La imagen es ya imborrable y de una potencia tan brutal que parece falsa. Un descapotable rojo flotando en la inmensidad espacial con un maniquí al volante. Por los parlantes suena Bowie, "Space Oddity", la música que acompaña al hombrecito de plástico, bautizado Starman (otro guiño al músico inglés), que viajará a una velocidad de 11 kilómetros por segundo y planeaba llegar a Marte pero desvió su órbita e irá más lejos. En el tablero del auto se lee "Dont Panic", una referencia al clásico libro de ciencia ficción Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams.

Con el lanzamiento del cohete más grande del mundo, Elon Musk volvió a deslumbrar

Desafio científico, progreso, riesgo corporativo, cultura pop y algo de marketing se conjugaron la semana pasada en el exitoso lanzamiento del megacohete Falcon Heavy, el más grande del mundo. Se adentró en el universo, en un viaje de prueba, con este auto Tesla Roadster en el extremo de la nave. La mente detrás de esta proeza no fue otro que el multimillonario Elon Musk, creador de la plataforma de pago online PayPal, la compañía de autos eléctricos y baterías Tesla Motors y SpaceX, dedicada a fabricar robots y máquinas espaciales. Con esta nueva aventura, sus planes interestelares que desatan tanta admiración como desconfianza, parecen estar un poco más cerca.

El lanzamiento del Falcon Heavy con el Tesla rojo marcó un hito en la carrera espacial, donde ahora hacen punta los privados

Ambicioso, excéntrico, caprichoso, alocado, genial. Musk parece encarnar, con todas sus ambigüedades, el mito del inventor del siglo XXI. Un referente en la pujante Silicon Valley, ya hay quienes dicen que se acomoda en el lugar vacío dejado por Steve Jobs. Lo ubican en un sitio privilegiado en el pelotón de innovadores de nuestra era como Mark Zuckerberg o Bill Gates que, en el camino de las mentes brillantes de la historia como Da Vinci, Graham Bell o el propio Nicola Tesla, contribuyen al avance de la humanidad.

Por su magnetismo, inspiró la versión de cine del personaje Iron Man

Para otros, está más cerca de ser una versión del magnate Howard Hughes, aquel pionero de la aviación, temerario en sus objetivos, excéntrico y siempre dispuesto a llamar la atención con sus iniciativas. Ambos comparten un perfil de emprendedor multitalentoso con éxito comercial y cierto coqueteo con el mundo glamoroso de Hollywood (Musk tuvo, entre otras, una historia de amor tormentosa e intermitente con la actriz Amber Heard, ex de Johnny Depp, con quien se lo vio a fin de año paseando por Chile).

No le faltan tampoco detractores a este hombre nacido en Pretoria, Sudáfrica, hace 46 años, que tiene nacionalidad canadiense y estadounidense. Entre ellos se enlistan los incrédulos, quienes ven poco sustento en sus proyectos y también quienes lo ven como un oportunista. Es criticado también por su acercamiento a Donald Trump, después de haber formado parte del equipo de asesores de Obama. Pero Musk se mantiene tenaz en su decisión de cambiar el mundo. Y nunca deja de sorprender.

El hombre de acero

Ingeniero, empresario e inventor, empezó a programar de manera autodidacta cuando tenía unos 10 años. A los 12 ya vendió por 500 dólares en un videojuego que había diseñado. Fue criado en Sudáfrica por su padre, un ingeniero sudafricano, y su madre, una nutricionista y modelo canadiense. Era por entonces un chico tímido y solitario. En la adolescencia, se internó en el lodo de una crisis existencial y recurrió a lecturas como Nietzsche, Schopenhauer y Douglas Adams, uno de sus favoritos. Más tarde se mudó primero a Canadá y después a Estados Unidos y estudió en la Warthon School de la Universidad de Pensilvania, de donde saltaría a la arena candente de Sillicon Valley como pasante de verano. Se anotó luego en Stanford pero abandonó para crear su propio emprendimiento en internet, Zip2, una de las primeras en ofrecer contenido vía online, que le vendió al navegador Altavista por más de 300 millones de dólares. Luego vendrían Paypal y Tesla Motors. Así se forjó la prehistoria de este emprendedor e inversionista, cuya fortuna se estimaba a fines de 2017 en 17.400 mil millones de dólares.

Atribulado por desamores (suma tres divorcios), el magnetismo de su figura es tal que hasta sirvió de inspiración a la versión cinematográfica de Tony Stark, el personaje de Iron Man. Entre los locuras que persigue este vanguardista en tiempos de millenials está la posibilidad de hacer viajes supersónicos con Hyperloop, conexiones cerebrales con máquinas, la creación de superbaterías y, especialmente, colonizar Marte. El lanzamiento de la semana pasada, uno de los eventos más esperados desde las misiones Apolo de los 60 y 70, marca un hito que devuelve el interés mediático por la carrera espacial y la colocan fundamentalmente en manos de iniciativas privadas. No parece haber demasiados límites para este hombre que sueña con pasar sus últimos días en el planeta rojo.