Una de las mejores, más interesantes, más divertidas, más inteligentes, más humanas de las directoras de cine de los últimos cincuenta años se llama Doris Dörrie y, cuando todo el mundo habla de feminismo sin tener demasiada idea de los conceptos básicos que recubre el término, resulta esencial. Dörrie es una feminista inteligente porque cree en la igualdad de los géneros sin declamarlo ni acusar a nadie.

En realidad, cree que todos los seres humanos somos más o menos parecidos, y que la diferencia entre hombres y mujeres es más de estilo que otra cosa. Sobre la relación entre los dos géneros ha girado una parte de su fi lmografía. Pero, y aquí aparece otra particularidad importante de la realizadora, muchas veces hablar “de los géneros” es sólo una excusa para tomar temas más trascendentes y eternos. Menos urgentes, es cierto, pero no por eso menos importantes.

Para Dörrie, toda obsesión es ridícula, más allá de géneros y clases sociales

Lo mejor del asunto es que Dörrie logra una reflexión desde el humor. Y eso que ha pasado por algunas tragedias: hizo una de sus películas más ambiciosas, ¿Soy linda?, cuando murió su esposo, al que adoraba. Pero siguió y continuó creando una obra de una coherencia e inteligencia monumentales. Como muchos directores que saben qué hacer con sus actores, Dörrie se entrenó en teatro (lo crean o no, desde Francis Ford Coppola a nuestro compatriota Pablo Trapero, muchos autores han pasado por ese lugar). Y también es una escritora que se dedica al cuento y la novela, y comenzó su carrera como crítica de cine.

En todos los casos, su mirada parece realista pero siempre -siempre- aparece un detalle extraño, quizás no sobrenatural, pero sí lo suficientemente turbulento como para provocar que sus personajes tengan que hacer un cambio en sus vidas. Pero -y aquí está el mejor de los argumentos para ver sus películas- esto ocurre con cierta amabilidad y con plena conciencia por parte de los personajes. Hay un momento en el que se iluminan, se miran a sí mismos, se aceptan y siguen adelante como renacidos y sonriendo respecto de lo que han sido hasta entonces. Para Dörrie, los roles que tenemos en la sociedad son una especie de impostura o de pesadilla de la que debemos despertarnos, incluso si seguimos con nuestra rutina cotidiana. Dörrie fi lma muy bien. Esta declaración es un poco relativa, porque para algunos “filmar bien” consiste en hacer cosas raras con la cámara o tener planos bonitos.

El género es una excusa para hablar de temas más atemporales y universales

No hay demasiados “planos bonitos” en el cine de esta directora, sino imágenes en las que creemos instantáneamente. Su pericia técnica es notable recién en una segunda mirada a sus películas, y ahí nos damos cuenta de que es capaz de usar con maestría el plano secuencia, de estirar el suspenso a golpes de montaje, de relacionar un plano general con un primerísimo primer plano para crear sentido, etcétera. Pero lo que importa, siempre, son los personajes, por eso el tipo de plano que más abunda es el plano medio, el americano.

La mirada y el montaje de Dörrie son, en ese sentido, bien clásicos. Dijimos “feminismo” arriba y es extraño, porque varias de sus mejores películas están protagonizadas por hombres y hablan de la condición masculina. Y son comedias realizadas con una enorme amabilidad, con una mirada humana y nunca acusatoria. Los comportamientos machistas pierden sentido con el correr de la trama, y entonces se nota su ridiculez gracias a lo cómico.

Con las mujeres, cuidado, pasa lo mismo: la directora muestra las obsesiones triviales “femeninas” con la misma ironía que las masculinas. Y ese ridículo permite llegar a una igualdad interesante: el mundo, dice Dörrie, es más una comedia (a veces negra) que una tragedia. No es infrecuente que las películas terminen con el cast o el equipo técnico mirando a cá- mara o cantando (en Nadie me quiere es genial, la propia Dörrie está entre los que cantan Je m’en fou, de Edith Piaf). Vamos con varias películas para entender y ver. No es una filmografía muy extensa, de todos modos, pero estas son películas cruciales.

1) Hombres.

Un tipo se entera de que su mujer lo engaña. Decide entonces conocer a ese amante y hacerse su amigo para, después, matarlo. Bueno, el tema es que realmente se van haciendo amigos, que uno se refleja en el otro, que el amante tiene los mismos problemas con la ex que tenía el primero, que todo lo que dicen sobre las mujeres es una bobada y que, en el fondo, los celos son una ridiculez y el amor va y viene. Y todo, amigos, se desarrolla sin que nos demos cuenta, a pura sonrisa.

2) Nadie me quiere.

Fanny es una chica en sus 30 que quiere casarse pero no consigue candidato. Tras muchas vueltas, conoce a un médico africano y pobre al que le permite vivir en su departamento. Y surge una relación bella y divertida entre estos personajes al margen de lo aparentemente normal. La actriz, Maria Schrader, está perfecta.

3) ¿Soy linda?

Esta es una película coral donde la gente quiere ser otra cosa y no lo que es. Mujeres que se casan con quien no aman, amantes que se van con quien no soportan, señoras que tienen un hombre sangrando en casa y tienen que limpiarlo. Pasan muchas cosas y todas tienen el ridículo de lo humano ante el paso del tiempo como norte.

4) Iluminación garantizada.

Tras una ruptura, un hombre le pide a su hermano que lo acompañe a Japón. Lo que los llevará, finalmente, a un monasterio para conseguir una “iluminación”, que será, en realidad, la de lo lindo que es tener hermanos. De lo más delicado de la realizadora

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