Lucas mostró el primer corte de la película a sus amigos directores (Francis Ford Coppola, que hizo muchísimo tras cámaras, Brian De Palma, Martin Scorsese y el “nene” Steven Spielberg), De Palma le dijo que no se entendía nada, que mejor metiera un texto al principio. Sí, la tradición del texto la inventó Brian De Palma. La película estaba condenada al fracaso porque excedió su ya alto -para la época- presupuesto de u$s7 millones a u$s11 millones. La Fox estaba recién recuperándose del gasto tremendo de Cleopatra (1962), que casi la llevó a la bancarrota una década antes. Temblaban todos. El invento de De Palma casi fue la salvación para “atrapar” al público.

La serie terminó oficialmente en 1983 con El regreso del Jedi, y nadie esperaba más. Las razones por las que Lucas decidió hacer tres películas (“precuelas”, les dicen) con la historia previa de Darth Vader permanecen en el misterio: quizás para poder redorar no sólo su nombre sino el copyright sobre la marca Star Wars. Esa trilogía hay que verla “antes” de la canónica para entender la historia, pero tampoco es tan necesario. Su problema es básico: el uso extensivo de la imaginería digital hace que se vea “poco natural” y poco relacionada, visualmente, con la serie original. No fue un fracaso, pero no fue, tampoco, el éxito que se esperaba. De hecho, cada episodio recaudó menos que el anterior. Las tres películas, además, son las últimas que dirigió -a la fecha- George Lucas.

Lo que nunca dejó de funcionar fue el marketing. La marca Star Wars sigue vendiendo juguetes, ropa y comida como en 1977. Disney entendió, después de comprar Marvel y lograr un megaéxito con Los Vengadores, que llegaba el tiempo de tener muchas “marcas” instaladas para hacer películas. Ya tenía Pixar, Marvel y Los Muppets. Compró pues Lucasfilms para crear la continuación de Star Wars, los episodios VII, VIII y IX. El tercero está aún en producción y se estrena(ría) a fines de 2019. El VII, dirigido por J.J. Abrams, es probablemente la mejor película de toda la marca, una especie de remake mejorada del original. Pero el VII, de Rian Johnson, es odiado por los fanáticos más fuertes y piden que se “retire del canon”. Algo pasa con la marca: Disney decidió, también, hacer spin-offs, historias relacionadas con el tronco principal pero no imprescindibles. Lucas lo había intentado con dos películas sobre los osos Ewok, esos cosos peludos de El regreso del Jedi. Y le fue mal. Disney hizo Rogue One, que narra cómo se robaron los planos de la Estrella de la Muerte (justo antes de la primera Star Wars) y le fue muy bien. Y entonces hizo Han Solo. Pero contrató para eso a dos directores de comedia, Chris Miller y Peter Lord, que habían hecho genialidades cómicas como La gran aventura Lego y las dos Comando Especial. Los echaron cuando casi estaba todo filmado por “diferencias creativas”, agarró la posta Ron Howard y logró un filme clásico bastante bueno, pero el peor fracaso de todo 2018. Mientras, volvió Abrams al Episodio IX. Ahora los planes de episodios X, XI y XII, que debía dirigir Rian Johnson, así como el spin-off de Boba Fett (el cazarrecompensas con casco, mucho más célebre en las novelas del universo Star Wars que por las películas) están en veremos.

¿Pero por qué nos gustaron tanto? Star Wars es un compendio de todo el cine de aventuras, empezó como un chiste y quedó. Hay un pirata espacial, un saloon del Oeste en pleno planeta extraterrestre, peleas con espadas, lianas como en Tarzán y batallas aérea como en el cine bélico. Eso, y el hecho de que la cámara a veces nos “metía” en la acción, era una forma nueva de fantasía en una década donde Disney y la animación ya no podían responder a las exigencias del público de la era espacial. Y además los personajes eran buenísimos: la princesa guerrera, el pibe héroes, los robots, el villano mortuorio que se redime al final y el piola del barrio con su mono gigante. Todo el universo de los juegos infantiles pero con tecnología del futuro. Star Wars funciona no por su muchas veces demasiado cacareado “arquetipo del camino del héroe” (todas las grandes películas de aventuras son eso) sino porque fue -y sigue siendo- el salón de juguetes del siglo que vivimos.