"Durante mucho tiempo estuve interesado en la Guerra de a Triple de Alianza (1865-1870), esa guerra terrible que entablaron Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay. Fue la más terrible que se libró en América del Sur. Dejó al Paraguay prácticamente sin población masculina y lo sumergió en el atraso, pero al mismo tiempo signó el ingreso a la modernidad de los otros tres países. Una guerra que el presidente Bartolomé Mitre pensó que habría de concluir en tres meses y, en cambio, tardó cinco años. Aun así, poco y nada sabemos de esa guerra. Es más, solemos llamarla la Guerra del Paraguay, como si le perteneciera a otros esa masacre en la que tuvimos un papel protagónico. En ese vacío entreví que había una novela para escribir, y me puse investigar el tema", dice el escritor y profesor Miguel Vitagliano, quien dialogó con BAE Negocios sobre Enterrados, su nueva novela.

–¿Le llevó mucho tiempo de investigación?
–Bastante, no creo que importen los años, lo que importa es que al cabo de ese tiempo entendí que ahí no había una novela para mí. Tal vez podía haberla para otro escritor, pero no para mí. Fue la traducción de La Divina Comedia que realizó Mitre lo que permitió encontrar mi novela. Suele decirse que Mitre tradujo el poema de Dante en el campo de batalla, y eso no es así. Y Mitre de ningún modo tuvo esa intención. Mitre era uno de los hacedores de ese infierno en el Paraguay, lo que menos quería era celebrarlo traduciendo La Comedia. Ahí estaba mi novela: en el desconcierto, en La Divina Comedia y la guerra.

–¿Elisa (una de las protagonistas) lo atrapó?
–Me atrapó Elisa, pero también Delfina, la esposa de Mitre. Elisa era irlandesa, se casó muy joven y vivió en París y Argelia. Pero las causas que producen las lecturas terminaron por convertirla en la heroína, y para otras la hechicera, de un país en guerra que no mucho antes ignoraba que existía. Delfina lleva adelante otro combate. Es la esposa fiel de un hombre tan inteligente como egoísta e intrigante, y madre de seis hijos. Pero es una intelectual, que comparte con Mitre, a los veinte años, la lectura y la traducción de Víctor Hugo y también la pasión por La Divina Comedia. Mitre la escuchaba con muchísima atención, y la callaba ante todo los demás. Desde luego, también me atrapó Mitre, el intelectual y la figura política, que se fascinó por Elisa, por lo que se contaba de ella en los campamentos del Paraguay. Delfina era, para Mitre, una donna angelicata, Elisa en cambio se parecía a las heroínas de las novelas que él disfrutaba. Elisa comienza identificándose con Indiana, la joven sufrida de una novela de George Sand, luego se reconoce en Madame Bovary y finalmente es una amazona guerrera. Somos también lo que elegimos leer, lo que tenemos por delante, ¿no?

–¿La pasión y el amor pueden con todo, incluso con la guerra?
–Baudelaire decía que el amor es salirse de lugar. La pasión es eso, en realidad. Nos arranca de lo que creemos cierto, sacude nuestras certezas, pulveriza las paredes de esa cáscara que llamamos yo. Todos los personajes de Enterrados están movidos por alguna clase de pasión.

–¿Qué le gustaría que encuentre el lector en el libro?
–Una invitación para salirse de lugar.

–¿Le cuesta dejar a los personajes?
–Cuando trabajo en una novela es como si me fuera a vivir a otro lugar, una especie de Estado que tiene sus propias reglas. La partida no es sencilla. Haber convivido con ciertas personas que se nos hacen entrañables y reconocer, de golpe, que ya nunca más las volveremos a ver.

–¿Cuál es el rol de la literatura?
–La literatura no tiene un papel; mejor, no tiene ningún papel. Si tuviera alguno perdería su potencia. Decir que nos ilumina a través de la ficción para que tomemos consciencia, o decir que nos permite jugar a ser otros, o que nos brinda placer para reposar de nuestro cansancio cotidiano; todo eso sería obligar a la literatura a que cumple con algo. La potencia de la literatura está en que no cumple con un deber, ni siquiera con el de no cumplir con ningún deber. Ese es el papel que le reconozco, y lo considero fuertemente político. Una sola palabra es siempre un acto libertad. De eso estamos hablando.

–¿Tiene rutina para escribir?
–Escribir todo lo que pueda.

–¿Cómo compatibiliza su vida académica con la del escritor?
–Disfruto mucho dando clase. Es el momento de compartir lecturas y experiencias de distintas lecturas. Y descubrir la sorpresa y el entusiasmo en los otros. Eso también es salirse de lugar.

–¿Cuándo empezó a soñar con ser escritor?
–A los cinco años, el primer día que leí solo un texto. Era una historieta. Empecé a leer con la luz de día y terminé de leer a oscuras, convencido de que había descubierto algo. Estaba profundamente conmovido. Aunque no sabía en ese momento, y menos ahora, de qué trataba la historia que leí. Mejor dicho, lo que no sabía era qué había entendido. Supe en ese momento que quería ser escritor. Quizá para escribir lo que faltaba, o lo que no sabía ni iba a saber.

–La vida del autor mientras escribe es muy solitaria. ¿Qué siente cuando la novela ya está en la Librería y de alguna manera deja de ser suya?
–No, de ninguna manera considero que sea solitaria, al contrario, está poblada de voces. Lo solitario, a veces, suele ser el regreso. Como decíamos antes, escribir una novela es instalarse una temporada en otro lugar. Y para mí, siempre se trata de una temporada en el paraíso, cuando no es así abandono el proyecto.

–¿Qué sucede después, cuando esa experiencia circula en forma de libro?
–La tontería de la vanidad y la timidez.

Título: Enterrados
Autor: Miguel Vitagliano
Precio: $495
Editorial: Edhasa
Páginas: 296