¿Pollo o pasta? ¿Boca o River? ¿Derecha o izquierda? ¿Tinto o blanco? ¿Derecho o Letras? La vida está repleta de decisiones, algunas más cruciales que otras, pero todas van delineando nuestro camino. El proceso que nos lleva a tomar una opción es complejo y más de una vez genera dudas e incertidumbre.

"La decisión es el último paso de una enorme cantidad de mecanismos de nuestro cerebro para guiar nuestra conducta día a día. Siempre que encontramos alternativas de conducta estamos frente a una posible decisión. Para ahorrar tiempo y esfuerzo, formamos hábitos y rutinas de modo tal de evitar tener que volver a decidir sobre cuestiones que ya hemos experimentado con anterioridad", señala el Lic. Fernando Torrente, Director del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO.

La rutina implica evitar volver a decidir o ir a experimentar

Según explica, para el resto de las elecciones contamos con diferentes sistemas. Por un lado, tomamos algunas decisiones rápidas utilizando reglas simples o atajos se denominan "heurísticas" y fueron descriptas por el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman y su colega Amos Tversky. El riesgo que conllevanes que muchas veces provocan errores que llamamos “sesgos”. Por otro lado, en las decisiones más complejas, empleamos procesos de decisión más elaborados y más lentos. Por su parte el Dr. Fabián Román, médico psiquiatra, director de la Red Iberomericana de Neurociencia Cognitiva y Profesor Titular de Neuropsicologia de la Universidad del Museo Social Argentino, describe: “Cada decisión implicará pequeñas o grandes consecuencias. Comprender como es el proceso neurocognitivo involucrado nos ayuda a comprender porque enfrentamos muchas veces con angustia al dilema del tener que elegir”.

Las emociones y la respuesta física
Entre Garry Becker, premio Nobel 1992 que decía “Las decisiones que tomamos son racionales”; y Daniel Kanhemann, premio Nobel 2002 que nos decía “Las decisiones que tomamos están basadas en experiencias emocionales” pasaron no sólo décadas sino miles de estudios de investigación de la Neurociencia Cognitiva que nos han demostrado que nadie toma decisiones sin consultar sus emociones, según explica Román.

“Cuando nos encontramos en un estado emocional negativo, la amígdala, el centro cerebral que procesa las amenazas y el miedo, aumenta su actividad; en contra punto cuando estamos en un estado emocional positivo, la actividad metabólica se incrementa en el corteza prefrontal y se reduce en la amígdala. Un buen estado de ánimo y no tener sensación de peligro o estrés favorece la conducción de información a través de la amígdala a la corteza prefrontal y pone en juego la función ejecutiva”, describe.

Torrente destaca que nuestras emociones intervienen al menos de dos maneras: en primer lugar, al momento de tomar una decisión tomamos en cuenta las consecuencias emocionales de las alternativas. Estas “emociones esperadas” pueden ser sólo ideas o podemos sentirlas verdaderamente (por ejemplo, nos late más fuerte el corazón). En segundo lugar, los estados afectivos provocados por temas ajenos a la decisión (por ejemplo, estamos estresados o bajoneados por otros motivos) también influyen en las elecciones. “Emociones como la tristeza y la ansiedad nos llevan a ser más conservadores y cautos en las decisiones, mientras que emociones como la alegría o el enojo nos llevan a ser más arriesgados, e incluso impulsivos”, indica.

¿Ser o no ser?
Hay diversos motivos que pueden complicar el proceso de toma de decisiones. Simplificando podemos agrupar diferentes causas: cuando no disponemos de información suficiente (incertidumbre), cuando la información es ambigua o contradictoria (ambivalencia), cuando las consecuencias de la decisión son muy importantes y cuando nuestra personalidad nos vuelve proclives a la duda o la inseguridad (personalidades obsesivas o ansiosas en general). “La angustia generalmente tiene que ver con la evaluación de la relevancia de la decisión”, destaca Torrente.

Como herramientas para facilitar este proceso, en el caso de ambivalencia propone tratar de especificar con detalle las ventajas y desventajas de cada decisión y darles un valor en relación a lo que más nos importa. Este procedimiento, llamado “balance decisional”, puede servir para clarificar los motivos de la ambivalencia. Por otro lado, sugiere tener en cuenta que, en general, nuestras emociones anticipadas suelen exagerar el impacto de nuestras decisiones, o sea, es conveniente “descatastrofizar” nuestras anticipaciones. “Cuando se trata de aspectos de la personalidad, es más complicado, pero en general, estas personas exageran en recaudos y por lo tanto es indicado ayudarlas a terminar los procesos de toma de decisiones cuando ya no hay posibilidad de avanzar más”, explica, alentando a dar ese empujoncito para salir de la duda eterna.

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