La próxima semana comenzará una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Cannes, la 72, y lo vamos a cubrir día por día, como todos los años. Ahora bien: quizás sea necesario volver a contar por qué es importante. Y además agregar qué películas premiadas lo representan a lo largo de sus siete décadas de vida. Cannes tuvo su primer esbozo a fines de los años 30, como respuesta de los antifascitas al festival de Venecia, creación del régimen de Benito Mussolini para mayor gloria del cine italiano. Pero la invasión alemana y el inicio de la Segunda Guerra Mundial impidieron seguir adelante. Hubo que esperar hasta 1946, un año después del final de las hostilidades, para que cobrara forma. En esa ocasión, todas las películas presentadas en competencia se llevaron algún premio, porque se suponía que tenía que ver con la convivencia de las naciones a través del arte. Eso fue cambiando y, con los años, Cannes no solo incorporó el glamour de las estrellas sino un mercado, que es lo más importante que ocurre allí. En las funciones oficiales se “marca la cancha” de la actualidad del cine, de cuáles son los nombres que imponen tendencia, etcétera. Pero en el resto, no solo en el Mercado que funciona en el subsuelo del Palais du Festival sino sobre todo en los hoteles de lujo y las villas que rodean la ciudad, se cierran tratos de producción, distribución, castings, etcétera que implican miles de millones. Cannes es como una película de James Bond: detrás del glamour, negocios secretos.

En Cannes importan tanto las competencias como los negocios del Mercado

Ahora bien: vamos a las películas. No siempre gana algo totalmente radical en Cannes. A veces ganan películas solo correctas y, a veces, vergonzosas. Recordemos que el muy mal documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore se llevó la Palma de Oro otorgada por un jurado que mandaba Quentin Tarantino en el año en el que se jugaba la reelección de George W. Bush, un tongo gigantesco. Ganó antes de competir El árbol de la vida, de Terrence Malick, en 2011, aunque gran parte de la crítica universal -se incluye el autor- pensaba que era una locura sin ton ni son. En 1947, la Palma de Oro quedó desierta; en 1950, no se hizo el Festival porque no había plata; en 1968, Godard, Truffaut y otros realizadores jóvenes cortaron el festival mientras se desarrollaban las manifestaciones del Mayo Francés y, bueno, tampoco ganó nadie.

Hay Palmas de Oro que son justísimas: La Dolce Vita, de Fellini; Il Gattopardo, de Visconti o Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy. En 1959, el crítico Truffaut presentó, como director, su opera prima de largometraje Los 400 golpes. Truffaut había hecho puré el Festival como crítico durante años e iba a conquistarlo con un filme todo novedad. Ganó, porque lo defendió el poeta y cineasta Jean Cocteau, el premio al Mejor director. De paso, Godard, Rohmer y Chabrol jamás ganaron nada. Hay también Palmas escandalosas, además de la de Michael Moore. En 1987, Maurice Pialat, el iconoclasta y terrible -pero excelente, atención- cineasta francés, presentó la adaptación de la novela de George Bernanos Bajo el sol de Satán y se llevó la Palma ante una silbatina atroz. Miró a la platea, levantó el premio y dijo “ustedes no me quieren, bueno, yo a ustedes, tampoco”. Lo aplaudieron, también. Y hay Palmas que cimentaron y descubrieron cineastas para el resto del mundo. Pasó con Martin Scorsese y Taxi Driver; con Francis Ford Coppola y La conversación; con los hermanos Taviani por Padre Padrone, con Ermanno Olmi por El árbol de los suecos, por Shoei Imamura por La balada de Narayama; con los hermanos Dardenne por Rosetta; con Abbas Kiarostami por El sabor de la cereza, con Quentin Tarantino por Pulp Fiction, con Steven Soderbergh por su opera prima sexo, mentiras y video (sí, es todo en minúsculas); o con Apitchapong Weerasethakul por El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas.

En todos los casos, artistas que tenían pocos seguidores o que aún eran una contraseña entre entendidos (incluso aunque fueran veteranos) salieron a la luz pública gracias a Cannes. En los últimos años, Cannes parece haberse anquilosado en una serie de personajes que forman parte exclusivamente de sus “descubrimientos”, como el canadiense Xavier Dolan, los múltiples galardonados Dardenne o el turco Nure Bylge Ceylan. La competencia con Venecia por los nombres importantes es fuerte y ahora Cannes además tiene que lidiar con otro problema: el streaming. Aunque por ahora Netflix ha dejado de presentar películas para la sección oficial porque no podría llevarse ningún premio -mientras el año pasado su producción Roma se llevó el León de Oro en Venecia y unos cuantos Oscar este año-, la firma hace otro negocio: compra con su billetera enorme los derechos de exhibición de las películas que más ruido hacen en la muestra. Así es como una joyita como Lazzaro Felice u otra como Burning, ambas en competencia en 2018, pueden encontrarse hoy en esa plataforma. El problema es que Francia es un país muy tradicionalista y tiene una larga tradición de exhibición en salas: es ese lobby el que impide un acercamiento entre el Festival y la empresa. Pero tarde o temprano, sucederá.

Finalmente, Cannes es el lugar donde nunca se llevó una Palma de Oro Pedro Almodóvar, que tiene un par de Oscar. Pero don Pedro, que fue jurado en 2017 (lo que impidió que Zama, segura ganadora, compitiese en la Selección Oficial porque Almodóvar era uno de sus productores), estuvo a punto varias veces, y todos creían que ganaba con Todo sobre mi madre, que se llevó el Premio Especial del Jurado (un consuelito, digamos). Esta vez, con un jurado que preside Alejandro González Iñárritu (muy amigo y admirador de Almodóvar) y compitiendo con una película que la crítica alaba (Dolor y gloria) quizás sea su año. Pero de eso hablaremos duranre la semana. Por lo pronto, aproveche a mirar las películas que mencionamos aquí, un mapa completo del Festival de Cine más glamoroso -y conflictivo- del mundo.

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