El ritmo taquicárdico de la economía argentina democratizó la jerga y las discusiones y popularizó las conversaciones. La “bomba de Lebacs”, el “monstruo de las Leliqs” e incluso el volumen del PBI -robado o a salvo- ingresó en el lenguaje cotidiano traspasando las fronteras cerradas de economistas, expertos en finanzas y del periodismo económico que afronta el desafío de explicar los tecnicismos ante una audiencia más informada, más demandante y más crítica. La multiplicación de los canales informativos y la facilidad de acceso y viralización obligó a especializar aún más al periodismo especializado, pero también a ser un traductor social de las decisiones que se toman en los diferentes estamentos del poder. El rol básico del periodista, seleccionar y jerarquizar, quedó más en evidencia y quienes tenemos la tarea de informar estamos bajo la luz escrutadora de una audiencia más sofisticada que demanda enfoques novedosos para analizar los datos que ya conoce y poder anticipar decisiones de inversión con una lectura política de los datos duros. Porque es la economía... pero también, y cada vez más claramente, es la decisión política.

La frase de Gabriel García Márquez acerca de que “la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor” recobra su centralidad en tiempo de noticias falsas y de manipulación de contenidos, videos y mensajes.

Cuando este diario comenzó a editarse en 1997, Argentina también tenía, como ahora, un monitoreo del Fondo Monetario Internacional, con metas que pudo cumplir utilizando la “contabilidad creativa” -como por ejemplo diferir pagos de aguinaldos a estatales y jubilados para enero de 1998- y el ministro Roque Fernández estaba a las puertas de firmar la ampliación del “acuerdo de facilidades”. Y la industria demoraba la visibilidad de la caída que explotaría al año siguiente. Ahora, 21 años después, el país atraviesa otra etapa de ajuste tutelado por el FMI, con una acuerdo revisado por incumplimientos del plan original en un cuadro de caída de la actividad económica y derrumbe de la producción industrial. Y se pone en foco la necesidad de aportar desde los medios la visión sobre los problemas y las alternativas viables que se propongan para avanzar en un camino de recuperación de las empresas y las industrias nacionales y, con ellas, de la actividad y el consumo.

Los 21 años ya no son la mayoría de edad. Pero eso, para un medio, tiene poca importancia. Porque no hay prerrogativas de edad para el compromiso de llevar a las audiencias información de calidad, análisis certeros y calidad profesional desde todas nuestras plataformas, para que puedan seguir eligiéndonos.