Esta nueva era de la cultura tecnológica, nos ha vuelto un poco más vanidosos. A muchos les agrada exhibir algún aspecto de sus vidas en "muros" o en "historias". Es que las personas necesitamos, simular, en algunas ocasiones, para encontrar aceptación o integración entre nuestras relaciones sociales cotidianas. Pero, necesitar a diario esa aprobación, puede derivar en realidades preocupantes. Hay personas que hacen del arte de la apariencia su forma de vida y ayudan a construir la cultura de las "poses".

Esto sucede no sólo en el universo cibernético sino también en la cotidianidad de aquellos que acaparan la conversación de un grupo, del compañero que se esfuerza por mostrarse como ganador, de los que hacen de su "yo" un objeto de culto casi obsesivo. Apariencias que terminan conformando existencias huecas e infelices y que pueden generar conductas muy dañinas y desgastantes.

Cuentan los historiadores que en el año 365 a.C. Eróstrato, un joven pastor de Éfeso, pasó a la historia por un hecho notorio y lamentable; ya desde niño, tenía la ciega obsesión de que había sido elegido por los dioses para hacer algo que le iba a dar fama. Fue hasta el templo de Artemisa, una de las 7 maravillas del mundo y, tras besar la estatua de la diosa, prendió fuego a toda la construcción. Declaró después su propósito: pasar a la historia como el hombre que había quemado el bellísimo templo. Desde el ámbito de la psicología, se escogió a esta figura para dar nombre al complejo de Eróstrato, y definir así a aquellas personas capaces de hacer casi cualquier cosa por sobresalir, por adquirir fama y renombre.

Estas personas tienen una vida cargada de idealismos; presentan un deseo exacerbado por descollar, por adquirir un puesto en la historia. En muchos casos, al desear de manera tan desesperada ser el centro de atención, terminan por acumular una gran hostilidad, altamente peligrosa.

Toda apariencia forzada es reflejo de serias carencias. Posiblemente, personalidades frustradas que rechazan lo que son y buscan aferrarse a una imagen inventada, la cual cuesta mucho reafirmar ante una audiencia. En vista de que no siempre logran esa meta, pueden recurrir a actos más extremos, como hundir profesionalmente a otros, expandir falsas noticias y sortear sin escrúpulo alguno, esa divisoria entre lo que es ético y lo que no lo es.

Algunos sacrifican sus verdaderos rostros en el altar de la apariencia para conseguir la admiración, valoración y respeto de su entorno. Apuestan por el culto a la imagen como camino hacia el éxito y la felicidad. De ahí que necesiten alardear de sus cualidades y presumir de sus triunfos. Adictos a la mentira y manipuladores por naturaleza, la vanidad y la apariencia los aísla de la realidad. Se condenan a vivir una vida falsa, coreografiada; son personajes que tienden a vivir pendientes de lo accesorio y olvidan lo esencial. Decía Alan Moore: "Vigila la máscara que te pones, porque con el tiempo puedes terminar por olvidarte de quién eres realmente".

La vida, en realidad, es un largo camino en el cual vamos dejando artificios para quedarnos con lo que de verdad importa, con lo que es «auténtico". Y pilares tan básicos como el amor propio, la integridad y el respeto son cualidades que deberían definirnos a todos.La persona auténtica ha recorrido un largo camino de desprendimiento de muchas cosas que erosionan la felicidad: el miedo a la soledad, la inseguridad, los prejuicios, la necesidad de agradar a todos. Busca la esencia del día a día siendo fiel a sí misma y a su vez, construyendo su destino; son seres libres que han roto las cadenas de todo aquello que era falso o negativo.

Las personas auténticas buscan la esencia de las cosas; responden sólo a expectativas internas. Nunca buscarán la aprobación de los demás para hacer algo y jamás dejarán que su felicidad, esté "custodiada en el bolsillo de otras personas". Entienden -aunque cueste- el valor del esfuerzo, la integridad y la superación personal. Bertrand Rusell nos decía que "el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas".

"Se cuenta que, en un lugar, un grupo de gente se divertía con el tonto del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía de pequeñas limosnas. Diariamente llamaban al idiota al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre un billete de 20 euros y una moneda de dos. El siempre escogía la moneda, menos valiosa pero más bonita y brillante, lo que era motivo de risas para todos. Cierto día, alguien lo llamó y le preguntó si todavía no se había dado cuenta de que la moneda valía menos, bastante menos, que el billete de papel. -Lo sé, respondió, no soy tan bobo. La moneda vale bastante menos, pero, el día que escoja el billete, el jueguito termina y ya no voy a ganar más mi moneda. El mayor placer de una persona inteligente es aparentar ser idiota, delante de un idiota que aparenta ser inteligente".

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