"Si quieres paz, preocúpate por la Justicia." La frase que inaugura el primer capítulo de Tiempos líquidos, de Zygmunt Bauman, parece ser la imagen invertida en la que se mira el Gobierno por estos días, sacudido por las denuncias de una de las líderes fundantes de la coalición Cambiemos, Elisa Carrió.

El nuevo objeto de ira de Carrió, el ministro de Justicia, Germán Garavano, no es ni un recién llegado ni un obsecuente del macrismo. Fue procurador de la Ciudad de Buenos Aires cuando el ahora presidente era jefe de Gobierno porteño y tiene una relación abierta. El viernes esparcía su molestia por haber sido puesto en el centro de las discusiones y comentaba las particularidades de las 34 páginas del pedido de juicio político en su contra. "En el inicio del proyecto dice que el juicio político no es por dichos sino por hechos, pero está plagado de copypaste de noticias publicadas. Un googleo al que ni siquiera le actualizó la fecha de referencia", deslizó molesto pero con el alivio de la confirmación que obtuvo luego de una conversación con Macri. Con Carrió, ni llamadas perdidas.

El proyecto de pedido de juicio político a Garavano dedica un tercio de sus páginas a las citas de periódicos y sitios webs variopintos, otro tercio a su siempre vigente adversario, el influyente Daniel Angelici, y el resto a los nombramientos de Carlos Mahiques como camarista y de María del Carmen Falbo en el ministerio. Los dos provienen de la Justicia bonaerense.

En el Gobierno también atribuyen la molestia de Carrió con Garavano a la fallida presidencia de la comisión Bicameral Permanente de Seguimiento y Control del Ministerio Público Fiscal y de no haber actuado para sostenerla en ese lugar. "El mensaje de Carrió es que si no actuás como ella quiere, te detona", concluyen.

Carrió no fue el único frente que tuvo que atender la Casa Rosada. El plan de compensación a las gasíferas fue la peor muestra del límite que le coloca la política y el sentido común al Excel. El secretario de Energía tuvo que guardar todos los argumentos que esgrimió en conferencia de prensa cuando el ala política del oficialismo le advirtió que era impasable: ya se habían rebelado los referentes del radicalismo y varios dirigentes propios del Pro.

En la UCR, especialmente, lo tomaron como un síntoma de que deben ser consultados ante las medidas sensibles, cuando se está discutiendo cómo se organiza la elección presidencial, pero en la que también se renuevan gobernaciones, intendencias y la mitad de todas las Legislaturas.

"El Gobierno tenía la urgencia por resolver la estabilización del dólar. Si eso sigue bien, se va a plantear la necesidad de armar una mesa política de la coalición Cambiemos, pero en serio, no la foto que sacaron la otra vez y que nunca se tradujo en espacios de discusión y decisión".

Para que se cumpla el reclamo de la UCR deben pasar aún muchas cosas: primero, definir en qué corralito se moverá la irascibilidad de Carrió con los referentes del macrismo, pero también respecto de la UCR, partido con el que tiene una larga relación de tensión desde que abandonó esa fuerza hace casi 20 años, pero a la que gusta descansar. "El radicalismo aporta menos que las propinas que yo dejo", se burló hace poco. No es un recomienzo auspicioso.

La UCR tolerará los desplantes de Carrió mientras se asegure lugares competitivos en las elecciones provinciales, porque la táctica es volver a reunir músculo institucional antes de pensar en un candidato propio. Hoy, la suerte electoral de la UCR a nivel nacional está atada a lo que pueda sumar como aliada del Pro. Pero si Cambiemos continúa en la gestión nacional, nada indica que no quiera pegar el salto y ahí sí pulsear por lugares reales de poder en el Gabinete nacional. Por ahora, esa necesidad queda relegada por la urgencia de que las "tormentas" no le impidan continuar en el mismo barco.

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