Un pequeño escándalo doméstico se desató en la Ciudad de Buenos Aires, el único distrito donde el oficialismo no pudo presentarse electoralmente con la marca Cambiemos, a pesar de que es la cuna del PRO y donde gobierna desde hace diez años.

La elección interna de uno de sus aliados, la UCR, convocada para la semana próxima devino en una pulseada con final poco amistoso. El propio presidente Mauricio Macri intervino a través de Daniel Angelici en busca de una lista de unidad entre el sector de Facundo Suárez Lastra y Jesús Rodriguez -que propuso a Luis Brandoni como presidente de la UCR porteña- y quien actualmente controla el comité, Enrique “Coti” Nosiglia. El favor presidencial se inclinó hacia preservar la relación con Nosiglia y ahora enfrenta el descontento de los desplazados radicales.

El radicalismo viene pidiendo más juego dentro de Cambiemos desde la última elección ya que considera que se “recibió” de aliado y quiere dejar de ser el ball boy para ser parte de una mesa formal de conducción con poder de decisión. En la relación con sus socios electorales, Macri se había cuidado de pisar la línea y cometer faltas. Pero ahora parece decidido a invadir el campo de juego de los partidos asociados en Cambiemos.

El roce radical se multiplicó con las palabras de la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, crítica sin filtro de Angelici y el Coti Nosigilia, que amplificó lo que hubiera sido sólo un chisporroteo local.

Carrió debe vislumbrar que la injerencia de la Casa Rosada en los partidos aliados no es un buen síntoma para el lugar de autonomía que pretende para su fuerza, justo cuando observa que el macrismo se inclina por anudar acuerdos con el peronismo, como demostró en la negociación con los gobernadores por el Pacto Fiscal y con los senadores y diputados por el paquete de reformas que avanza en el Congreso.

El senador Miguel Pichetto quedó tan expuesto que hasta tuvo que hacer una sugerencia suplicante para que los funcionarios nacionales salieran en defensa de las reformas que un sector del peronismo acordó votar. Ni uno le tendió la mano para agradecer el patriotismo de acompañar el reformismo permanente.

El Gobierno ya se había metido antes de lleno en la interna de las centrales sindicales que volvieron a mostrar las fisuras provocadas por el debate de la reforma previsional y laboral, con el corrimiento de un sector de la CGT a actuar en conjunto con las CTA. El pie de la Casa Rosada se hace más largo y ya no teme a las faltas ni a la invasión.

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Gabriela Granata

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