Como quizás sepan, un servidor hace todas las semanas en este diario, en la sección de espectáculos, una página dedicada al cine de sexo y al porno. Y también a otras muchas cosas, dado que uno habla de lo que le importa un poco de contrabando. Pero aún el porno es un tema controvertido y una parte importante de la población mundial lo considera inmoral. Incluso, en varios países, es directamente ilegal (en América Latina es claro el ejemplo de Cuba). De todos modos, no vamos a ser redundantes: en la edición de ayer -y puede leer on line- ya hablamos del tema. Sí queremos aquí hace un breve listado de películas importantes que tienen el sexo, las relaciones físicas entre las personas, como núcleo.

Una cosa importante del cine sexual es aquello que tiene en común con el cine cómico y el terror: los tres tienen como excusa la búsqueda de una reacción puramente fisiológica en el espectador. Sea la risa, el temblor o la excitación sexual, es interesante ver que es la manipulación de imágenes y sonidos, más la manera como los interpreta nuestro cerebro, lo que causa esas reacciones. En el caso del sexo es aún más raro: en la vida real, la excitación requiere de un trabajo coordinado de la mayoría de los sentidos (los cinco, a menos que uno no nos funcione). Pero un estímulo mucho más pobre por parte de una película puede causar el mismo efecto. Es que juegan para eso nuestra imaginación y nuestra ansiedad para “completar” el cuadro. Cualquier excitación se basa en completar algo que nos falta, de allí la efectividad del cine erótico.

Pero una cosa es mostrar relaciones sexuales a repetición para excitar al espectador y otra que el sexo sea un tema, que el filme muestre los placeres y sus consecuencias. En ese campo, hay muchas películas que vale la pena destacar. Incluso algunas que no parecen a simple vista, como La mujer pantera, de Jacques Tourneur, de la que hablamos alguna vez. La protagonista es sexualmente posesiva y celosa, y eso es lo que atrae de ella y lo que, además, la convierte en monstruo. Su remake de 1982 Cat People, realizada por Paul Schrader, es más explícita en ese sentido.

De Schrader es una de las películas más complejas porque es, al mismo tiempo, un homenaje a Robert Bresson (una de sus secuencias finales recuerda a El Carterista) y habla de un joven que da placer a mujeres por dinero. La película es Gigoló Americano (también de 1982), con Richard Gere, y el sexo es un problema central, unido el placer al poder. Antes, Gere había sido parte de otro filme sobre sexo y poder, la prohibida en la Argentina Buscando a Mr. Goodbar, de Richard Brooks, donde una joven Diane Keaton era una maestra durante el día y, de noche, buscaba aventuras sexuales duras en bares y discotecas. Más allá del final hiper moralista, fue una de las primeras películas que se hacía cargo de una verdad: el sexo no define totalmente a una persona, es parte de su vida pero no “toda” su vida.

Hablando de mujeres que toman el sexo de manera activa, probablemente la suma absoluta en ese sentido sea la increíble y bastante satírica aunque no se note Bajos Instintos, de Paul Verhoeven. Toda la película está dominada por la presencia absoluta de la escritora Catherine Tramell (Sharon Stone en la actuación de su vida y una de las grandes interpretaciones femeninas de la historia del cine), que no solo le come la cabeza al detective que interpreta Michael Douglas, sino que además, de algún modo, “escribe” la película a pura manipulación. Más allá de la escena de las piernas cruzadas, la película hace del sexo una obsesión solo para quienes carecen de la inteligencia para equilibrar sus vidas. También lo muestra como algo totalmente salvaje hasta el asesinato, claro, porque Verhoeven no solo no es un moralista, sino que es sobre todo un ironista. Cuando uno vuelve a verla conociendo el final, la película se transforma en una comedia negrísima que se ríe de la pacatería en cada fotograma.

La última mujer: la Mutti y Depardieu por Marco Ferreri

No debería sorprendernos que el cine europeo tenga mucho más sexo -y desde mucho antesque el de Hollywood. Historiar el erotismo en las pantallas del Viejo Mundo requeriría tomos, desde la fundacional Musidora hasta las aventuras sexuales y existenciales que filma la gran Catherine Breillat, pasando por la ambigua relación placer-sufrimiento que surge en muchas películas de Ingmar Bergman. Pero ya que estamos en tren de ser didácticos, recomendemos una película no estrenada en la Argentina, Post coitum, animal triste, de y con Brigitte Roüan, donde la propia directora se expone físicamente con humor y ternura como una editora de mediana edad que se enamora -en realidad, es un amor puramente sexual- de un hombre mucho ás joven. Todos los temas posibles están en esa película: desde la angustia por el deseo irrealizado hasta, obviamente, la angustia por el deseo realizado (de allí el título “el animal está triste después del coito”, una frase atribuida a Galeno) y la necesidad de reinvención. El sexo, pues, es un vehículo para otras cosas, y no se trata especialmente de una película “sexy”.

Tampoco lo es la japonesa El imperio de los sentidos, del maestro Nagisa Oshima. Ganadora en Cannes, objeto de un juicio por obscenidad en Japón, la película muestra la relación de un hombre adinerado con una geisha a principios del siglo XX. Las relaciones sexuales son casi explícitas, y el melodrama crece en la medida en que crece la obsesión y la imposibilidad de esa relación. Lo mismo sucede con una gran película italiana, La última mujer, de Marco Ferreri, con Ornella Mutti y Gerard Depardieu, donde la obsesión, que llega a ribetes operísticos, amenaza con destruir a los protagonistas masculinos. En ambos casos, la determinación final es drástica. El sexo también puede ser, pues, una tragedia.

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