Cambiar de opinión o de actitud no es alejarse de la esencia. Es darse cuenta de que un camino que creíamos acertado no lo era tanto, de que en la vida hay más colores de los que nos habían enseñado. Descubrir que hay tonalidades que favorecen mucho más, que hay sabores que despiertan los sentidos y que hay rincones y escenarios más motivadores. Todos tenemos el valioso derecho de cambiar para poder crecer. Y aunque parezca curioso, no falta quien ve con ojos escépticos el que, en un momento dado, actuemos o pensemos de modo diferente.

Las personas con una buena autoestima son mucho más receptivas al cambio. Capaces de abrir su mente, de ser sensibles a otros estímulos, son perfiles altamente competentes en su propio crecimiento personal. Son personalidades con un enfoque vital más flexible y dispuesto a la experiencia; suelen tomar sus decisiones nutriéndose directamente de sus emociones. Es como que disponen de un «detector" interior capaz de avisarles en qué momento ciertas cosas dejan de convenir, o en qué instante ciertos ideales, compañías o conceptos deben ser descartados porque ocasionan insatisfacción o infelicidad.

Existe el derecho a cambiar de opinión y a dejar de sentir admiración por alguien. El derecho a que ahora guste algo que antes se criticaba; el derecho a permitirse abrir nuevas puertas. Quien cambia seriamente, se ha permitido recordar su esencia, sus prioridades y sus necesidades emocionales. No lo hace a la ligera o por mero capricho. Lo hace con la certeza y la seguridad de que hay cosas que ya no deben ser defendidas porque hay opciones más válidas y enriquecedoras.

Que una persona cambie puede construir en los demás una imagen de inseguridad y debilidad. Y esto, obviamente, produce una resistencia. Por eso, pensar y vivir diferente no es solo un desafío, es un atrevimiento. Proponer ideas novedosas, tener opiniones variadas y ver el mundo con más matices y colores, es ûen muchas ocasiones- toda una osadía. Sin embargo, nada es tan relevante para nuestro desarrollo personal que dar paso a la renovación. Es atreverse a vivir de forma alternativa.

Cambiar, y seguir siendo esencialmente los mismos, es algo que no se aprende ni fácil ni rápidamente. Requiere un esfuerzo constante, porque el sistema psíquico busca estabilidad. Lo bueno es no estancarse, es darse cuenta de las propias fijaciones y limitaciones para superarlas o trascenderlas. Se abre un espacio para que el verdadero ser surja, se manifieste y se desarrolle. «Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo", decía Tolstoi.

¿Por qué cuesta tanto cambiar? ¿Por qué tantas personas se mantienen apegadas a sus ideas y se resisten a aceptar pruebas claras de que están en un error? ¿Por qué persistir aunque las evidencias demuestren lo contrario? Quizás se aferran de manera obsesiva a sus creencias porque les permiten transcurrir la vida sin tener que mirarse cara a cara con la incertidumbre o la dificultad. Es posible que se obstinen en afirmar lo que afirman y creer lo que creen para no sentirse perdidos en este mundo. Nadie es hoy la misma persona que ayer, pero tampoco que mañana, aunque se ponga empeño en ello. Las cosas no cambian, cambiamos nosotros.

Nadie es hoy la misma persona que ayer, pero tampoco la misma que mañana

La salud mental depende de la capacidad de una persona para evolucionar y adaptarse a sus circunstancias. No sirve permanecer anclados rígidamente. Hay momentos de nuestras vidas en que llegamos a un punto de inflexión, de mediocridad, de hartazgo, que no queda otra que iniciar un cambio para tomar nuevas fuerzas y luego volver a volar bien alto. Llega el momento de re-inventarse, reciclarse, hacer un alto en el camino para dar lugar a una nueva persona que llevamos dentro. Someterse a un proceso de metamorfosis es un momento duro para cualquiera; es plantearse comportamientos, creencias, rutinas, estilos de vida para modificar lo que no permite vivir intensa y plenamente.

"El águila es el ave con mayor longevidad de este tipo de especies. Llega a vivir 70 años. Pero para llegar a esa edad, a los 40 debe tomar una seria y difícil decisión. Sus uñas están apretadas y flexibles, no consigue agarrar a las presas de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra el pecho. Sus alas están envejecidas, pesadas y sus plumas muy gruesas; volar se le hace muy difícil.

Debido a esto, el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación que durará 150 días. Ese proceso consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón en donde no tenga la necesidad de volar. Después de encontrar el sitio adecuado, el águila comienza a golpear su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo. Después de ese momento doloroso, debe esperar el crecimiento de uno nuevo con el que desprenderá una a una sus uñas.

Cuando las nuevas uñas empiezan a nacer, comenzará a desplumar sus plumas viejas. Después de cinco meses sale para su vuelo de renovación y podrá vivir 30 años más".