En las historias del cine hay tres nombres sustanciales a la hora de hablar del western: John Ford, Howard Hawks y Anthony Mann. Es raro, porque Ford, de las más de cincuenta películas que hizo en el período sonoro (en el mudo tiene muchísimas más), sólo tiene una decena apenas de westerns. Y los de Hawks son menos (los tres Ríos..., El Dorado, Sangre en el río y alguna más). Mann tiene un poco de todo, también, aunque lo más recordado -también- son los westerns. Probablemente sea porque es el género que realmente originó una mitología pura en el cine, incluso si ya no se hacen, o se hacen poco y mal. De todos modos, el western tiene que ver con dos fuerzas que se combinan: la relación del hombre con el espacio y la eterna tensión entre civilización y barbarie. La segunda es, obviamente, reflejo de la primera, y de la condición dual humana de ser biológico, pasional, un poco animal, y ser racional, emotivo y reflexivo. Sólo el western ha reflejado en su forma esas dicotomías. Quizás por eso, porque se trata de una épica moderna aún cuando en parte transcurre en el siglo XIX, le parecía a Borges que era lo mejor que había legado el cine.
Mann es el tercer estadio, el más autoconsciente, del género. Ford es el fundador, Hawks es el que define el territorio de la aventura humana y Mann introduce en el paisaje el conflicto dentro del hombre, su complejidad piscológica. Es cierto que algo de eso aparece en Ethan Edwards (Más corazón que odio) o en Dude (Río Bravo), pero en Mann la tensión psicológica es mucho más fuerte, sofisticada y paradójica. Mientras que para Ford y para Hawks hay algo moralmente bueno en sus héroes, incluso cuando caen en el error, para Mann las cosas no son tan simples, y sus personajes pueden verse al mismo tiempo como héroes y villanos.

Por otro lado, Mann amplió el uso del paisaje. Para Ford, la naturaleza y la historia, representadas en esos desiertos enormes donde el hombre aparece pequeño, son indiferentes a nuestros conflictos. Para Hawks, que siempre encuadra sobre todo el cuerpo humano, al revés: somos indiferentes al paisaje. En Mann los personajes se dan cuenta de que los rodea un universo enorme y eso, también, los angustia. A diferencia del pionero (Ford) o el profesional (Hawks), el personaje de Mann es un hombre moderno, autoconsciente de su rol (en la ficción y, también, en lo que el cine implica como mito).

Hay, de todos modos, dos temas centrales en el cine de Anthony Mann más allá del western. Uno es la reflexión sobre el poder y lo que causa en los hombres. El otro, el componente irracional que puede devorarnos. En sus películas "históricas", que fueron demasiado maltratadas por la crítica en su momento, eso se nota perfectamente. Mann utilizaba las herramientas del gran espectáculo para poder generar metáforas punzantes sobre el hombre en estos tiempos. Si Ford miraba las contradicciones de la utopía americana y Hawks la lucha moral constante entre el bien y el mal en presente, Mann combinaba esas dos posturas con la desconfianza absoluta por el poder. Sí, esta nota siempre "compara", pero dada la genealogía del cine, resulta inevitable. Y útil.

Pues bien, qué podemos ver de Anthony Mann para cumplir con pasarla bien y aprender más del cine. Aquí va una selección variadita.

1) Tierras lejanas. James Stewart es un arriero y un pistolero. Llega a un pueblo que no tiene quién lo defienda de un ganadero inescrupuloso. Luego entra como administrador a una finca y el amor parece ser el motivo, pero en realidad es el poder y el dinero. Cuando se convierte en héroe, lo hace más por el peso de la tragedia y el conflicto individual que por una razón altruista. El uso del paisaje desolado del norte nevado estadounidense metaforiza muy bien al personaje.

2) Las furias. Esta tiene su gran parte de melodrama: la pelea constante entre una heredera y su padre, bastante tiránico. Ella es Barbara Stanwyck, una actriz enorme que no deberíamos olvidar, y él es Walter Houston, papá de John y tremendo villano. Y hay amores cruzados, y una nueva mujer, y un rancho que está en el medio de los conflictos. Una película compleja de gran fuerza.

3) Winchester 73. Dos hermanos compiten durante todo el filme por ese rifle mitológico que le da título a la obra. Hay algo más: uno de ellos ha asesinado al padre. El rifle pasa de mano en mano durante dos horas y eso le permite a Mann trazar todas las contradicciones y tragedias de la conquista del Oeste. El momento en que aparece Rock Hudson como jefe indio es notable. Casi no queda tópico del género sin revisar, sin mostrar al mismo tiempo como una construcción mitológica con poder metafórico y como un momento de desencanto histórico. Quizás su obra maestra.

4) La caída del Impero Romano. La discuten mucho, pero es una película notable, muy superior a la "inspirada" Gladiador. Aquí hay no sólo melodrama, no sólo enormes secuencias de acción filmadas con brío (se nota que Mann fue despedido de Espartaco y se quedó con las ganas) sino también una mirada desencantada sobre la política y las ambiciones de poder.

5) Música y lágrimas. Quizás no sea lo más representativo de su carrera, dado que se trata de la biografía de Glenn Miller (que no fue un músico tan grande, aunque sí muy popular). Pero sí aparece en esta película la idea de una vocación, de la necesidad del artista de comunicarse con el público, de la tensión entre la creación y el deseo de los otros. James Stewart, su actor fetiche, está extraordinario.