Hay algo que llama la atención en el festival de Rotterdam. Y ese algo es una ausencia, no una presencia. Contra lo que pasó en los festivales internacionales más relevantes del hemisferio norte en 2017, el IFFR (sigla por el que se lo conoce) sigue viviendo un clima de libertad y alegría en el que no caben los controles policiales y las severas y muy visibles medidas de seguridad. Rotterdam es una ciudad tomada; pero felizmente tomada por el cine. Sus calles cubiertas de imágenes del festival y el público colmando las salas.

Nada de la militarización que pudo verse el año pasado en la Berlinale o el Festival de Cannes sucede aquí. El “tagline”, la publicidad del festival repite en carteles y fachadas la frase “Meet the humans of planet IFFR” (algo así como “Encuentra a los humanos del planeta IFFR”). Y lo cierto es que, más allá de la estrategia publicitaria, el latiguillo marketinero sí tiene que ver con la realidad. El festival opera como lugar de encuentro en el que se multiplican las charlas, debates, fiestas y, por supuesto, negocios. No está mal esa idea: diferenciarse por el perfil humano, por la cercanía, por la amabilidad.

Y, en ese contexto, encontrar la manera de que el cine distinto, anómalo, independiente, experimental, los cortos y mediometrajes (usualmente bastante ignorados) hallen el modo de generarse un espacio y (¿por qué no?) algún tipo de rédito. En esta feliz burbuja cuesta creer que encuentre lugar una competencia (concepto tan ajeno intrínsecamente al mundo del arte y la cultura).

Pero los tigres (símbolo del festival) son un prestigioso premio que se otorga a jóvenes directores de cortos, medios y largometrajes. Ese conjunto que conforma la sección Bright Future se encuentra acompañado por Voices (caracterizada por el eclecticismo que hace foco en la particularidad de la mirada de los directores seleccionados), Deep Focus (retrospectivas y rescates) y Perspectives (con acento especial en temas sociales y políticos, con, por ejemplo una inusual cantidad de filmes africanos).

El cine de Brasil hecho fuera de Río o San Pablo es un caso para prestar atención

A las charlas de Lucrecia Martel y José Campusano se suman las voces de Sean Baker, Paul Schrader, Charlotte Rampling, Jan Svankmajer y Apichatpong Weerasethakul, entre muchos otros. En los encuentros menos multitudinarios (de profesionales y prensa), los temas de debate y discusión debieran interesarnos mucho: ¿cómo hacer para encontrar salidas a la creciente concentración en el mundo del cine? ¿Cómo hacer para que el público vuelva a las salas? ¿Qué hacer para que las películas de arte y ensayo no desaparezcan? La heterogeneidad y diversidad son las marcas de fábrica de este hermoso festival.

Y eso tiene que ver con una política activa que se mantiene hace 47 años: su potencia y perseverancia son un soplo de aire fresco en una cultura global que tiende a imponer un plato casi único en el menú del cine. Pero hablemos de películas. Ya lo hemos dicho: este año la embajada argentina nos ha representado muy bien; pero nuestros vecinos cercanos no se han quedado atrás. Brasil destaca por calidad y cantidad de películas en Rotterdam. Para agendar (seguramente formarán parte de la propuesta de próximos festivales) As boas maneiras, de Marco Dutra y Juliana Rojas; O clube dos canibais, de Guto Parente, e Inferninho, de Guto Parente y Pedro Diógenes. Hay un fenómeno que está ocurriendo fuera de Río de Janeiro o San Pablo y al que hay que prestarle atención.

El festival pone el acento en la amabilidad con los espectadores

Una manera muy personal e inteligente de acercarse a los géneros (en las películas citadas hay, respectivamente, hombres lobos, caníbales y comedia, en cuyo marco no se le teme al musical) a través de la cual se ausculta el presente político del gigante sudamericano con mucho filo. Así como las citadas películas brasileñas sí permiten un encuadramiento genérico más o menos definido, por más mutantes y anómalas que sean, existe todo un universo mucho menos encasillable. De Japón llega el disparate y el sinsentido de Ambiguous places (Ikeda Akira) y de Filipinas la sensible y luminosa Nervous translation (Shireen Seno).

Películas que se hacen fuertes en extremar algunos componentes genéricos (de la comedia, la primera; del melodrama, la segunda) para deconstruirlos y reinventarlos, actualizándolos o sirviéndose de ellos para intentar otras búsquedas. Por su parte, la portuguesa Fátima, de Joao Canijo (Sangre de mi sangre), vuelve a poner en duda los límites entre el documental y la ficción, al seguir a un grupo de mujeres que participan de la conocida peregrinación religiosa.

The Sun Shines Bright: Ford, siempre, el mejor de todos

En esos ambiguos y difuminados territorios de frontera también se destaca la película turca Meteors (Gürkan Keltek), en la que, mezclando material de archivo con imágenes de celulares de los lugareños, combina historias de caza con algo de aliento mítico, la operación del gobierno turco contra los kurdos y hasta una lluvia de meteoritos. El poro explotado de esas imágenes que se amplían de un modo impensado, da al conjunto un aire extrañado, casi extraterrestre, en la que las búsquedas filosóficas de la voz en off recuerda (o reclaman) las delirantes creaciones “documentales” de Werner Herzog.

A la hora de los rescates, merecen destacarse una película poco conocida del más grande de todos, John Ford (The Sun Shines Bright) y El desencanto, de Jaime Chávarri, obra maestra nunca estrenada en nuestro país y que aquí puede verse en analógicos 35 mm. Las películas son de 1953 y 1976 (respectivamente) pero su actualidad no deja de sorprender.