En un marco de creciente incidencia tarifaria sobre la canasta de consumo de las familias, también se empieza a sustanciar el debate sobre el actual modelo energético. Como se sabe, desde septiembre de 2017 finalizó el proceso de convergencia en el sector hidrocarburífero. Actualmente no existe ningún ancla de los precios internos que produzca un efecto "desacople" sobre su valor de mercado. En un contexto de recuperación en el precio del crudo (actualmente el litro del barril de Brent casi llega a los U$S 75), la discusión de fondo es si el Estado debe sostener los precios internos de combustibles en surtidores, o dejar su trayectoria librada a las fuerzas de mercado. La gravitación del costo de los combustibles es central. Como insumo fundamental de la enorme porción de las actividades económicas, su incidencia sobre el proceso inflacionario es directa. Como una hoguera a la que se sigue echando nafta, el Poder Ejecutivo agrava los problemas al no lograr disociar su matriz ideológica del comportamiento real de las variables en la economía argentina.

Un corolario para contrastar con los números de la econonía tiene que ver con la evolución de los precios del combustibles. Desde el inicio del proceso de liberalización, hace poco más de dos años, el precio del litro de nafta aumentó un 37% en moneda dura.

Comparando con otros países de la región, se destaca el importante aumento que nuestro país verificó en el precio interno del combustible. En la comparativa regional, Argentina se posiciona entre los países que lideran el proceso de suba de los derivados del crudo, Así, las tres economías de mayor incremento son Brasil (+37% acumulado 27 meses), Argentina (+36%) y Colombia (+36%). Así, Argentina se posiciona actualmente en el segundo lugar entre los países más caros de la región, sólo por detrás de Uruguay.

Puertas adentro, el aumento del precio en surtidor es de 94% en pesos. Este porcentaje supera a la suba media de la inflación del período, que se posiciona por debajo del 90%, según IPC-CABA. Medido en términos de poder adquisitivo, por caso, en agosto de 2015 el salario mínimo, vital y móvil alcanzaba para comprar casi 450 litros de nafta, mientras que, en el mes de abril del corriente año, sólo se pueden adquirir 376 litros, en promedio.

En materia de producción petrolera, los resultados no son auspiciosos. En los dos últimos años la caída acumula un 10%. Otro aspecto sustantivo en el plano interno son las disparidades regionales. Por motivos geográficos, impositivos y la estructura de competencia del mercado, se presentan diferenciales de hasta un 46% entre las provincias del Sur y del NOA/NEA.

El correlato de este proceso en materia energética es la reducción de subsidios a las familias y empresas. La última ronda de aumentos en servicios públicos consolidó subas exorbitantes, que acumuladas en los dos últimos años superan el 1.000%.

El fondo de la cuestión es un grado de obstinación mayúsculo por parte del Poder Ejecutivo, que se evidencia a partir de una confianza ciega en los mecanismos de mercado para la determinación de los diferentes precios de la economía. La falta de comprensión de que no se alcanzará un crecimiento genuino sin demanda interna sólida, es el principal combustible que sigue reanimando las llamas de la macroecononomía argentina.

*Director de la Licenciatura en Economía,
de la Universidad Nacional de Avellaneda e
integrante del Colectivo Economía Política para la Argentina (EPPA)