A menudo, mucha gente se queja y critica aquello que les incomoda. Si hace frío, si llueve, si hay que esperar grandes colas en el banco o en el supermercado, si se tiene mucho trabajo, si no les gusta la comida. De esta manera, se concentra toda la energía en lo que molesta, en lo negativo y resulta más difícil la tarea de cambiar aquello que desagrada.

Esto se nota, especialmente, en un tipo de lenguaje que termina siendo perjudicial para la comunicación efectiva. Es un claro desprecio, un tipo de bullying, un atentado hacia la autoestima del otro, una agresión y un "matoneo" constante e implacable. Palabras que transmiten un mensaje dañino. Hay personas que, en cada frase que dicen, incluyen una o más malas palabras, maldicen, insultan o se descalifican a sí mismos o a los demás a diestra y siniestra. Técnicamente, no hay duda de que saben hablar, pero ¿están usando el recurso de la palabra sabiamente?

Insultar, dice la RAE, es la consecuencia de la incapacidad de alguien para mantener un autocontrol suficiente, a fin de poder expresar lo que siente, su opinión, su punto de vista, de una manera adecuada. Insultamos convencidos de que es el otro el que tiene la culpa, el que me ha provocado, el que hace las cosas mal, el que me ha decepcionado. Lamentablemente el hábito de insultar se va instaurando en nuestra forma de entender las situaciones cotidianas y el insulto empieza a ser una herramienta que se utiliza con la intención de debilitar la autoestima de la persona que se tiene enfrente: políticos, artistas, locutores, periodistas.

Dicen que las "malas palabras" o insultos funcionan como canalizadores para mantener la salud mental. Y si no existiesen, deberíamos encontrar otra forma socialmente aceptada de canalizar la ira. El insulto está vinculado a maneras de gestionar las emociones y de hacer catarsis, sobre todo en el caso de una emoción básica como la ira. Son maneras simbólicamente legitimadas, en lo cultural, de expresar enojo. Si la ofensa está orientada hacia una persona, estamos frente a una forma violenta de vincularse con el otro y la historia cambia absolutamente. Hay personas que están en un estado permanente de displacer y se la pasan insultando, tanto hacia adentro como hacia afuera. Esto, definitivamente, no es saludable.

La comunicación es un arte que no todos saben utilizar. El grito y el insulto agreden y humillan, una voz cargada de ira y desprecio se convierte en un tipo de comunicación agresiva bastante común. Las ironías, los dobles sentidos y la incapacidad de hacer uso efectivo de la comunicación emocional, suelen ser hechos muy comunes que ni construyen ni respetan.

“Todo se resume en que si cuidas tu lenguaje, él cuidará de ti” Luis Castellanos

Las palabras tienen poder; tanto, que son capaces de ocasionar un dolor emocional muy elevado. Como si hubiéramos recibido un golpe, como si una embestida directa partiera nuestro corazón en mil pedazos. Las palabras vacías de afecto o empatía son huecos de soledad y aislamiento. Antes de vocalizar las palabras, cuando todavía se encuentran en la fase de pensamientos, estamos a tiempo de evitar que la crítica, el juicio o la negatividad salgan de nosotros transformados en dardos venenosos. Es hora de que también el lenguaje exprese realidades nuevas.

Utilizar un lenguaje positivo puede transformar nuestras vidas, ya que nos ayuda a mejorar nuestra forma de comunicarnos, las relaciones que tenemos con los demás y la manera de concebir el mundo. De hecho, también tiene el potencial de cambiar cómo nos sentimos y orientarnos hacia la felicidad. Utilizar un lenguaje positivo saca lo mejor de nosotros mismos. El lenguaje positivo es una herramienta de gran eficacia para ser más feliz y productivo. "Todo se resume en que si cuidas tu lenguaje, él cuidará de ti" dijo Luis Castellanos.

Las palabras tienen un gran poder, el poder de crear un tipo de arquitectura determinada en los cerebros. Incluso nos pueden llevar al fundamentalismo: una visión que atiende al texto, y no al espíritu que da vida a la letra. En Oriente existe una expresión que define exactamente lo que nos suele suceder: cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el dedo. Por eso decía el escritor Frederick Douglas: "Es más fácil educar niños fuertes que reparar adultos rotos".

"En una ocasión, un gurú estaba intentando explicar a la multitud que los seres humanos reaccionan a las palabras, nos alimentamos de palabras y vivimos de las palabras más que de la realidad. Uno de los hombres se puso en pie y protestó. Dijo: -No estoy de acuerdo en que las palabras tengan tanto efecto sobre nosotros. -¡Siéntate, hijo de mala madre! -gritó el gurú. El hombre, lívido de rabia, dijo: -¿Y te llamas a ti mismo ser iluminado, gurú, maestro? Deberías sentirte avergonzado de ti mismo. -Perdóneme, señor, me he dejado llevar -dijo el gurú. -Le pido mis más sinceras disculpas; ha sido un error; lo siento. Finalmente, el hombre se calmó. Entonces el gurú le dijo: -Han bastado unas cuantas palabras para desatar una tormenta en ti. Y otras pocas han sido suficientes para calmarte. ¿No es así? Palabras, palabras, palabras. ¡Cómo aprisionan cuando no se usan adecuadamente! Mide tus palabras, intenta ser lo más exacto posible en su empleo, observa el efecto que tienen en ti y en los demás."