La situación española de estos días nos presenta un cuadro variopinto en el que no nos resulta extraño hablar de crisis de los partidos políticos tradicionales. La incapacidad de formar de gobierno por parte del Presidente, Pedro Sánchez, obliga a un nuevo llamado a elecciones, que se llevarán a cabo el 10 de noviembre de este año.

Comencemos notando que el fin del régimen franquista, hacia 1977, fue acompañado de la emergencia de un sistema de partidos con fuerte presencia nacional al tiempo que también se encontraban expresiones regionales, lo que en la Argentina llamamos partidos provinciales. En este contexto, dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, convivían con partidos relevantes a nivel territorial en la arena subnacional, sobre todo en Cataluña y en el País Vasco. En la configuración del gobierno central nos encontrábamos con un bipartidismo imperfecto, donde PSOE y PP alternaban en el ejercicio del poder presidencial.

Una primera nota nos permite notar que el presidente español es jefe de gobierno, siendo el Rey el jefe de estado. En este marco, el rey propone al candidato a presidente, éste presenta su plan de gobierno a las Cortes Generales ( Congreso de Diputados y Senado) y pide el voto de confianza. Si lo obtiene con la mayoría absoluta de sus miembros luego el rey lo nombrará presidente. Sin mayoría, se somete a nueva votación a las 48 horas y la confianza se obtendrá con mayoría simple.

Es así que entonces, el sistema electoral y los partidos cobran una importancia fundamental. Para el congreso de Diputados, España cuenta con 52 circunscripciones (50 provincias más Ceuta y Melilla) de magnitud variable en el que la cantidad de escaños se determina por criterio poblacional asegurando un mínimo de dos diputados. Por lo tanto, hay un mínimo de 102 bancas más 248 que se reparten en función de la población.

El sistema de representación proporcional ha permitido, sobre todo a partir de 2015, que ingresen con fuerza nuevos partidos como Podemos y Ciudadanos en las circunscripciones más grandes, es en ellas donde opera y aparece (y se rompe) el bipartidismo y da lugar a un esquema multipartidista competitivo. Si este esquema multipartidista se consolida se traducirá en la práctica en que ninguno puede gobernar solo y deberán inexorablemente coalicionar. Esta situación es la que ha puesto a España en vilo, o específicamente a su presidente, ya que no logró formar una coalición para formar gobierno.

Es probable que surja un Parlamento más fragmentado aún

Sánchez había ganado en abril con 123 de los 350 diputados del Congreso, así que necesitaba el voto favorable (o la abstención, según el caso) de otras fuerzas parlamentarias. En julio intentó que el Congreso lo respaldara para seguir al frente del Ejecutivo, pero no lo consiguió. La negociación entre el Partido Socialista (PSOE) y la coalición izquierdista Unidas Podemos (UP) fracasó. La Constitución española establece que, si pasados dos meses de la primera votación de investidura -que se produjo el 23 de julio- ningún candidato obtiene la confianza de la cámara para gobernar, el rey disuelve el Parlamento y convoca a nuevas elecciones con el refrendo del presidente del Congreso, o sea, lo que ocurrió el lunes pasado.

Esta inestabilidad ya era visible en 2015, y ha afectado a los dos grandes partidos españoles. De las elecciones a realizarse es probable que surja un Parlamento más fragmentado aún, con lo que las coaliciones de gobierno son el camino inexorable para la democracia española, esta circunstancia obliga a los viejos partidos a aggiornar sus prácticas, morigerar sus vicios y comprender los nuevos tiempos y las demandas de sus ciudadanos.

*Profesora de la Licenciatura en Gobierno y relaciones Internacionales de UADE

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