El cierre de 2018 encontró a la Argentina transitando nuevamente una etapa recesiva. Las proyecciones optimistas auguran que la recesión comenzará a revertirse en marzo. Las perspectivas más pesimistas no auguran fecha exacta para el repunte de la economía. Para entender lo que nos depara el próximo año, resulta prioritario entender qué nos deja el año que se está yendo.

En primera medida, este año ha sido una nueva muestra del prolongado ejercicio de “reacción a la imprevisibilidad” que los empresarios argentinos desarrollaron a través del tiempo: durante las últimas tres décadas han sido el territorio en el que esa capacidad se tuvo que poner en juego para defender empresas, empleo y patrimonio. En vaivenes cíclicos, muchas PyMEs quedaron en el camino; otras lograron continuar, optimizando una serie de variables que, ante una nueva crisis, les permitieron capear el temporal. Pero este costoso y doloroso aprendizaje está lejos de ser un activo: termina desincentivando el espíritu emprendedor de los empresarios argentinos.

Otro de los ejes que marcó el pulso de 2018 fue la contracción en el empleo que sufrió el sector industrial: de acuerdo a datos del Ministerio de Producción y Trabajo, en septiembre, la industria manufacturera registró 40.045 trabajadores formales menos que en el mismo mes del año pasado (-3,37%) y 66.455 puestos menos que en septiembre de 2016 (-5,5%). Más allá de la pérdida de puestos de trabajo, existen problemas complementarios que acrecientan las dificultades. Casi el 80% de los trabajadores que perdieron su puesto en una fábrica en la provincia de Buenos Aires durante la última década, no consiguieron un trabajo con mejores condiciones.

La evolución heterogénea de los sectores es otro de los pasivos con los cuales la industria debe maniobrar desde hace tiempo. A comienzo de 2017 la industria mostró una evolución con distintas velocidades: las compañías que operan en el clúster de la construcción o automotriz registraron crecimiento, mientras que otros sectores como el textil, calzado y gráfico, continuaron en baja. Este contexto se agravó a mitad de año con la crisis cambiaria, el aumento de la inflación, la suba de tasas y la recesión.

De acuerdo con las estimaciones del Centro de Estudios de la UIA, 2018 cerrará con una caída en la producción entre el 2,3% y 2,5%. Esta retracción de la actividad, en mayor o menor medida afecta a todos, pero dentro del grupo PyME existen 56.000 empresas y micro emprendimientos que sienten en mayor medida el impacto. Pocas herramientas para enfrentan esta delicada coyuntura, la contracción del mercado interno, el incremento de los costos operativos, el aumento del costo de financiamiento y una creciente presión tributaria son parte del paquete de cuestiones que empeoran el contexto del sector PyME.

De cara al futuro, la automatización y los nuevos procesos son temas que debemos abordar en presente. Eso significa reconvertir nuestras empresas para competir, haciéndolas parte de la Cuarta Revolución industrial a partir de la innovación, la tecnología y reconfiguración de las relaciones laborales en función de empleos que se crean y que hasta hace muy poco tiempo no existían. Los nuevos procesos y las nuevas tecnologías requieren repensar algunos vínculos e instituciones del ámbito laboral. Esta estrategia tiene que complementarse con un esquema tributario que premie la agregación de valor y no la penalice. Los derechos de exportaciones, por ejemplo, tienen que estar enfocadas en incentivar la producción y venta al exterior de bienes con mayor contenido tecnológico. El objetivo principal es que el conjunto de la economía se dinamice y desarrolle.

El acceso al financiamiento es uno de los principales obstáculos para definir estrategias empresariales de largo plazo. Hoy, el crédito equivale a menos del 16% del PBI y tan sólo 17,5 de cada 100 pesos que se prestan van a las PyMEs. Pensar en proyectos a 15 o 20 años debería ser la forma en que una empresa crezca sólida, generando riqueza para el país y puestos de trabajo: de ahí la necesidad de contar con financiamiento a tasas internacionales y a plazos razonables.

La clave para generar un modelo de desarrollo industrial sustentable se encuentra en el equilibrio entre coyuntura y largo plazo. Desde la UIA se presentó un documento con 35 propuestas articuladas alrededor de 6 ejes de trabajo: Ley Pyme, Tributario, Financiamiento, Potenciación del mercado interno, Internacionalización y exportaciones y Costo energético. Una mirada integral sobre estos temas con propuestas concretas es el primer paso para salir de una lógica errática e iniciar una recuperación sostenido de la economía en general.

En el sector industrial, especialmente en cada PyME, está el germen de una posible gran empresa nacional. Sólo podrá desarrollarse si sector público y privado generan una sinergia virtuosa que los potencia a ambos. Una macroeconomía ordenada, un horizonte previsible en lo que refiere a temas tributarios, tecnológicos, laborales y financieros nos permitirá proyectar a paso seguro nuestro porvenir. Para esto son útiles los balances, para entender dónde estamos sabiendo, dónde queremos ir.

* Vicpresidente Pymi de la UIA