Hay una percepción de la propia identidad, pero hay aspectos de ella a los que sólo podemos acceder a través de los otros. Se necesita diferenciar una identidad personal, de una identidad social, como dos partes que conviven dentro de la persona y se retroalimentan. Realmente se señala un proceso; una continua relación de la persona con el entorno que forma y de la persona que da forma al entorno. Parece entonces que todos tenemos, al menos, dos identidades. Una identidad personal y una, o varias, sociales. Y esto no significa que ingresemos al número de los bipolares o al de los que gozan de doble personalidad.

Nuestra identidad personal está relacionada directamente con los diferentes rasgos que nos definen: podemos ser más extrovertidos, más amables, menos neuróticos. La social, por su parte, se corresponde con los las normas, valores y roles de los grupos a los que pertenecemos: familia, país, religión, etnia, equipo deportivo y algunos más.

En situaciones cotidianas es común que actuemos según nuestra "mismidad". Pero, en ocasiones, el grupo será más importante y nos comportaremos según el rol que tengamos allí y de acuerdo con sus normas. De todos modos, la que inicie nuestros comportamientos siempre será la motivación. Si ésta proviene de nuestro "yo personal", la conducta atenderá a nuestra personalidad; si la motivación proviene de nuestro "yo social", la conducta estará determinada por lo grupal. La pertenencia a ciertos grupos va a determinar en parte cómo somos y cómo nos comportamos porque tendemos a interiorizar sus normas y valores permitiendo que se produzca una fusión de identidad.

Aunque el término "autodeterminación" se ha usado, con frecuencia, en un contexto diplomático y político para describir el proceso que sufre un país para afirmar su independencia, también tiene un significado más personal y relevante: la capacidad o el proceso de tomar las propias decisiones y controlar la propia vida. Esta teoría vincula la personalidad, la motivación humana y el funcionamiento óptimo.

Obtener dominio de los desafíos y asimilar nuevas experiencias es esencial para construir un sentido propio. Y es que las personas actuamos motivados internamente por la necesidad de crecer y obtener satisfacción, impulsos internos que nos llevan a comportarnos de ciertas maneras, incluidos nuestros valores, nuestros intereses y nuestro sentido personal de la moralidad. Sin embargo en esto, el apoyo social es clave. A través de nuestras relaciones e interacciones con otros, podemos fomentar o frustrar el bienestar y el crecimiento personal.

Todos somos producto de nuestra educación, de las circunstancias que vivimos, de las experiencias que nos tocó pasar, de las relaciones interpersonales y de la cultura que nos envuelve. Pero llega un momento en que decidimos ser nuestra propia construcción, liberándonos de creencias, roles y miedos que corresponden al pasado. Esto es libertad: deshacernos de lo que "debemos" sustituyéndolo por lo que "queremos". Nadie puede negarnos el derecho a ser nosotros mismos, salvo nosotros mismos. Nadie decide cómo desempeñar nuestros roles, nadie debería dictar cómo tenemos que ser, salvo nosotros mismos. Somos libres de decidir hacia donde dirigimos nuestra vida.

Una vida que nos pertenece. Lamentablemente, casi siempre sabemos a la perfección quiénes debemos ser, pero no quiénes somos o quiénes queremos ser. Y porque en muchos casos, no nos conocemos, optamos subconscientemente por ser quienes los demás esperan que seamos. Es una especie de mercantilismo emocional donde disimular los propios sentimientos, pensamientos y opiniones con el fin de ser aceptados y aprobados por los demás. En esta casi "dramaturgia social", la clave está en aprender a ser personas, no personajes, aprender a vivir lo que quiero, no lo que debo.

En su libro "El hombre en busca del sentido", el doctor Viktor Frankl quien sobrevivió a los campos de concentración nazis nos dice que si bien sus captores controlaban todos los aspectos de la vida de los reclusos, incluyendo si habrían de vivir, morir de inanición, ser torturados o enviados a los hornos crematorios, había algo que los nazis no podían controlar: cómo reaccionaba el recluso a cada una de estas circunstancias. De esta reacción dependía en gran medida la misma supervivencia.

El desafío no es ser otro. El desafío es ser uno mismo. "Una tarde, hace muchísimo tiempo, Dios convocó a una reunión. Estaba invitado un ejemplar de cada especie. Una vez reunidos, y después de escuchar muchas quejas, Dios soltó una sencilla pregunta: "¿Entonces, qué te gustaría ser?" a la que cada uno respondió sin tapujos y a corazón abierto:

La jirafa dijo que le gustaría ser un oso panda. El elefante pidió ser mosquito. El águila, serpiente. La liebre quiso ser tortuga, y la tortuga, golondrina. El león rogó ser gato. La nutria, carpincho. El caballo, orquídea. Y la ballena solicitó permiso para ser zorzal.

Le llegó el turno al hombre, quien casualmente venía de recorrer el camino de la verdad, hizo una pausa, y esclarecido exclamó: "Señor, yo quisiera ser... feliz."