Hay un sentimiento que divide a los seres humanos, que se impone incluso cuando sabemos que no tenemos la razón: el orgullo. Una emoción dañina que sigue haciendo desastres en las relaciones humanas. La RAE define el orgullo como "arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia". Sin embargo Voltaire afirmaba: "aquel que es demasiado pequeño tiene un orgullo grande". Por eso algunos opinan que detrás del orgullo no hay un exceso de estima propia, sino todo lo contrario; hay debilidad. Parece más bien, una necesidad excesiva de auto-afirmación.

A menudo se utiliza el orgullo como un arma o herramienta de defensa, resaltando los propios logros y éxitos sobre los demás, con la finalidad de que éstos no descubran las debilidades conservadas. Es un escudo que esconde la hipersensibilidad y la ofensa continua. El orgullo es una coraza y un sutil mecanismo de autoengaño, una posibilidad de asumir el control en todo escenario para poder así validar las propias "capacidades". Personas que hablan de forma constante de los logros del pasado, de sus buenas relaciones con determinadas figuras de importancia, de lo apreciados que son en ciertos sectores profesionales. "Epicentros" que terminan por agotar y alejar a quienes están cerca.

El orgullo hace vivir en un clima permanente de quejas debido a un ego exagerado

"Si eres orgulloso conviene que ames la soledad; los orgullosos siempre se quedan solos", escribió Amado Nervo. El orgullo es un gran generador de conflictos. El soberbio se cree superior a los demás, incapacitado para reconocer y enmendar sus propios errores. El orgullo no permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender lo que todavía no se sabe. Hace vivir en un clima permanente de quejas debido a un ego exagerado; quejas dirigidas a las personas, a las situaciones, al país.

Estas personas suelen ser muy intolerantes ideológicamente, aferrándose a una postura única y no permitiendo ningún aporte ajeno. Muestran una gran resistencia a pedir perdón y al cambio personal porque piensan que todo lo hacen bien. Presentan un endurecimiento emocional, una distancia emotiva, características que bloquean casi todas las relaciones interpersonales.

Si el orgullo termina destruyéndonos, el orgullo es ridículo. Es la pelea más idiota en una relación. No solo porque dos personas se ignoren, aunque estén muriendo de ganas por hablarse, sino porque ese lapso de tiempo aleja, condena, mata. Aunque en ocasiones hay quien considera que ser "orgulloso" es algo positivo, en realidad no deja de ser un defecto de carácter, por el cual aquel que lo padece tiene un concepto sobre sí mismo superlativamente vanidoso. Es el enemigo más adverso y la barrera más difícil.

En verdad la línea entre el orgullo y la dignidad es muy difusa. Debemos cuidar las fronteras, reconocer nuestras vulnerabilidades y evitar que el orgullo nocivo asuma el control. La dignidad es el lenguaje de la sana autoestima, nunca del orgullo. Éste se puede olvidar, la dignidad no se pierde por nada ni por nadie. El orgullo suele ser un obstáculo que impide mostrarse tal y cómo es cada uno. La interacción y comunicación se vuelve fría y distante y es la mejor constatación de que algo no funciona bien.

Nuestra esencia es el amor, fruto de la bondad, un fruto necesario de cultivar. En muchas ocasiones se llega a ver como algo que nos hace ser más débiles e indefensos. Una persona bondadosa es aquella que ha rechazado el orgullo, que se ha sumergido en los buenos actos, brindando calidez a quienes forman su entorno. "El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad", dijo Beethoven.

"¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla? Cuentan los viejos cronicones ortodoxos que un día se murió una mujer orgullosa, que no había hecho en toda su vida otra cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza a su favor?

El ángel, buscando y rebuscando, se acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio. Y Dios le dijo: "Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será salvada."

Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Pero fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían.

Pero a esta mujer orgullosa, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo; pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió.

Basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que el orgullo no nos haga patalear para salvarnos nosotros solitos."