"La novela surgió en el marco de un ejercicio de un taller de escritura, hace ya tiempo atrás. Habíamos armado una serie de listas, lugares, personajes, conflictos, objetos, que se cruzaban aleatoriamente para proponer un relato con eso. Es recurrente esta cuestión más lúdica que aparece en las consignas. Lo impresionante es ver después cómo va tomando forma y se convierte en una historia", dice la escritora Luciana Sousa a BAE Negocios sobre su obra Luro.

—¿Tu interés en un pueblo como Luro de dónde viene?
—De chica acompañaba a mi viejo a pescar a un pueblo que se llama San Blas, y que está al sur de la provincia de Buenos Aires. Tomábamos la ruta 3, que es una ruta muy cargada de camiones porque conecta el puerto de Bahía Blanca con Buenos Aires. Parábamos en estaciones de servicio y pueblos muy pequeños a cargar nafta y comer. Y recuerdo que siempre me impresionó el ritmo de vida de estos pueblos y este lugar de paso, la estación de servicio sobre la ruta, a la que siempre vi como una especie de limbo, porque por lo general están además fuera de los pueblos.

—¿Elegiste una protagonista embarazada por algo en especial?
—Era parte del desafío del ejercicio; yo, que nunca estuve embarazada, tenía que trabajar con procesos corporales que nunca había sentido, y ponerlos en las palabras de mi personaje, que es una chica muy sencilla y muy perceptiva.

—Hay una idea de escapar, que es algo que nos puede identificar a todos...
—Creo que lo que nos identifica no es tanto escapar sino que es esa impresión latente de que hay algo sustancialmente mejor: que hay un laburo mejor que el que hago, una casa mejor que la que vivo, libros que me gustan más que el mío y así. En Luro se puede pensar que ella, previo a la aparición de este personaje extraño como es el Negro, no deseaba irse. Que hay una suerte de efecto contagio, que la lleva a preguntarse, a construir su propio deseo, o como lo veo yo, una necesidad que no tenía.

—¿Es posible dejar todo atrás y empezar de nuevo?
—Seguro, y convivimos con ello a diario. El caso más evidente es el de los inmigrantes. Entiendo que no siempre sucede por deseo, pero en el marco de una determinada situación, toman una decisión que implica dejar cosas atrás. Hay muchísimo desamparo, mucha tristeza y considero que en general se los maltrata, como sucede con la comunidad senegalesa, por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires. En el caso de Luro, y sin contar demasiado, hay una suerte de improvisación en ese dejar todo atrás. No hay una planificación. Tampoco hay demasiada racionalidad. Es uno más de los impulsos de estos personajes que no tienen un plan trazado. Eso también me interesó: no se plantean un "proyecto de vida", o al menos no se lo toman demasiado en serio.

—¿Cuándo te diste cuenta que querías ser escritora?
—A los 7 años escribí mi primer cuento. Fui a talleres, estudié Letras. Lo que realmente sí fue una bisagra en ese sentido, fue publicar. Ahí hay algo de salir de lo privado que constituye otra etapa del proceso de escritura, y que son ni más ni menos que los lectores.

—¿Tenés una rutina para escribir?
—Trato de sostener un tiempo personal. Para mí es muy difícil, porque trabajo en una oficina, nueve horas al día, pero hay algo muy natural y muy necesario en ese espacio que hace que, aún muy cansada, lo respete. Después, además, tengo estrategias. Me funciona bien estar muy conectada con lo que escribo; entonces aunque no esté en la computadora en mi casa, hago anotaciones en una libreta o grabo notas de voz en el subte. Escribir es convivir en cierta forma con esa historia, con los personajes. Ir encontrando rasgos, el tono. Ir descubriéndolos. Y eso lleva un tiempo de emparentarse que no se detiene cuando uno apaga la computadora. En todo caso, cuando dedico tiempo a escribir, vuelco todo eso que vine trabajando durante el día.

—¿Cómo seleccionas los temas?
—No sé si los elijo. Hay situaciones que a veces me impresionan de tal modo que las uso por la fuerza que tienen. Hay palabras que anoto, que sencillamente me gustan. También hay espacios que me llaman mucho la atención. Y después hay cualquier cantidad de cosas dando vueltas en mi cabeza, que después representan la mayor parte de lo que escribo.

—¿Qué te gustaría que el lector sienta o encuentre al terminar de leer Luro?
—No lo tengo muy claro, no suelo pensar en esos términos. Espero sencillamente que le guste, que lo conmueva, que sienta empatía por mis personajes, como me pasó a mí. Pero supongo que si no ocurre nada de ello, o pasa otra cosa, está bien también. Lo importante, en todo caso, es que se lea, que tenga su oportunidad.

—¿Cuál es para vos el rol de la literatura?
—Hay un vínculo muy personal de la literatura, que creo que tiene todo escritor, de mucho amor y también de sufrimiento con el hecho de escribir. Y claro, de leer. En términos personales, mientras escribo nunca pienso en el rol de la literatura; si no, dejaría inmediatamente de escribir. Es una toma de conciencia demasiado exigente para ese momento que debería ser, al menos inicialmente, lúdico, catártico o cualquier otra cosa menos eso. Quizás hay más conciencia a la hora de decidir publicar o no algo. Creo que la expresión artística no tiene un fin en sí mismo, y eso le da muchísima libertad. Pero sí estoy convencida de que todo texto es político, y que cualquier publicación interviene en el discurso artístico y social de su época, con o sin la voluntad del autor.

—¿Ya estás con otro proyecto?
—Siempre estoy escribiendo. Ahora estoy con algunos cuentos que venía trabajando previos a la publicación de Luro. Pero me cuesta mucho ser organizada o pensar en términos de proyecto en esta etapa.

—¿Cuesta dejar a los personajes?
—Sí, cuesta un poco porque como te mencioné antes me emparento mucho con ellos. Pero hay una satisfacción enorme, en algún punto del proceso de escritura, que hace que todo lo demás valga la pena, que es ese momento cuando uno se da cuenta que el texto funciona, que va. Es un momento luminoso.

Título: Luro
Autora: Luciana Sousa
Precio: $350
Editorial: Tusquets
Páginas: 120