El concepto de "normal" se utiliza con frecuencia y de manera indiscriminada en nuestra sociedad. En multitud de ocasiones escuchamos que ciertas cosas o comportamientos son o no son normales. Pero cuando intentamos definir la idea de normalidad, el asunto se complica.

No somos moldes. No estamos obligados a ser como los demás, a disolvernos como azúcar en una taza de café. Nuestra individualidad nos hace únicos y valiosos. Debemos rechazar esa necesidad casi obsesiva de ser como el resto. Este fenómeno no es nuevo. A nuestro alrededor habitan ya un gran número de "normópatas". Son personas que no han profundizado lo más mínimo en su propia identidad, que no han trabajado el autoconocimiento y que viven con un solo objetivo: lograr la validación social.

Esta meta pasa por dejar a un lado la propia individualidad e intentar encajar a la fuerza en lo que ellos entienden por "ser normal". Imitando lo que hacen, dicen o piensan los demás en sus grupos de redes sociales, o en ese círculo, a menudo cerrado, de amigos o de comunidad, obtienen algo parecido al equilibrio y cierta tranquilidad psicológica.

La aventura de ser diferente y auténtico no debería ser algo excepcional

Salirse de la norma, no poder encajar en ese molde inventado, les aboca irremediablemente a un gran sufrimiento. En todo normópata habita también un sentimiento perpetuo de melancolía, de vacío existencial. Es la huella evidente de una mente que no se ha atrevido a desarrollar su valiosa personalidad de manera individual. "La normopatía es el impulso anormal hacia una supuesta normalidad", dice el psicoanalista Christopher Bollas. Y esto es un ejercicio insalubre. Porque cuando adjudicamos a una persona, conducta o cosa la característica de anormal, le agregamos una buena cuota de prejuicios negativos.

Nos gusta que digan de nosotros que somos únicos y especiales. Sin embargo, la mayor parte del tiempo intentamos ser como los demás, encajar en aquello que es "normativo" y esperable. En caso contrario, si optamos por tener voz propia, por actuar de acuerdo a nuestros deseos y motivaciones no tardamos demasiado en ser señalados. De algún modo, lo queramos o no, estamos obligados a lidiar con las voces críticas. La clave de la felicidad está en aprender a ser nosotros mismos en un mundo que cada día es más diverso.

La normopatía -el miedo a la individualidad- es terriblemente pasiva y llega a racionalizar y dar por válidos actos y dimensiones que en ocasiones son completamente ilógicos. Casi sin darse cuenta, las personas con este desequilibrio, acaban creando un falso yo, sin capacidad para abrir esa puerta hacia un interior no solo descuidado, sino inexplorado. Se hace urgente trabajar autoestimas, identidades, valores y personalidades. Lo anormal es, justamente, obsesionarse por ser normal.

No hay nada mejor que disfrutar cada día de la libertad de ser uno mismo sin miedo, rompiendo cada cadena que aparece a nuestro paso y que nos intenta esclavizar. La compleja aventura de ser diferente y auténtico no debería ser algo excepcional. La auto-aceptación es hacer un hermoso tejido con nuestra identidad y esencia para envolvernos cada día con él. Nunca será normal dejarse llevar por esquemas ajenos, por estereotipos y por lo que otros establecen como esperable, en su afán de controlar la vida de los demás.

Somos, en gran medida, el resultado de un moldeamiento continuo desde nuestra infancia. Porque la adaptación al medio es garantía de supervivencia. Sin embargo es seguro que no podremos agradar a todo el mundo. Las expectativas de los demás suponen, en muchos casos, la pérdida de la originalidad y la personalidad. Dado que hay circunstancias que no pueden evitarse, necesitamos unas expectativas propias que nos hagan tener la certeza de que podemos ser felices con lo que tenemos. Es razonable no dejar de asumir que a cada cual le pertenecen las suyas: nadie ha venido al mundo a cumplir expectativas ajenas.

La sociedad en general y la familia en particular nos suelen presionar para que cumplamos con ciertas "obligaciones" morales o tradicionales. Ellos nos dicen qué debemos ser, cuándo, cómo y dónde, pero no nos preguntan realmente qué queremos. Desde que nacemos se nos imponen ciertas reglas o condiciones que debemos cumplir, etapas que supuestamente nos acercan a la felicidad. Sin embargo es muy importante descubrir lo que deseamos y no lo que debería ser. Tratar de no vivir por los demás sino por uno mismo. Al final, si alguien termina siendo una abogada exitosa pero infeliz, un empresario adinerado pero deprimido o una docente prodigiosa pero sin futuro claro, la responsabilidad será de cada uno.

"-Maestro, tengo un problema con mi hijo, dijo un hombre muy serio. Me trajo las notas del colegio; regulares en general, una alta calificación en dibujo y una pésima calificación en matemáticas.

-¿Y qué harás?, preguntó el sabio.

-Lo pondré de inmediato a tomar clases particulares con un profesor de matemáticas, expresó alterado.

-¡Necio!, gritó el maestro. -Ponlo de inmediato a tomar clases particulares con un profesor de dibujo. Desarrolla su talento. Todos servimos para algo pero no todos servimos para lo mismo."