En el ranking de peronajes ficcionales llevados a la pantalla, los dos primeros son ingleses. Sherlock Holmes gana, pero el segundo es Drácula, inventado por el escritor Bram Stoker en 1897, en la novela epistolar homónima que George Steiner definió como cima del fantástico moderno. El vampiro de la novela aparece más bien poco, en la primera parte, y luego lo que vemos son los estragos que causa. En realidad el mito de Drácula, el vampiro que vive en los Cárpatos y que decide marchar a Londres para un plan de dominación mundial mordida de cuello mediante, creció gracias a la adaptación teatral realizada tras el éxito del libro por el propio Stoker. Y tiene una mitología detrás: cada vez que un teatro o una compañía se está por fundir, basta con reponer Drácula y se salva. Creer o reventar.

Analizar todas las versiones de Drácula es complicado: son más de doscientas entre adaptaciones fieles, infieles, logradas, pésimas, etcétera. El cine el que le dio la pátina de dandy atractivo y fatal que explotarían al máximo sus intérpretes, desde el seminal Bela Lugosi hasta Gary Oldman. En la novela es un ser repulsivo, viejo, demasiado peludo y bastante bestial, aunque simpático para conversar café o comida mediante, como lo nota Jonathan Harker, el pobre empleado inmobiliario atrapado en el malhadado castillo mientras el conde va a por su adorada Mina. El mito incluye a uno de los personajes más divertidos de la literatura popular, el desprejuiciado doctor Van Helsing, sombra negra del vampiro. Pero lo que hay por detrás es la historia de algo mágico que intenta volver del pasado en un mundo dominado por la ciencia. Eso y, claro, la lectura erótica: ¿o qué puede significar una mordidita en el cuello?

Las tres mejores versiones de Drácula no incluyen -lo lamentamos- la de 1933 con Lugosi, que es una curiosidad histórica de Todd Browning, que hizo mucho mejor trabajo con su obra maestra Freaks. Hay otra versión filmada en paralelo en castellano, en los mismos escenarios, de un tal George Melford que también es curiosa. Las mejores, de todos modos, son otras.

1) Nosferatu, una sinfonía de horrores. Resulta que el genio alemán W.F. Murnau quería adaptar Drácula pero los derechos costaban una fortuna. Así que les cambió los nombres a los personajes y un par de locaciones y listo, piratería instantánea. Nosferatu es una obra maestra del horror. No solo porque Murnau respeta el costado repulsivo del Conde -una actuación icónica de Max Schreck- sino porque combina elementos del teatro expresionista con un romanticismo exacerbado y desesperado. Muchas de sus escenas y el uso de los efectos especiales crearon es cuela. Aún conmueve y asusta. De paso, la remake de Werner Herzog con Klaus Kinski de 1979 es de un pesimismo y una fuerza notables.

2) Drácula. Esta versión de 1956 dirigida por el inglés Terrence Fischer incorpora tres elementos notables: la caracterización del gran Christopher Lee, un uso dramático del color (son las versiones más sangrientas) y un erotismo que irá creciendo en las varias continuaciones. Es también más violenta y desesperada que los cuentos esperanzados realizados hasta entonces, y fundó todo el terror de la casa Hammer, que dominó el panorama durante casi veinte años.

3) Drácula (versión de 1992). Dirigida por Francis Ford Coppola es a la vez la más fiel y la más infiel a la novela. No saca nada (de hecho, la aventura tipo western del final está en el libro) pero incorpora con maestría (páginas del diario de Mina que esta arroja al mar) la relación amorosa entre el Conde -gigantesco Gary Oldman- y la joven. Y además es un homenaje a todo el cine, y hace del Conde no un monstruo sino alguien que desespera por amor y se redime en el final. Es hermosa desde cualquier punto de vista, puro juego optimista sobre el cine.