Una de las cosas que más me molestan de los que critican el cine estadounidense es eso de que “es todo repetido, todo primeras y segundas partes, explotando los mismos personajes, todas sagas, todas remakes, quéspanto”. Ese comentario es espantoso. No solo porque denota un desconocimiento total de cuál a sido desde siempre la dinámica de la producción cinematográfica en todo el mundo, sino porque contradice algo que los críticos pensamos -o deberíamos pensar: que todas las películas nacen libres e iguales.

Hay un libro muy interesante y accesible al no especialista llamado Los géneros cinematográficos, escrito por el docente Rick Altman. Explica que los géneros son procesos, no son algo estable, y que nacen por copia de elementos que funcionaron en un filme. Lo grafica con el western: cuando El gran asalto al tren, en 1907, tuvo éxito, ya había películas de crímenes. Pero se dieron cuenta de que lo que atraía además de la violencia era el ambiente del Oeste. Entonces empezaron a copiar El asalto... con algunas variantes y, poco a poco, se creó ese género. Venía del thriller, no de una voluntad explícita de contar la conquista del far-west

Hablemos ahora de seriales. ¿Cuántas películas con Tarzán hay? Muchas, algunas realizadas porque había algo divertido que contar con el personaje, otras, porque había que comer y el tipo vendía. ¿Cuántos Sherlock Holmes? Misma historia. ¿Cuántos Drácula, que además debe de ser el que más cantidad de “buenas películas” tiene en su haber? Y ya que estamos, cuántas veces se contó la historia de Jesús. El cine nació de la Revolución Industrial y es el arte que pudo conseguirse en la era de la reproducción en serie y de, como decía Benjamin, la era de la reproductibilidad técnica de la obra de arte.

Todas las películas nacen libres e iguales, más allá de su origen

Bueno, basta de erudición. Veamos remakes. “Remake” es, literalmente “re-hecho”, y se aplica a una película que vuelve a filmarse muchos (o no tantos) años después como una versión aggiornada de la original. ¿Es malo ser remake? Si lo fuera, dejaríamos afuera varias obras maestras. De hecho, Hitchcock hizo remakes de sus propios filmes (El hombre que sabía demasiado la hizo en los 30 en Inglaterra y en los 50 en los EE.UU., ambas son geniales). Hablemos de Scarface. La original, una de las primeras grandes películas de Howard Hawks, es una obra maestra del género de gánsteres cuando estaba en su apogeo, con Paul Muni defendiendo su casa a los tiros. La versión de 1982, escrita por Oliver Stone, protagonizada por Al Pacino y dirigida -de pie- por Brian De Palma, toma la misma anécdota del inmigrante que triunfa en la mafia, pero cambia al italiano por un delincuente cubano que huye de la Cuba de Castro. Y logra una genialidad que reflexiona sobre qué es el verdadero mal en el mundo, además de hacer de Tony Montana (en el original era Tony Camonte), un héroe contra traidores, mercachifles y políticos que se ve perdido por un amor incestuoso y por una moral de hierro que le impide matar niños. Las dos películas son obras maestras.

Hablando de Hawks, el tipo filmó dos veces el mismo filme. Una es Río Bravo, obra maestra donde el sheriff John Wayne y su asistente alcohólico Dean Martin resisten ataques a su comisaría donde está preso un matón. Pero unos años más tarde hizo El Dorado, donde Wayne repetía el papel pero el borración era Robert Mitchum, y todo era más humorístico. La historia era la misma, el ambiente también, el director, también y las dos películas resultan absolutamente geniales y se disfrutan por las suyas.

Lo que importa es menos el cuento en sí, que cómo se lo muestra

En 1999 se insultó muchísimo a Gus Van Sant porque decidió hacer una remake plano por plano de Psicosis, que ya es canónicamente una obra maestra. Pero hay que volver a verla: más que un homenaje o una provocación, es una genialidad pop. En lugar de blanco y negro, color; en lugar de gravedad, juego constante con las posibilidades visuales de la historia y, de paso, plantea la pregunta de si es la forma la que da vigencia a un relato o si el relato vale por sí mismo. Con los mismos planos, son dos proyectos diferentes y complementarios.

A veces hay cosas escondidas. El Episodio VII de Star Wars, dirigido por J.J. Abrams, es una remake no declarada de Star Wars, justamente, la primera de todas. Todos los elementos son los mismos, pero dispuestos de otro modo. Y además Abrams dice con la manera de filmar qué es lo que le atrae de ese universo que le partió la cabeza desde chico. Resultado: la versión “nueva” es mucho mejor que la “versión original”. Hagan el ejercicio de ver ambas, más allá de los efectos especiales hay una verdadera corrección en la manera de narrar.

Y hay muy raras de maestro a maestro. Claude Chabrol filmó en 1990, en inglés y con la estrella de Flashdance Jennifer Beals, Dr. M. Que es la remake de Dr. Mabuse, el ultra clásico anti nazi de Fritz Lang, la película por la que tuvo que huir de Alemania. Chabrol toma los elementos -el villano desproporcionado que maneja la mente de sus víctias- y la historia para hacer una crítica muy divertida de la era de la ambición. Y logra una película que no está por debajo del original.

¿Es Los infiltrados, la película que le dio el Oscar a Scorsese, mejor que la hongkonesa Infernal Affairs? No. Las dos son excelentes y las dos, cada una por su lado, retratan la sociedad en la que ocurren. Y no hay demasiadas diferencias en cuanto a la historia que narran, ni siquiera en sus desoladores finales. Nadie que haya visto las dos puede elegir: cada director hizo lo que quería con el mismo tema. Y terminemos con el terror: La mosca de Cronenberg (1986) es mejor que la original de los 50, y El enigma de otro mundo, de Carpenter (1982) mejor que la homónima treinta años más joven. Porque estos tipos aman el cine y conocen qué es el miedo para sus contemporáneos. En fin, una buena película depende del director, no del origen del cuento.

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