Uno de los realizadores más exitosos de la primera mitad del siglo XX fue Frank Capra. Es extraño lo que sucede con el paso del tiempo: la biografía del realizador se llama “El nombre por encima del título”, y eso se debe a que se volvió tan conocido por el público especialmente en los años treinta que sus filmes se vendían por “ser de Capra”, algo que solo funcionaba en esos tiempos con el otro gran cineasta independiente y exitoso, Walt Disney. Hoy, sin embargo, pocos conocen la obra de este director que aportó algo importantísimo al cine de Hollywood: el optimismo.

Capra era hijo de inmigrantes y fue pobre. Es, de un modo bastante preciso, un “populista” del cine y su discurso en general incluye la desconfianza absoluta sobre cualquiera que ejerza el poder, sean los millonarios (La herencia del señor Deeds), sean los políticos (Caballero sin espada), sean los periodistas (Juan nadie). Ahora bien, también es necesario aclarar que ese “populismo” (y el término va entre comillas porque lo estamos utilizando de manera anacrónica para describir algo que nadie percibía así en aquellos tiempos) estaba fuertemente ligado a los valores de la utopía americana tal cual los veían, justamente, los imigrantes. Otra extrañeza: Hollywood no era precisamente un enclave “yanqui”, sino el lugar donde los desplazados de la sociedad por no ser WASP (White, Anglo Saxon, Protestant, como suele definirse al estadounidense blanco tradicional) encontraron su propio lugar criticando, muchas veces, a aquel Estado que los cobijaba. Capra era, justamente, parte de esta avanzada, y como todo católico italiano, pensaba en la solidaridad como escape a la opresión.

En general, Capra hizo comedias. En algunas de ellas apeló al fantástico, aunque no era la norma. Se formó en el mudo (tuvo muy buenas colaboraciones con un gran cómico hoy poco recordado, Harry Langdon) y pasó al sonoro con éxito. De hecho, gran parte de lo que el filósofo y crítico americano Stanley Cavell llama “comedias de rematrimonio” (la pareja despareja que se separa y reune) proviene de la obra de Capra -aún cuando hay grandes ejemplos por parte de Howard Hawks y Leo McCarey, por ejemplo-. En plena Depresión, esas comedias y esa mirada optimista del mundo resultaron un solaz para las masas desencantadas, lo que cimentó su fama.

Fue también uno de los realizadores que organizó la acción de Hollywood en favor de las fuerzas armadas cuando la Segunda Guerra Mundial, y creó la serie ¿Por qué peleamos?, con grandes momentos, que explicaba a los americanos qué significaba la contienda. También fue pionero en el uso del dibujo animado para hacer documentales educativos en la televisión desde fines de los cuarenta, cuando poco a poco se fue retirando del cine.

Filmaba en general en plano americano, pero solía utilizar imágenes que, en momentos clave de sus películas, resaltaban la soledad del héroe individual que representaba los mejores valores de América. Ese contraste le permitía ser a la vez cómiico y trágico, siempre en busca de la emoción pura del espectador.

Su carrera es grande, aunque elegir cinco películas para conocerlo no es tan difícil. No porque el resto sean malas, sino porque alcanzan para dar una idea de su estilo y luego seguir buscando. Casi todo es de fácil acceso, libre de derechos, en Internet.

1) Sucedió una noche. La primera película en ganar los cinco Oscar principales (actor, actriz, director, guión y película), narra la huida de una joven heredera de millones que no se quiere casar (Claudette Colbert) y un periodista con pocos escrúpulos que se enamora de ella (Clark Gable en uno de sus mejores roles). Es una comedia vibrante y rápida, con un toque de picaresca que no solía ser la norma en Hollywood.

2) Horizontes perdidos. Este filme es un poco extraño, aunque se basaba en un libro exitoso. Es la historia de un grupo de personajes que, tras un accidente en los Himalayas, llegan a una tierra paradisíaca, ShangriLa, donde se podía vivir ilimitadamente sin preocupaciones. Pero el mundo está al borde de la guerra y la pregunta es si vale recluirse cuando todo se viene abajo. La respuesta es típicamente americana.

3) Caballero sin espada. James Stewart personifica al señor Smith, un líder de boy scouts que va, ingenuamente, a ocupar un lugar como senador en Washington. Allí descubre no solo la corrupción del sistema político, sino también los intentos de corromperlo y de destruirlo escándalo mediante. El triunfo de Smith es bastante extraño, algo así como un deseo de Capra respecto de la realidad.

4) Juan Nadie. Una periodista (la gran Barbra Stanwyck), desesperada, inventa la falsa noticia de un señor que amenaza suicidarse a modo de protesta social. Logra su cometido pero tiene que crear a ese “Juan Nadie”, quien termina siendo un tipo sin trabajo, Gary Cooper, que lo hace por unos pesos. Sigue una cadena de acciones que llevan a un movimiento político y a que la verdad salga a la luz. Una comedia social, para quienes no lo esperan nunca de Hollywood.

5) ¡Qué bello es vivir! Quizás su película más conocida, fue un fracaso absoluto cuando su estreno. George Bailey (James Stewart) siempre quiso viajar a Europa, pero algo se lo impide: trabajo, novia, matrimonio, hijos, deudas. Un día, desesperado por una situación angustiosa, desea suicidarse, y un ángel que debe ganar sus alas le hace ver el mundo si él no existiera. El final hace llorar a todo el Universo conocido y es feliz, aunque usted no lo crea.