Normalmente la persona que se queja por todo no es consciente de ello. No estamos hablando de una queja aislada, en un momento determinado, sino de la que se ha convertido en hábito, en forma de vida. Porque la queja sirve básicamente para exteriorizar las emociones y pensamientos negativos mientras moviliza al sujeto para la acción. Ésta es la queja útil. Si solo se instrumenta para el desahogo y para cruzarse de brazos no tiene sentido. Y lo cierto es que muchas personas actúan así.

Es probable que conozcamos a alguien que siempre se está quejando; se queja cuando llueve y cuando sale el sol, cuando hace frío y también cuando hace calor, cuando está solo y cuando está acompañado. Nada los contenta y encuentran siempre motivos por los cuales quejarse. Todo surge a raíz de una frustración, malestar o daño percibido; centran su atención en lo negativo y buscan, casi como un método, una forma de amortiguar el malestar. Es muy claro: una persona que se queja es una persona que está sufriendo.

Que alguien pase por una experiencia traumática concreta y se queje de ello es completamente normal y, además, saludable. Pero hay personas que hacen de la queja su estilo de vida, una forma permanente de enfrentar las más diversas situaciones. Cuando la queja se instaura en la cotidianidad, esas personas dejan de apreciar los aspectos más bellos de la vida, dejan de sentir gratitud y se encierran en un círculo de negativismo del cual es particularmente difícil salir. Se refuerzan los circuitos cerebrales del pesimismo.

Hay algún tipo de queja que no corresponde a estados excepcionales de dolor. De hecho, quejarse se convierte para algunas personas en un verdadero deporte. Mental y emocionalmente se auto condicionan para estar atentos a todo lo malo que puedan encontrar en el camino. Son personas profundamente insatisfechas; se están quejando de su vida, del gran vacío que sienten y de la falta de sentido en las que están sumidas. Hay un profundo egocentrismo y una gran falta de empatía. Estas personas dan por descontado que merecen más que las otras y, cuando no lo obtienen, se quejan. Para ellos, llueve porque el universo está en su contra y la crisis económica existe sólo para contrariar sus planes.

Existen quejas crónicas, utilizadas por algunos que cuando "reflexionan" sobre sus problemas, solo se detienen en los aspectos negativos, obviando por completo el progreso. Encontramos quejas emocionales; estrategias de personas que desean ventilar su profunda insatisfacción afectiva, centrándose en sus propias vivencias, preferentemente en aquellas negativas, para captar la atención de su interlocutor. Y hay también quejas instrumentales. Se recurre a ellas a fin de hacer notar el propio malestar, utilizando el lamento para llamar la atención sobre un problema que desean resolver, pero no de una manera asertiva sino como un reproche.

Lamentablemente quejarse no es solución para nada. Conduce al inmovilismo; implica, generalmente, quedarse quieto al borde del camino. Es estancarse ante lo ocurrido mientras las personas del entorno, que quizás han vivido la misma situación, se recomponen y continúan adelante. Lamentarse por los errores del pasado, por las oportunidades que no se aprovecharon o por los problemas del presente solo consume energías inútilmente. Genera un estado de ánimo muy negativo. De hecho, las personas que se quejan por todo casi siempre están enfadadas y sienten una profunda inquietud porque están a la espera permanente de que el mundo las sorprenda con otra "desgracia". Impide buscar soluciones desde una profunda incapacidad de sacarle provecho a las situaciones.

El universo es imprevisible; a veces pasan cosas malas sobre las que no tenemos ningún control. Podemos sentarnos a elevar nuestro lamento o, al contrario, podemos asumir una actitud proactiva y preguntarnos qué podemos hacer para lidiar de la mejor manera posible con los problemas y aprender de ellos. La decisión está en nuestras manos. Thomas Carlyle afirma: "Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos."

"En lo alto de una pequeña montaña vivía un anciano, sabio y solitario, que tenía por toda compañía a un perro. Aquel anciano bajaba de la montaña una vez cada tanto y se instalaba a las orillas de un lago, en un pequeño escenario que había sido construido para él. Las personas del pueblo, se juntaban al pie de aquel lugar y, cuando el anciano llegaba, le planteaban sus dudas, sus temores, sus conflictos; el anciano siempre tenía una respuesta que los abarcaba. Algunos trataban de acercarse a él, y cuando lo hacían, el perro que estaba tirado a sus pies, siempre gruñía fuertemente. Cierta vez, uno le preguntó: - ¿Por qué cada vez que nos acercamos a ti, tu perro gruñe? ¿Es que no puedes aceptar que nosotros estemos junto a ti? ¿Es que este perro está entrenado para ahuyentar a los que queremos tenerte más cerca?

- No, dijo el anciano, ustedes han construido esta tarima, y en ese primer escalón mi perro se echa. Cada vez que alguien pisa ese escalón, un pequeño clavo mal puesto sobresale un poco más, toca su pata, y el perro gruñe; ¡le duele pobre!

- Pero entonces, si le duele, ¿Por qué no se corre, por qué no cambia de lugar?

- No, no es así. Es que le duele como para quejarse pero no lo suficiente como para salir de ahí."