Pablo Bernasconi es diseñador gráfico, ilustrador y escritor. Acaba de publicar El Infinito, un tema difícil de abarcar tanto para los chicos como para los grandes. Pero, una vez más, Bernasconi lo instala con sensibilidad y creatividad. Diálogo con BAE Negocios.

—¿Por qué elegiste el nombre “infinito”?
—Lo que elegí en realidad fue un concepto, un desafío. Elegí meterme en problemas. A veces la búsqueda de una construcción simbólica, como es este libro, supone un camino de exploración sin resultados a la vista. Por eso menciono la intención inicial y pretenciosa de someter un concepto ante la mirada, el cristal de la poesía. Hace muchos años que transito este camino, más que todo para comprobar el teorema belleza versus verdad. Cada paso literario hacia este lugar acorta un poco más mi impresión de que el motor vital se sustenta en el primer término.

—¿Es un tema difícil de abordar con los niños?
—No más que otros, si uno confía en la permeabilidad y generosidad de la metáfora. Es un tema claramente complejo, que reviste aristas a veces angustiantes por lo inasibles. Desde el inicio en que uno se enfrenta a este concepto, se plantea un fuera de escala majestuoso, inabarcable. Pero la poesía lo remedia con sutileza y sobriedad. La contemplación de una metáfora es un bálsamo inmediato y duradero para nuestros raciocinios finitos.

—¿Te parece qué hay libros para grandes y para niños?
—Me parece que hay intenciones de libros para grandes o para chicos. Es decir, un autor puede creer o dirigir un proyecto para un adulto o para un niño, y distinguir así sus formas y sus procedimientos. Pero el libro, desde el momento en que se suelta y aparece en la estantería de una librería, deja de hacerle caso y mira a todos por igual. La generalización de los públicos es en mi opinión una simple división editorial, comercial, pero no es real. Los lectores no tienen edad desde la mirada del libro, pero sí la tienen desde la mirada editorial. En mi caso, no imagino de ninguna manera un lector personificable en sexo, edad u otra distinción. A lo sumo, supongo que mi lector proyectado tendrá curiosidad y apetito, eso es todo

—¿Qué te permite trasmitir la ilustración a diferencia de las palabras?
—Mi búsqueda es siempre ir por las tangentes, por los costados, para calar profundo y dejar más espacio al lector para ubicar ahí su comprensión, su opinión. En este terreno (aunque no siempre) la imagen me permite ser más sutil y menos opresiva. La experiencia del lector de imágenes, cuando el origen de estas fue genuino, agradece el respeto. La ilustración me permite ser mucho más lúdico y expresivo, y de comprobarlo al instante. A veces la palabra necesita de otros tiempos para provocar lo mismo. Quizás sea simplemente una cuestión de ansiedad lo que separa uno del otro, no sé.

—En el mundo de lo virtual, ¿cómo se hace para llegar a los niños con la tecnología?
—No lo sé, no podría planificar una estrategia que intente correr al lado de la tecnología, pero inicialmente porque no creo que sea éste el camino. Los intentos por hacer pie con el libro digital tuvieron un inicio promisorio, pero rápidamente se vieron superados por su propia génesis imitatoria, al tratar de simular, copiar o reemplazar las ediciones del libro en papel, la tecnología perdió sentido y rápidamente quedó obsoleta (cosa que no le importó al libro, ni a la lectura ni a los lectores). Me parece que hoy el libro no compite con otro formato de lectura digital sino que compite con el hábito de sostenerse durante un largo tiempo concentrado en una misma cosa. No importan los chirimbolos (esta palabra me encanta), importan las intenciones de los canales de comunicación. Ante eso uno puede separar un estímulo efímero de uno sustancial y duradero. Y, a la larga, todos podremos diferenciar entre uno y otro. Y van a ganar los buenos.

—¿Te sorprenden las lecturas que hacen los chicos?
—Más que las lecturas, me sorprende la fe en ellas. La niñez tiene esa particularidad, no sólo de entender el mundo de formas maravillosas sino de sostenerlas con fundamentos mágicos y a la vez verosímiles. Disfruto mucho de la confianza cuando es genuina, y entiendo que en la niñez esto está muy afianzado. Será cuestión de extenderla más allá de los 10 años.

—¿Qué les permite la literatura a los niños? ¿Cuál es el rol?
—No me gusta asignarle tareas a la literatura, porque no creo que “sirva” para nada. La literatura puede caminar al lado de un niño o niña y simplemente acompañar, estar al lado, conservar la humildad, rasgo ineludible de la inteligencia. La literatura tiene muchos atributos, pero creo que uno de los más valiosos es el de la paciencia. Puede esperarnos toda una vida para ayudarnos a percibir una realidad que nunca creímos posible.

—¿Necesitas seguir conectado con tu infancia para crear estos libros?
—Imagino que mi infancia fue lo suficientemente generosa en experiencias como para haberme hecho transitar aquella época y trasladarla a ésta. Pero si hay algo que agradezco de esos tiempos es que tuve la suerte de no quemar etapas a destiempo. Es decir, la madurez por algún motivo u otro me fue llegando a medida que estuve preparado para asumirla, para comprenderla y para utilizarla. Soy de la generación que atravesó el cambio radical de la tecnología, la generación previa a la computadora, y supongo que mi persistencia en la actividad analógica, en necesitar volver corpóreo lo inasible, me ayuda hoy a comprender (un poco) mejor algunas cosas. Ya conté varias veces que estoy escribiendo los libros que me hubiese gustado tener de niño, que me los estoy regalando en diferido. Esa es la conexión que necesito para motorizar futuras ideas.

 

El infinito, de Pablo Bernasconi fue editado por editorial Sudamericana Infantil Juvenil. Precio: $299.