Hace un par de semanas, cumplió veinticinco años (íya!) La lista de Schindler, la película de Steven Spielberg por la que el realizador se ganó su primer Oscar como director (lo volvió a ganar por Rescatando al soldado Ryan) y la única de su filmografía en llevarse el premio a la Mejor película. El lanzamiento se realizó a fines de 1993, y Spielberg la hizo el mismo año de Jurassic Park. Para muchos, se trata de la película definitiva sobre el Holocausto, aunque no ha dejado de ser motivo de polémicas por algunas de las elecciones estéticas del realizador.

Aprovechando esto, vamos a hablar de ese tema tan complicado, el Holocausto en el cine. Alguna vez, el filósofo y crítico alemán Theodor Adorno dijo que, después de Auschwitz, la poesía era imposible. Lo raro de la frase es que es un tropo poético (una hipérbole, ni más ni menos) y en realidad es falsa: es posible la poesía -se entiende por extensión el arte, el entretenimiento, la felicidad inventada- después de cualquier tragedia. En cierto modo, toda tragedia se justifica en que podemos superarla y aprender de ella, en que podemos volver a ser felices.

Ahora bien: el Holocausto es un momento límite, la pura industrialización de la muerte en uno de los países más cultos y educados del planeta, en plena era moderna. Su excepcionalidad y el dolor y el horror que lo rodean hacen que sea bastante difícil crear una ficción a su alrededor. Y en general se falla en ese punto. De hecho, aunque hay muchas películas sobre el tema (muchísimas, de hecho) son muy pocas las que tienen además fuerza poética, las que iluminan cuestiones universales. Una, por cierto, es Schindler, que tiene como verdadero núcleo la conversión del protagonista de un industrial frío que encuentra en el contexto de la Alemania nazi una posibilidad para hacer un gran negocio a un tipo que comprende la tragedia que se desarrolla a su alrededor. Más allá de la enorme belleza y el despliegue de posibilidades físicas que genera Spielberg, ese núcleo y la relación del protagonista -un enorme Liam Neeson- entre su colaborador judío -Ben Kingsley- y el jefe del campo de concentración -Ralph Fiennes- son lo que hace a la película mucho más que un retrato de la tragedia.

En el otro extremio, está Shoah, de Claude Lanzmann. Lanzmann nunca lo reivindicó como un documental, sino que consideraba la película como una obra de arte, aunque no una ficción. Dura nada menos que diez horas y cuarto, y en la Argentina se pasó en episodios tanto en cines (notables ciclos en el cine teatro Hebraica) como en la televisión (en lo que hoy es TV Pública, varias veces desde los años noventa). Se rodó en 1985 y está compuesto por entrevistas a sobrevivientes -y participantes- de la tragedia, e imágenes actuales de donde se desarrollaron los hechos. Lanzmann tardó más de una década en concretar el proyecto y aseguramos que sigue teniendo la misma fuerza y la misma capacidad de emocionar que tuvo hace casi treinta y cinco años, cuando se estrenó. También para muchos es la película definitiva sobre el asunto, y además, al renunciar explícitamente a toda ficcionalización -pero no a la manipulación de imágenes, dado que todo montaje incluso documental implica una manipulación-, cuadra con aquella hipérbole de Adorno sobre la poesía. Es la respuesta de Lanzmann a la pregunta sobre cómo debería ser el arte, cuál su misión, cuando ha ocurrido la tragedia definitiva ante los ojos del mundo.

Hay un largo etcétera de cine muy malo, de explotación, sobre el asunto. Fantasías sadomasoquistas con iconografía nazi, aunque solo en algunos casos poco felices aparece realmente el Holocausto como telón de fondo. Bastardos sin gloria, el gran filme de Quentin Tarantino, se burla un poco de todo eso pero, al mismo tiempo, toma la persecución a los judíos como tema, como bajo continuo detrás de una ficción que parece narrar una venganza. Tiene algo curioso: cita muchas veces a la literatura popular (el zapato de Cenicienta, la pipa de Sherlock Holmes, el "Había una vez, en la Francia ocupada por los nazis..." con el que abre el filme), altera la historia "real" (si no la vio, no vamos a contar la enorme sorpresa del final) pero los judíos de la película perecen. Para la verdadera tragedia, para las auténticas víctimas, no hay salida real. Es interesante mirar esta película desde esa perspectiva: el cine puede sanar la historia pero solo hasta cierto punto, tras el cual la tragedia es irreversible.

Y hay películas pésimas que se esconden detrás de las buenas intenciones. Con el Holocausto eso es una constante: el hecho es tan terrible que criticar un filme que lo trate es a veces interpretado como una crítica a favor del exterminio (por suerte pasa menos con este hecho, sí pasa mucho con otros). Eso es lo que ha permitido a una película como La vida es bella, que manipula y romantiza el drama para, cuando no tiene más remedio, mostrar un lienzo evidente con cadáveres apilados y pintados, ser considerada "buena" y festejada, de modo tranquilizador, por academias y críticos superficiales.

Para cerrar, las dos películas realmente indispensables sobre el asunto son documentales que toman material no creado para el cine. Uno es Noche y niebla, de Alain Resnais, que monta material filmado tanto por los nazis como por los aliados (americanos e ingleses) cuando llegaron a los campos. El texto de Jean Cayrol acompaña lo que es un catálogo de horrores que, como decía el crítico Serge Daney, despabilaba conciencias. El otro es Nazi Concentration Camps, que es solo el registro, realizado por George Stevens (director de comedias en Hollywood que dejó de hacerlas tras ver ese horror absoluto como voluntario en el frente) y que muestra lo que encontraron los aliados. Con eso alcanza para que el horror de una tiranía destruyendo personas permanezca como llamado de atención constante.

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