El ámbito psicosocial se edifica a partir de los vínculos que establecemos con los demás. Allí podemos disfrutar de seguridad, sentirnos protegidos, desarrollar empatía, expresar lo que sentimos. El grado de satisfacción en este nivel repercute integralmente en los otros aspectos de nuestro desarrollo: físico, intelectual, emocional y espiritual. Todo colabora para mejorar nuestra calidad de vida.

Es importante, para nuestro mundo relacional, contar con quienes construyen sanamente. Nos ayudan a crecer desde el amor, el respeto y la confianza. Estos amigos son artesanos de los buenos momentos, acompañantes en los días malos e inspiradores de sonrisas. El refrán popular asegura que "cuando estés en la cima, tus amigos sabrán quién eres. Cuando estés abajo, tú sabrás quienes son tus amigos". Son personas que, motivándonos, nos impulsan a salir de la mediocridad. Son honestas, sinceras, respetuosas y justas. No tienen dobles intenciones, interactúan a favor del bienestar de todos. Creer en el otro es clave en este tipo de vínculos.

Son hombres y mujeres que nos permiten mostrarnos tal y como somos, sintiéndonos libres. Es fundamental en las amistades nutritivas una mirada positiva y respetuosa. La creación de vínculos sanos fomenta la felicidad, aumenta el sentido de pertenencia, disminuye el estrés.

Hay personas que nos contagian de sus actitudes y consiguen que estar a su lado nos haga sentir bien; su compañía es un regalo. Transmiten energía y nos ayudan a recorrer nuestro camino de manera más proactiva. Contagian emociones saludables, respetan nuestros espacios y nuestros momentos. Son extremadamente prudentes, atentas y amables.

Algunos las han llamado "personas mágicas" porque nos ayudan a volar, a brillar y a cargar mejor nuestra mochila. Es un vínculo sano, claro en contenidos, abierto a experiencias. Nos enganchan a la vida, nos animan a crecer y a destapar las zonas oscuras que ensombrecen nuestra alma. Son un soplo de aire fresco que reconforta y que se instala en nuestro corazón casi sin permiso.

Toda conexión significativa y enriquecedora está sustentada por el compromiso y la confianza, dos raíces que nunca deberían quebrarse. Estas relaciones se miden por la calidad y la complicidad de los instantes vividos. Las personas que tocan nuestra vida dejan, en ella, una huella dorada de ternura que nos orienta y encamina. Vivir es dejarse sorprender y permitir la entrada a estas relaciones positivas que nos traen vientos nuevos.

Hay personas que se encargan de complicarnos menos la vida y enriquecen nuestro caminar. Son seres que tejen armonía por donde van, brindado lo mejor de sí mismos; ponen corazón en todo lo que hacen; nos proponen un trueque de risas por tristezas y siempre están dispuestas a ayudarnos para cambiar los días nublados en amaneceres coloridos.

Nos abrazan para recordarnos que están ahí y que se alegran de todo lo bonito que nos pase en el camino de la vida. Expertas en acariciar el alma sin tocarla. Las delata la bondad como signo de superioridad y la paciencia como estrategia para comprender a los demás. Desprenden calma y una sensación de bienestar tan solo con su presencia. Charles Darwin consideraba a la bondad como nuestro instinto más fuerte y valioso, que posibilita la supervivencia.

Es fundamental en las amistades nutritivas una mirada positiva y respetuosa

La compasión es otro signo delator de las personas de gran corazón. Ser capaces de ponerse en el lugar de los demás, desear que estén libres de sufrimiento y sentir la responsabilidad de hacer algo por ellos. Combinan a la perfección la empatía con el arte de comprender el dolor, descifrando cada una de nuestras roturas y heridas. Porque son artesanas de armonía y felicidad, capaces de volcar todos sus sentimientos hacia los demás para transformar un día común en algo extraordinario. Por eso Maya Angelou decía: "He aprendido que la gente olvidará lo que dijiste, también olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir".

"Allí estaba, sentado en una banqueta, con los pies descalzos, una camisa blanca y un chaleco de lana. El anciano miraba a la nada. Y lloró. Y en su única lágrima expresó tanto, que me fue muy difícil acercarme a preguntarle, o siquiera consolarlo. Pasé mirándolo, le sonreí, lo saludé con un gesto, aunque no crucé la calle. No me animé, no lo conocía; seguí mi camino. Guardé la imagen de su mirada. Traté de olvidarme pero esa lágrima no se borraba. Los viejos no lloran así por nada. Esa noche me costó dormir y decidí que a la mañana volvería a su casa y conversaría con él.

Fui a su casa convencido de tener mucho por conversar. Llamé a la puerta y salió otro hombre.

"¿Qué desea?", preguntó, mirándome con un gesto adusto.

"Busco al anciano que vive en esta casa."

"Mi padre murió ayer por la tarde", dijo entre lágrimas.

"¿Murió?"

"Si. ¿Y usted quien es?", volvió a preguntar.

"En realidad, nadie". "Ayer pasé por la puerta de su casa, vi que su padre lloraba y, a pesar de que lo saludé, no me detuve a preguntarle qué le sucedía; hoy volví para hablar con él, pero veo que es tarde".

"No me lo va a creer pero usted es la persona de quien hablaba en su diario."

Lo abrió. En la última hoja decía: "Hoy me regalaron una sonrisa plena y un saludo amable...hoy es un día bello".

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