Hay maltratos que no dejan huellas físicas pero sí emocionales, abriendo heridas difíciles de cicatrizar y curar. Situaciones protagonizadas por el dominio de una persona sobre otra donde el desprecio o la crítica son los principales elementos. El maltrato emocional es un proceso psicológico de destrucción en el que la fortaleza anímica de una persona queda completamente vulnerada.

El desprecio es una emoción universal, tan común como lo es la tristeza o la alegría. Quizás todos la hemos experimentado alguna vez. Es más que un simple desdén, ganas de ofender o de menospreciar logros ajenos. Quien desprecia experimenta desde sentimientos de vergüenza, irritación y hasta rabia. Hay un número significativo de personas que evidencian conductas de desdén y desprecio de manera continuada. Perfiles comúnmente 'desagradables' o poco amistosos; hombres y mujeres que aplican justo lo opuesto a lo que entendemos como conductas prosociales: la amabilidad, la empatía, la cortesía y el respeto.

Son personas que no respetan los estándares de convivencia y respeto. Este tipo de conducta, por ejemplo, resulta especialmente dañina en los entornos laborales. Son sarcásticos, críticos, no dudan en humillar e invalidar a todo aquel que se sitúe delante de sus propósitos. Se distinguen, además, por un claro sentimiento de superioridad. Hacen uso de una actitud de prepotencia muy marcada. Buscan bloquear a quienes les molestan, a quienes se destacan en alguna actividad. No dudarán en criticar, en menospreciar valías, en destacar lo negativo por encima de cualquier virtud que tenga la persona a quien desean humillar.

El desprecio, en muchos casos, procede de figuras bastante cercanas, familiares, pareja y amigos. Suele ser más sutil. Pero el tiempo lo convierte, sin duda, en un arma de destrucción masiva de autoestimas. Se valen del sarcasmo, de la sonrisa amable que no duda en señalar los fallos ajenos. Hacen uso de la condescendencia, de esos juicios de valor que buscan ayudar pero que acaban dejando más rotos y heridos a los demás. Son conductas y actitudes claramente manipulativas. La personalidad despectiva es otro elemento más de la malignidad humana, capaz de ocasionar sufrimientos y duros impactos en el equilibrio emocional y psicológico. 

Hay un patrón general de desprecio por los derechos de los demás, que además, suele hacer que no tengan ningún reparo en violarlos cuando son un obstáculo para sus intereses. El engaño y la manipulación son características centrales de este trastorno antisocial de la personalidad. El desprecio asume la forma de una palabra que hiere y desmoraliza. Es también un gesto, la mueca de un labio o el movimiento de una ceja que reflejan rechazo por aquello que alguien dice o hace en un momento dado. El desprecio es sin duda una emoción muy letal y dañina.

Se busca ridiculizar, empequeñecer e incluso anular a la otra persona

Quien desprecia tiene la clara intención de humillar al otro. Busca ridiculizar, empequeñecer e incluso anular a la otra persona de forma abierta y manifiesta. Lo hace, practicándolo a diario, hasta dejar una herida en la mente, una fractura en el amor propio y rompiendo para siempre el lazo de la confianza. Criticar gustos, menospreciar opiniones, cosificar cada pequeña cosa que se hace o se deja de hacer. Comportamiento claramente cobarde que se nutre del resentimiento y la falta absoluta de madurez emocional. Anhelan el protagonismo; se distinguen por ser arrogantes, manifestándose como poseídos de la verdad, la razón y la justicia.

Mientras la empatía es la capacidad de abrirnos al otro y conectar con su realidad y necesidades, el desprecio hace lo contrario. Primero levanta un muro y después se alza sobre él, en actitud de poder, para denigrar y empequeñecer al otro. Son perfiles que no toleran el desacuerdo y que no conectan con las necesidades de los otros. El ejercicio del desprecio les sirve para proyectar y volcar en los demás sus propias emociones negativas, su insatisfacción personal. Honoré de Balzac dijo: «Las heridas incurables son aquellas infligidas por la lengua, los ojos, la burla y el desprecio».

"Ese curioso y contradictorio personaje llamado Nasrudín visitó en una ocasión la India. Acostumbraba visitar los lugares sagrados. Un atardecer algunos devotos comenzaron a charlar con él y le preguntaron por su mujer. -Se ha quedado en casa- repuso Nasrudín. -He venido sin ella a visitar los lugares más sagrados.

-¿Qué hace ella?- le preguntaron. -Cosas sin importancia- repuso el peregrino. -Ella se encarga de hacer las tareas del hogar; cuida a los hijos, les ayuda con sus lecciones y les da la educación pertinente; va al mercado y compra los alimentos; cuando hay que hacer reparaciones, las hace, y cuando hay que repintar las paredes, también lo hace; saca agua del pozo y se encarga de la huerta; también atiende a mi anciana madre y, a veces, va a casa de sus familiares a echarles una mano.

-¿Y tú qué haces?- le preguntaron intrigados. -¡Ah, amigos, yo soy el verdaderamente importante! Yo soy el que investiga si Dios existe o no."

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