Son tiempos de urgencia. No parecen tiempos propicios para hablar de alegría. Muchos viven en un estado de apatía triste y sin amor. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es terminar en una tristeza individualista que brota de un corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de una conciencia aislada.

Tiempos inestables y veloces en los que el estrés activa aquellos sentimientos ligados a la supervivencia como el miedo o la ira. La única de las emociones básicas relacionada con el bienestar o la felicidad tiende a eclipsarse y a buscar sucedáneos en el placer o la diversión.

Hoy parecería que conservar la alegría y el amor propio es verdaderamente revolucionario. Es la mejor forma de no perder el ritmo que nos marcan las sonrisas y los abrazos. Es terrible dejar convencernos de que no somos lo suficiente buenos y que el peaje a pagar por ello es sentirnos eternamente en deuda y amargados. "Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia", decía Anatole France.

Tu felicidad vendrá como una recompensa al esfuerzo por salir del sufrimiento. De la capacidad de proporcionar unas amables palabras y una sonrisa cómplice a quien esté pasando por un mal momento. La alegría y la positividad son contagiosas. Es la revolución de dejar el odio a un lado y demostrar que, pese a todo lo malo vivido, nos empeñamos en mejorar.

La alegría surge de adentro, desde lo más profundo de nuestro corazón; rara vez la causan los demás. Está plenamente relacionada con nuestros pensamientos y emociones internas. Nos aporta tranquilidad, bienestar y amor. La falsa alegría, que muchas veces utilizamos en forma de maquillaje, nos empuja hacia el malestar y la contención emocional excesiva, además de bloquear la verdadera felicidad. La alegría es una emoción básica y, al igual que el resto de emociones, posee una función adaptativa. Es una experiencia subjetiva intransferible; es movimiento, es impulso. Ella viene cuando quiere y sin aviso.

El bienestar psicológico está relacionado con emociones de alegría y sentimientos de felicidad. No es una sensación forzada ni planificada, sino que surge de manera natural y no controlada. Es un nexo entre las personas; ayuda a crear nuevas relaciones y fomenta la unión social. Aumenta la autoestima y la autoconfianza, construyendo sentimientos y pensamientos positivos. Es una energía permanente.

La felicidad, más que una circunstancia, es una actitud. Depende de cosas sencillas y de lo que somos. Pequeños trocitos de alegría adquieren una nueva dimensión en la construcción de una existencia plena. Tratar de priorizar las alegrías en nuestro trajín cotidiano es una visión un poco más constructiva, que nos puede ayudar más. La alegría como estado de ánimo o disposición afectiva elige a aquellos que tienen tendencia a ver el vaso medio lleno. Y nosotros elegimos mirar la vida con fortaleza y optimismo sin focalizar nuestro presente en la negatividad. La felicidad está en el disfrute del camino y no en la meta.

La alegría es el primer efecto del amor y, por tanto, de la entrega; donde esté nuestra alegría, allí estará nuestro amor. La alegría nace de la aceptación de ser amado. Tal vez por eso, tiene tanto que ver con la capacidad de servir. Tagore tiene un recordado texto: "Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era la alegría". Las más bellas alegrías son las que no cuestan nada porque están en el interior.

"Estaba Dios creando el universo. Cuando llegó la hora de crear al hombre decidió regalarle una vida de alegría y felicidad. Pero los demonios robaron ese regalo y decidieron jugarle una broma: esconder la felicidad en un lugar al que los seres humanos no pudieran llegar.

-La esconderemos en las profundidades de los océanos- decía uno de ellos. -Ni hablar- advirtió otro. -El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarla sin problema.

-Podríamos esconderla en el más profundo de los volcanes- dijo otro de los presentes. -No- replicó otro. -Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.

-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra?- dijo otro. -De ninguna manera- replicó un compañero. -No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.

-¡Ya lo tengo!- dijo uno que hasta entonces no había dicho nada. Esconderemos la felicidad en las nubes más altas del cielo. -Tonterías- replicó otro de los presentes. -Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar; la encontrarían.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad: -Ya sé; esconderemos la Felicidad en un lugar en el que las personas tendrán miedo de buscar: en el interior de su corazón, allí no la encontrarán."