Virgina Higa escribió su primera novela atravesada por la historia familiar y la creación de "Los sorrentinos" en Mar del Plata. Desde Estocolmo, donde vive actualmente, la autora respondió las preguntas de BAE Negocios.

—¿Cómo es el proceso de ficcionar un historia real?
—Es un proceso de conversión, porque la escritura nunca puede abarcar la realidad. Sería algo así como transformar una pieza de orquesta en un ringtone. Algo queda, algo es reconocible, pero al mismo tiempo es otra cosa, con sus propias reglas y limitaciones. Para mí fue un proceso muy lindo porque me permitió sumergirme en un mundo hecho de muchas cosas: ambientes, tradiciones, historias orales, cultura popular, todas cosas que conforman el ecosistema de un grupo humano, en este caso, una familia.

—¿Quién era Chiche (el protagonista)?
Era el dueño de un restaurante, un patriarca atípico, una mezcla de Don Corleone y Manuel Puig.

—¿La trattoría sigue funcionado y se puede pedir la misma receta?
—Sí, la trattoría sigue funcionando. La administran sus sobrinos desde hace muchos años y según tengo entendido, la receta de los sorrentinos no ha cambiado.

—¿Qué tomó del Chiche real?
—Tomé varias anécdotas de su vida que escuché de otros pero sobre todo, supongo, el cariño que le tuve y el enigma que era para muchos que lo conocían. Su manera de hablar, su generosidad y su pequeña maldad también. En un momento sentí que era muy difícil hacerle justicia en una novela a una persona tan compleja (ía una persona, en definitiva!). Me di cuenta de que contarlo todo era imposible, ¿cómo se escribe a una persona real? íEs imposible! Decidí elegir pequeñas cosas que me parecía que podían mostrar algo de la complejidad de ese ser humano. Creo que para la literatura la única vía es el detalle.

—¿La considera una novela muy italiana donde todas las emociones se mezclan?
—Me gusta pensar que es muy italiana en algunas cosas, como por ejemplo cierta introspección profunda para encontrar la raíz de algunos sentimientos molestos, como la vergüenza o la envidia. Los escritores italianos que más me gustan son muy críticos de sí mismos y de su cultura, también un poco melancólicos. Y no tienen preocupaciones formales como las de los anglosajones que tratan de definir todo el tiempo cómo es un cuento perfecto, cómo es una novela, etc. Me da la impresión de que los italianos de mitad del siglo XX escribían, y lo que salía, quedaba. Mucho más amorfos y menos preocupados por el género. Yo quise hacer algo así, mi modelo fue Léxico familiar de Natalia Ginzburg, una novela aparentemente sin forma, que fluye y ni siquiera está dividida en capítulos. Que parece no tener trama/argumento pero que tiene un hilo fuertísimo que lo ata todo.

—¿Siente que usted ahora que está viviendo una vida de inmigrante?
—Totalmente. Es muy extraño vivir en un país donde todo es diferente, donde hay que aprender una lengua y costumbres nuevas. Aunque para mí la experiencia es diferente de la de mis antepasados porque siempre está la posibilidad de volver, y el mundo es de algún modo más chico porque las comunicaciones nos acercan. Los primeros dos años vivimos en el centro de Estocolmo, en barrios completamente blancos y suecos. Ahora vivimos en un barrio en las afueras, donde casi todos son inmigrantes. En el supermercado hay productos de Siria, de Turquía, salgo a la calle y escucho hablar en árabe, en ruso, en chino, en swahili, en lenguas que ni siquiera puedo reconocer. Suecia está atravesando un período de inmigración intensa y muy diversa, parecido al que tuvimos nosotros a principios del siglo pasado. Es súper interesante y está lleno de tensiones y desafíos. Me hace pensar también que nosotros en Argentina resolvimos algunas cosas bastante bien, y no nos damos crédito por eso en general. O quizás sea solo el paso del tiempo que va limando las asperezas.

—¿Cómo es esa mezcla italiana por línea materna y japonesa por la paterna?
—Creo que siempre la viví como un regalo y una fortuna. Y también como una sensación permanente de no pertenecer del todo a ningún lado, una identidad indeterminada. En algún momento se convirtió en un valor para escribir, porque la mirada siempre está corrida y eso me sirvió mucho. La sensación más fuerte que tengo de las reuniones familiares ítalo-japonesas es que funcionaban bien, había armonía. No sé si por la combinación de caracteres o porque todos estaban resignados a que esa era la realidad, pero jamás hubo conflicto. Había un interés y una aceptación genuina del otro.

—¿Cómo decidió escribir esta novela?
—En un principio quería hacer un documental sobre el restaurante y sobre el Chiche. En el medio filmé algunas cosas pero estaban todas fuera de foco, oscuras, un desastre. Había visto el documental Jiro dreams of sushi, sobre un sushiman famoso japonés y pensé que sería lindo hacer algo así con el Chiche. Pero entonces él murió y yo me di cuenta de que no tenía idea de cómo hacer un documental, y por suerte estaba yendo al taller de Federico Falco, que me alentó a seguir escribiendo unas escenas sobre el restaurante que yo había empezado a llevar a las clases. Sin ese entusiasmo no sé si hubiese prosperado el proyecto.

—¿Hace sorrentinos?
—¡Nunca hice! Demasiada presión

—¿Le parece que la literatura a veces sirve para recuperar el pasado?
—Puede ser, aunque siempre es un pasado inventado, visto con los ojos del presente y de la ficción.

 

Título: Los Sorrentinos  
Autora:
Virginia Higa
Editorial: Sigilo
Páginas: 152
Precio:$580

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