Todos los niños sufren pataletas. Lo hacen para mostrar su frustración, cuando no reciben lo que quieren o para obtenerlo. Esto, tan común, es la evidencia de que no saben gestionar sus emociones. Sin embargo, los adultos también tienen rabietas. A veces, los «pierden" las emociones, siendo incapaces de traducir en palabras esa frustración, envidia, decepción. Y aunque se hayan banalizado en nuestra sociedad, las rabietas son conductas claramente desadaptativas.

Los berrinches emocionales constituyen una reacción sobredimensionada ante una situación frustrante. En los adultos no siempre derivan en agresiones físicas; no hay patadas, golpes o mordiscos. Pueden incluso pasar desapercibidas en su entorno más próximo. En gran parte de los casos es la demostración de una clara inmadurez emocional, una falta del sentido del yo que permita gestionar mejor las frustraciones y las decepciones. Ocasionalmente atesoran una visión poco realista de determinadas situaciones, en las que se esperan reconocimientos, beneficios o logros que no son razonables.

Los impulsos, en nuestra vida, son normales. Nacen de esa parte irracional y primitiva que todos, como seres humanos, tenemos. El problema está cuando el impulso toma el control, nos ciega y nos obliga a actuar de una forma que no concuerda con nuestros valores, metas o creencias. Se manifiesta como una tensión difícil de aplacar. A lo sumo, el alivio es efímero, se evapora rápidamente y nos lleva, de forma casi inevitable, a otro sentimiento mucho más profundo y desesperanzador: la culpa y el arrepentimiento.

Aprender a manejar el impulso no es una tarea sencilla. Requiere paciencia y voluntad. Pasos que damos sin ver, palabras que decimos sin medir lo que causarán en el otro; pueden ser graves las consecuencias de hacer algo sin pensarlo. Hará falta el autocontrol, esa habilidad de asir equilibradamente las riendas de nuestras emociones.

Las personas impulsivas suelen ser propensas a la agresividad y tienen inconvenientes para adaptarse a diferentes situaciones. Pueden llegar a la desesperación, a la imprudencia, a la cólera, a la frustración, a sentirse atacados por los demás, a la indignación. Quienes son impulsivos suelen carecer de un auto-control emocional adecuado; generalmente actúan primero y después piensan.

Una persona que no se controla a sí misma es más vulnerable. En determinadas circunstancias, se le puede manipular para lograr que actúe torpemente. Pasa mucho en los terrenos del poder. Quien pierde el autocontrol, lo pierde todo. Cuando uno es dueño de sus sentimientos y emociones, también es más fuerte. No es fácil que otros lo condicionen o lo lleven a hacer tonterías. Las situaciones no se escapan de las manos, ni toman rumbos indeseados.

Las personas impulsivas suelen ser propensas a la agresividad

El autocontrol se define como la capacidad para articular las emociones y mantenernos en calma frente a situaciones estresantes, hostiles o que provocan fuertes impactos. Algunos lo llaman "cabeza fría", pero se trata más bien de "corazón sereno". El paso de la impulsividad a la reflexividad no se da de la noche a la mañana. Se trata de un proceso autoeducativo que avanza gradual y paulatinamente. Se trata simplemente de aplicar el sentido común, para llevar una vida en la que la mente y el corazón no estén constantemente estimulados y exaltados. Decía Daniel Goleman: "No olvides que la habilidad de hacer una pausa y no actuar por el primer impulso es un aprendizaje crucial en la vida diaria."

No se puede vivir de una forma azarosa y esperar que ese estilo de vida nos conduzca a la templanza. Es necesario poner manos a la obra e ir moldeando la mente para que sea más resistente y eficaz ante los embates de las tormentas emocionales. Incrementar el autocontrol va desde el logro de no reaccionar impulsivamente hasta la capacidad de anticipar situaciones negativas. Recordemos que lo que se cuida, prospera y da sus frutos. Detrás de cada persona que sonríe a su presente, hay una batalla contra viento y marea para vencer las dificultades, los retos y los miedos. Esto es construir, en equilibrio y responsablemente, el proyecto de la vida misma.

"Anoche tuve un sueño raro. En la plaza mayor de la ciudad habían abierto una tienda nueva. El cartel decía: "Regalos de Dios". Entré: un ángel atendía a los clientes. Asombrado, le pregunté: -¿Qué vendes? -Vendo cualquier don de Dios. -¿Cobras muy caro? -No, los dones de Dios son gratis. Miré los grandes estantes; estaban llenos de cajas de amor, frascos de fe, bultos de paciencia, envases de equilibrio, autoestima, tolerancia, fortaleza y muchas cosas más. Yo tenía gran necesidad de todas aquellas cosas. Cobré valor y le dije al ángel: -Dame, por favor, un poco de cada cosa; todo lo necesito para poder ser señor de mi propia vida. Mucho me sorprendí cuando vi que el ángel, de todo lo que yo le había pedido, me había hecho un solo paquete, tan pequeño como el tamaño de mi corazón. -¿Será posible? -pregunté -¿Esto es todo? El ángel me explicó: -Es todo, Dios nunca da frutos maduros; El sólo da pequeñas semillas, que cada uno debe sembrar y hacer crecer. Ahora es tu tiempo y tu tarea".

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