La necesidad de construir algún dispositivo global de control de la red en el cual se encuentren representados los distintos actores del desarrollo sectorial y la representación formal y real de los estados es un imperativo de nuestros tiempos.

A esta altura del siglo XX el mundo se encontraba en guerra. Las guerras convencionales son parte del pasado. Pero la exclusión y marginación que producían esos conflictos - además de las muertes- no han desaparecido en la actualidad.

La debilidad de los estados soberanos van encontrando un cauce, o al menos una esperanza en la integración regional. Los bloques de países vecinos, a fuerza de concesiones de sus gobiernos locales, van construyendo mayores y mejores mercados para su fuerza de trabajo y brindando una posibilidad cierta de discutir en el concierto internacional con mayor eficacia ante las grandes potencias.

Después de la Gran Guerra vino el fracaso de la Sociedad de las Naciones.

Después de la Segunda Guerra, la ONU cubrió una formalidad que encontró alivió real en la capilaridad de miles de instituciones multilaterales que ordenaron las ayudas financieras, concentraron en un mundo bipolar las autoridades militares, erigieron organismos con jurisdicción internacional, y potenciaron el comercio interbloques.

Después de la caída del muro de Berlín el sistema institucional internacional ha visto sucumbir sus propias hipótesis de existencia. La regulación - e injerencia militar y política - sobre los commodities han dejado paso a este nuevo objeto precursor de la economía internacional que, a diferencia de las materias primas, no se aloja ni está sometido a ningún estado soberano en particular.

Los gigantes empresariales de la era digital superan en poderío político a la mayoría de los países y sus balances contienen varios PBI de esa mayoría. Son empresas que han dejado en Lilliput a las petroleras, bancas y mineras de antaño. Solo aceptaran el control de una autoridad global que las someta a su función. Esas funciones son de tal responsabilidad que solo pueden ser atribuidas por un consenso internacional firme y decidido. No pueden quedarse a medio camino como el Protocolo de Kyoto.

Las reflexiones de Thomas L. Friedman sobre la incidencia de la geopolítica, el clima y la red en nuestra vida cotidiana, también contienen esta idea de ordenar una autoridad global.

"La era de las aceleraciones[digitales]en geopolítica es un periodo igualmente plástico, pero aún no está claro que tengamos la capacidad o imaginación para establecer alianzas e instituciones globales para estabilizarlo de la manera que lo hicieron los estadistas después de la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, esta es nuestra misión."

Es indispensable que la humanidad se siente a pensar en este desafío. Algo menos etéreo que la ONU y más ampliamente acatado que Kyoto. Convocado por Juan XXIII, Benedicto, Friedman o cualquier ser humano que internalize la lógica de Schumann y empezando por el sector de la materia prima cultural más incidente en la economía del siglo XXI. La red y su flujo de información.

Al fin y al cabo, la desigualdad en el mercado de la tecnología sin regulación publica global se parece a la denuncia que hacía el primer presidente de la era democrática mas larga de nuestra historia nacional. En sus discursos, cuando todavía no lideraba su partido politico y antes de usar el preámbulo de la Constitución Nacional, Alfonsín cerraba sus intervenciones con una alegoría aplicable a la cuestión que observamos en estas columnas, y decía: "La liberad absoluta es igual a la libertad del gallinero libre, donde la zorra libre se come con absoluta libertad e impunidad a las gallinas libres".