Sería de un cinismo monumental quejarse por ser crítico de cine. Después de todo, nuestro trabajo consiste en ver películas y escribir o decir qué pensamos de ellas. Como diría el gran crítico gastronómico Anton Ego, la triste verdad es que la peor de las películas es más significativa que lo que uno pueda decir. La crítica se justifica como un incentivo para la discusión: uno no tiene “la razón” y lo que hace es dar un parecer o proponer una manera de ver un filme para que el espectador sienta que vale la pena el esfuerzo de sentarse a mirar. Nada más.

Pero el universo cree que nosotros somos algo así como los contralores de la calidad fílmica, algo imposible. En fin, son los yeites del asunto. El problema es que hay muchos, muchísimos críticos que sí creen ser árbitros del gusto y la corrección fílmica y, claro, generan un problemón mayúsculo. Sobre todo cuando destrozan una película que requiere de una mirada amable y profunda para encontrar a sus espectadores. Aquí queremos homenajear un par de títulos extraordinarios, excelentes, brillantes, únicos del cine que fueron destazados sin piedad por críticos obtusos. Esas críticas, de paso, destrozaron las posibilidades de las películas y, en algún caso, la carrera de sus realizadores.

El caso más terrible es Las puertas del cielo, de Michael Cimino. En 1981, Hollywood tenía un problema: después de pasar una década mimando a los directores porque aparentemente el “autor” podía hacer millones (la era de los Coppola, Scorsese, De Pama, Bogdanovich y, obviamente, Cimino). Pero empezó a haber problemas: los “golden boys” gastaban demasiado y empezaron a tener fracasos. Le pasó a Scorsese con New York, New York, a De Palma con La Furia, a Bodganovich con Al fin llegó el amor y, más tarde y definitivo, a Coppola con Golpe al Corazón. Cimino había triunfado con El francotirador, y decidió hacer el western final: la narración gigante y épica de la guerra entre ganaderos y granjeros en Wyoming a fines del siglo XIX, que era en realidad un rechazo a la inmigración y donde los ganaderos contaron con la ayuda del Estado. Las puertas del cielo, esa película, es brillante y hermosa y política y lírica, con un elenco que incluye a Christopher Walken, Isabelle Huppert, Kris Kristofferson, Jeff Bridges, Mickey Rourke y más. Hay momentos que quitan el aliento, hay sangre, hay planos secuencia gigantescos a través de trenes poblados. Pero la crítica la destrozó. No porque fuera mala sino para castigar la “ambición” de Cimino. Se estrenó, se sacó a la semana, se volvió a estrenar con minutos menos días más tarde... perdió 40 millones de los años ochenta (serían doscientos hoy, como mínimo) y salió de cartel. Hace unos años se restauró la visión original de Cimino y se puede encontrar “por vía alternativa”. Gran injusticia.

No fue la última vez en que la crítica quiso castigar a un realizador o un guionista. Corría 1995. El holandés Paul Verhoeven había triunfado en Hollywood gracias a Robocop, El vengador del futuro y Bajos Instintos. La última (que es una sátira, vuelvan a verla) inauguró la serie de “thriller erótico” que fatigó pantallas mundiales con El cuerpo del delito, Sliver y Propuesta indecente. En varias de esas películas, como en Bajos... el guionista era Joe Esterhasz, un vivillo que encontró una veta y aprovechó. En la segunda colaboración con Verhoeven, dio un paso más: una película sobre el mundo de las bailarinas de Las Vegas. Y sí, es erótica, pero no tanto como violenta, zafada, vertiginosa y cuestionadora de la moral. Esa película es Showgirls y es, también, una obra maestra, algo así como una de Hawks con chicas desnudas capaces de matarse cortando tacos altos (Gina Gershon y Elizabeth Berkley se sacan chispas). Es un filme feminista a ultranza, también. Pero la crítica decidió incluso antes de verla que iba a ser mala y destrozaron la película con argumentos moralistas y tontos. Fue un fracaso y el final de Esterhasz (Verhoeven es otra historia). Hoy hay que recuperarla: pocas películas dicen con más rigor que el show-bussiness es la guerra.