Los que fuimos adolescentes en los años ochenta tenemos cierta debilidad por las películas de esa época, y tiene toda lógica, porque todos solemos pensar en esos años con un poco de irresponsabilidad donde lo más importante, las únicas preocupaciones, eran pasar de año y que nos diera bolilla la persona que nos gustaba. La ola nostálgica de esta segunda década del siglo nuevo suele mirar frecuentemente a los 80. Y más allá de la pura nostalgia, hay razones más profundas. De hecho, el cine mainstream que vemos hoy nació efectivamente en esos años, que son los del comienzo de la gran transición del analógico al digital, del cine hiperrealista hasta lo cruel de los años setenta a la fantasía desatada que hoy parece ser la norma. Dos factores contribuyeron a esto: la aplicación creciente de las computadoras primero como asistentes de la creación y luego como generadoras de imágenes (la primera película con efectos digitales fue El secreto de la pirámide, de 1985, con un ser hecho de vidrio creado por una firma recién nacida llamada Pixar). El otro factor fue la aparición de realizadores muy influidos por la televisión y por la tecnología, que optaron por un estilo que combinaba la más alocada fantasía con el comentario político y social a veces frontal. En todos los casos, fue también la década de la mezcla de géneros, donde las películas más populares difícilmente se podían incluir en una sola categoría.

Son los años, en Hollywood, de las comedias de terror, de las sátiras de ciencia ficción, y de la mirada desencantada sobre el futuro. Justamente, la ciencia ficción y la fantasía son las que más a fuego marcaron la década de un modo bastante extraño. Es cierto: son películas nacidas del doble éxito de La Guerra de las Galaxias (1977) y Alien (1979), filmes que pueden interpretarse como las dos caras de la misma moneda: el espacio exterior y lejano como escenario de una fantasía feliz y abierta y de una pesadilla oscura y cerrada. Ese éxito permitió que Steven Spielberg -que en 1982 hizo E.T y Poltergeist, de paso- pasara a la producción. Probablemente, aunque no fue su década más exitosa como director, sí fue la persona que marcó a fuego esos años como productor. Aunque hubo otros autores que dieron mucha fuerza a la idea de mostrar artificios: Francis Ford Coppola hizo Golpe al Corazón (donde inventó el video assist, ni más ni menos, y sí, fue un fracaso), De Palma hizo Doble de Cuerpo (pura parodia cruel con Vértigo como molde) y John Carpenter hizo El enigma de otro mundo y Príncipe de las tinieblas, cumbres del horror y al mismo tiempo comentario sobre la era Reagan, una constante en la década.

Las producciones de Steven Spielberg marcaron la década a fuego

Hay cinco películas de ciencia ficción y fantasía o acción que funcionan perfectamente como resumen de esa década, dos de ellas multimillonarias producciones de Spielberg. La primera es Gremlins, de Joe Dante. Un bichito hermoso se vuelve mascota de un joven en un pueblito. Pero no hay que exponerlo a la luz fuerte, no mojarlo ni, jamás, darle de comer después de medianoche. Bueno, hacen todo lo que no se debe y ese pueblo termina invadido por unas criaturitas crueles que se dedican en plena Navidad a destrozarlo todo para divertirse. Los Gremlins representan las conductas más brutales e idiotas de la Humanidad, y la película es puro cartoon desatado lleno de humor negro, al mismo tiempo comedia, fantasía, terror y aventura épica. Mezcla, pues. La segunda es quizás la más famosa del dúo y también es mezcla: Volver al futuro, de Robert Zemeckis. Un chico con problemas es lanzado a 1955 y tiene que hacer que sus padres se enamoren nuevamente para existir (pero la mamá, entonces una adolescente, se enamora de él). Además de ser un enorme contraste político entre la Era Eisenhower y la Era Reagan, es comedia familiar, comedia musical, ciencia ficción, suspenso y varias cosas más. Sobre todo, sátira política.

La contracara de estas dos películas son dos obras maestras con robots en el medio. Una es Terminator, de James Cameron, que cuenta cómo las máquinas han dominado a la Humanidad en el futuro y envían al pasado a un robot (gran Schwarzenegger) a eliminar al líder de la Resistencia antes de que nazca. El filme es pura acción, pero también un cuento casi metafísico sobre los peligros de la tecnología, un tema recurrente en toda la obra de Cameron. Aún hoy, cuando los efectos especiales mejoraron mucho, sigue guardando una fuerza expresiva y una concisión narrativa que hacen que llene cines cada vez que se la restrena. La otra es Robocop, del holandés Paul Verhoeven. Aquí todo es más directamente satírico: un policía muerto es reconvertido en un policía-robot para enfrentar a asesinos sanguinarios. Pero detrás de eso se habla de la privatización de lo público, de la corrupción de las grandes corporaciones, de lo que nos hace efectivamente humanos, y de las taras de las sociedad de consumo.

Duro de matar, una obra maestra

La que cierra esta década en este sentido es la genialidad de Duro de Matar, de John McTiernan. Un policía de Nueva York -Bruce Willis en estado de gracia- a punto de divorciarse va a visitar a su casi ex mujer a Los Angeles, a la fiesta de una corporación en un edificio de cuarenta pisos. Por pura mala suerte, ese mismo día a esa misma hora un grupo de supuestos terroristas toma el edificio, comandados por un villano genial que interpreta Alan Rickman. Y el tipo, solo y descalzo, tiene que ir a por ellos como puede. Comentario sobre el yuppismo, la codicia, la estupidez de las fuerzas de seguridad y sobre el valor de la familia, la pareja y la solidaridad, tiene acción, humor negro, y el héroe es -lo dijo McTiernan- un avatar del Coyote. La fantasía transformada en lupa de la realidad, colorida y explosiva, aunque no nos dábamos cuenta. O sí.

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