E n el último par de años, algunos exhibidores cinematográficos se encargaron de estrenar en salas, por tiempo limitado, algunos largometrajes de animación japonesa, eso que llamamos “animé” para copiarles un poco la pronunciación y, de paso, establecer la diferencia nipona. Para muchos, es solo un conjunto de historias violentas con colores planos, imágenes detenidas y personajes con ojos gigantescos y redondos. Y también una de sus artes más representativas y ricas.

Esta vez vamos a dejar de lado a Miyazaki, el más destacado y brillante de los artistas del animé por varias razones: ya nos ocupamos in extenso de su obra y, en cierto sentido, es suficientemente conocido. Hay muchísimo más. El animé es en realidad un arte surgido de dos padres: la televisión y la historieta (el manga). En la segunda posguerra, el Japón destrozado recibió fuerte ayuda e influencia estadounidense. No es que no hubiera animación antes (el célebre director de El arpa birmana, Kon Ichikawa, había dirigido películas animadas). Pero recién cuando en los 50 el auge de la electrónica y la reconstrucción crearon un mercado para las publicaciones de historieta es que hubo un campo para ello.

La animación japonesa nació gracias a la historieta y a la televisión

El pionero en ambos campos fue Ozamu Tezuka, creador de Astroboy (Tetsuwan Atom) para la gráfica. Y, con su éxito, le ofrecieron adaptarla a la TV. Los primeros episodios son bastante precarios, pero fue un éxito universal. Ese fue el inicio y, en los sesenta, creció con más series como Meteoro, Kimba y, más tarde, Mazinger, que descubrieron el género en Occidente.

Saltemos unas décadas. Después de mucho tiempo de animación restringida, desde fines de los ochenta, y sí gracias al éxito de la artesanía de Miyazaki más el suceso internacional Akira, de Kastsushito Otomo, el asunto se volvió internacional. Y, con el tiempo, fue mucho más que violencia fantástica. En general, reflejan tres preocupaciones -algunas de raíz religiosa- de la cultura japonesa: que la ruptura de la comunión con la naturaleza genera catástrofes, que los productos de la tecnología pueden crear una conciencia propia, que el mundo “divino” no es necesariamente bueno. Casi todas las ficciones animadas van por estos caminos.

Si quiere realmente comprender y disfrutar de este género en forma cinematográfica, hay algunos títulos que son centrales (más allá de Akira, que ya mencionamos). Uno genial es Millenium Actress, de Satoshi Kon (desgraciadamente fallecido hace pocos años). Es la historia del Japón y del siglo XX a través de una actriz que narra sus memorias. Básicamente es un melodrama, y lo animado -en Japón, si se puede hacer con actores, también se puede dibujar, no hay sentido de lo “infantil” en ese aspecto- fusiona la realidad y la ficción, un tema importante en la película.

Basada en la serie Cowboy Bebop, Cowboy Bebop: Knockin’ on Heaven’s Door, se Shinichiro Watanabe. Es un gran policial negro, es una hermosa descripción de un futuro no demasiado diferente de nuestro hoy, y sobre todo una película melancólica sobre la pérdida. La banda de sonido es extraordinaria y las secuencias de acción difieren de la fantasía desatada: recuerdan a filmes como Contacto en Francia por su realismo. Es otra posibilidad notable.

Sobre una historieta de Tezuka, el realizador Rin-taro realizó Metrópolis, esta sí de pura ciencia ficción aunque tratada con un estilo un poco retro, que toma algunos elementos del clásico de Fritz Lang para contar una parábola sobre el poder y la identidad. La secuencia de la catástrofe final, donde una robot toma conciencia, musicalizada con Ray Charles cantando “I can’t stop loving you” es un masazo emocional marca mayor.

Y, en un campo más tradicional, el bello cuento El niño y la bestia, de Mamoru Hosoda, donde un chico cae en un mundo fantástico -un poco a la manera de Alicia-, lo que permite a la película reflexionar sobre la realidad y la fantasía.

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