Para pasar todo lo que ha pasado el ser humano y llegar hasta donde ha llegado, ha sido imprescindible haber gozado de un exceso de optimismo. Pero no todo el mundo tiene la misma carga de ilusión y arrojo. No siempre parece adecuado enfocar la visión personal hacia la positividad. En ocasiones, esos cristales color de rosa pueden hacer que perdamos ciertos ángulos de nuestro entorno, ciertos matices de gran relevancia que restan realismo y objetividad a nuestra mirada. Da la impresión de que en la vida no siempre podemos centrarnos en ese lado luminoso y optimista.

Sucede que, siendo plenamente conscientes de que en la vida hay hechos y realidades negativas, se opta por centrarse solo en lo positivo. Incluso estando involucrados en un evento de índole negativa, la persona se esforzará en reorientar esa situación hacia una salida más optimista. Sólo superando esta barrera seremos capaces de vivir ilusionados. Michael de Montaigne decía: "Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron".

Es verdad que hay limitaciones y aspectos preocupantes que, esta dimensión psicológica llevada al «extremo", puede producir. Por ejemplo, si elegimos centrarnos solo en ese lado más optimista de la vida es posible que evidenciemos cierta falta de competencia a la hora de gestionar las situaciones difíciles. Tener siempre una visión alegre y diáfana de las cosas nos infunde motivación, no hay duda; pero para transitar por la vida también es necesario saber caminar por los momentos negativos y aprender de ellos. Nuestra realidad incluye luces y sombras.

No se puede creer en esas personas que parecen vivir en un constante estado de optimismo ingenuo y felicidad constante. Pero tampoco es lógico y sano caer en el desánimo persistente y el pesimismo. La clave de todo, como siempre, está en el equilibrio: una mirada intermedia que se aferra al lado luminoso de la vida pero que no rehúye de las dificultades.

El optimismo es la tendencia a esperar siempre que el futuro depare resultados favorables. Requiere, por tanto, voluntad para hallar soluciones, ventajas y posibilidades; centrándose siempre en lo positivo. Dejar de lado el conformismo imperante en la sociedad actual y animarnos a imaginar, soñar y dilucidar el futuro tal y como lo deseamos. Dejarnos guiar por lo que anhelamos, desechando la pereza, las excusas y el estancamiento personal. El optimismo no es más que la concepción de la esperanza, es una herramienta emocional que puede ayudar a conseguir metas y objetivos complicados y en la que nos apoyamos para dar una respuesta positiva a la vida. Actúa de catalizador entusiasta para configurar nuestras percepciones y dar fuerza a nuestras conductas.

La palabra optimismo proviene del latín "optimum" que significa "lo mejor". Parecería que el estado ideal del ser humano es el de un optimismo realista, aprendido y positivo, capaz de ver en los reveses un desafío temporal y limitado. El optimismo no conduce en todos los casos a la alegría externa sino que inunda de paz interior el cuerpo y la mente. Proporciona una belleza serena, que ilumina el rostro, pero, sobre todo, el espíritu.

Una persona optimista es aquella que sabe esperar, que piensa, que desea y que actúa en consecuencia para que todo pueda cumplirse. Aún luego de haber fracasado más de una vez se sigue levantando y mirando hacia adelante, con la frente en alto y aprendiendo de cada experiencia. No es cuestión de estética, sino de actitud.

Optimismo proviene del latín “optimum” que significa “lo mejor”

Las personas optimistas suelen sufrir menos problemas depresivos pues "amortiguan" el impacto de las dificultades. Asimismo, pueden llevar adelante un mejor rendimiento académico, deportivo y una mejor adaptación profesional. Aquellos que tienen pensamientos positivos se sienten más capaces, con más control y probabilidad de éxito. Parece tener mucho que ver con las expectativas. Los optimistas tienen una predisposición a esperar resultados positivos en sus vidas. "El pesimismo lleva a la debilidad y el optimismo al poder", decía William James. En el diario caminar podemos estrellarnos contra las paredes cuando las circunstancias son difíciles; para evitarlo, sólo habrá que asumir una actitud exquisitamente positiva.

"Cuentan que un rey tenía un consejero que ante circunstancias adversas siempre decía: "íqué bueno, qué bueno, qué bueno!" Un día estando de cacería, el rey se cortó un dedo del pie y el consejero exclamó: "íqué bueno, qué bueno, qué bueno!" El rey, cansado de esta actitud, lo despidió y el consejero respondió: "íqué bueno, qué bueno, qué bueno!" Tiempo después, el rey fue capturado por una tribu para sacrificarlo ante su dios. Cuando lo preparaban para el ritual, vieron que le faltaba un dedo del pie y decidieron que no era digno para su divinidad al estar incompleto, y lo dejaron en libertad. El rey ahora entendía las palabras del consejero y pensó: "qué bueno que haya perdido el dedo del pie, de lo contrario ya estaría muerto". Mandó llamar al palacio al consejero y le agradeció. Pero antes le preguntó por qué dijo "qué bueno" cuando fue despedido. El consejero respondió: "si no me hubieses despedido, habría estado contigo y como a ti te habrían rechazado, a mí me hubieran sacrificado".

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