Quizás recuerden que, hace algunos años, se pedía en los festivales de cine “¡Liberen a Panahi!”. En Irán, el gobierno de ese país tiene una condena sobre el realizador, a quien se sentenció a prisión domiciliaria (después de un intempestivo encarcelamiento sin causa) y se le prohíbe filmar, aunque de todos modos lo hace desafiando las restricciones impuestas por el régimen de la Revolución Islámica. Panahi podría ser noticia sólo por eso y dejaríamos de hablar de cine. También podemos decir que era uno de los mejores amigos y discípulos de Abbas Kiarostami (es un poco más joven). Pero resulta que, detrás de estos datos periodísticos, hay un gigantesco cineasta. Más “imperfecto” (ya veremos) que su mentor don Abbas, pero igualmente un artista capaz de riquezas y sutilezas que gran parte del cine “occidental” ya no tiene.

Panahi toca en general temas políticos, y muchas de sus pelí- culas giran alrededor de la condición de la mujer en Irán, que ha retrocedido desde que se impuso un régimen teocrático. No implica esto que el director no respete tradiciones, sino que se coloca en el lugar de cuestionar costumbres. Lo más interesante es que el cine ocupa un lugar central no sólo como su herramienta sino declaradamente como el único puente para explicar, sin palabras, lo que sucede en su país. En gran medida, y a pesar de los rigores y los maltratos a los que se vio sometido en la última década, Panahi es un auténtico optimista. En eso también se diferencia de Kiarostami (si vemos las últimas películas de Mr. K,, especialmente las que realizó fuera de Irán).

Es decir, el cine es un tema. Pero hay más: como en toda la tradición de la “nueva ola” iraní de la que también es parte Mohsen Makhmalbaf, hay en el cine de Jafar Panahi una tensión constante en la cuerda que separa la realidad de la ficción. Algunas de sus películas tienen toda la potencia del documental e incluso apelan a sus herramientas para revelarse luego artificios. Y a veces, más tarde aún, para volver a ser documentos de algo que trasciende, también, lo cotidiano. Lo que es casi paradójico, porque el cine de Panahi se hace con lo que hay a mano: las calles, los lugares reales, la propia casa, las propias restricciones, y todo aparece en la escena para crear otro mundo, una versión irónica de aquel en el que vivimos. Por eso, aunque Irán es el lugar registrado, sus películas son absolutamente universales.

Con un poco de paciencia, sus películas son las menos dificultosas de conseguir en el universo digital. Su obra no es demasiado extensa, y aquí van las que resultan esenciales para comprender su estilo y sus temas.

1) El espejo. Una nenita sale del colegio. Tiene una mano enyesada y su mamá no la ha venido a buscar. Quiere volver a casa. Sola, se sube a un colectivo. Y en un momento dice que se cansó, se baja del vehículo y empieza a caminar. Y descubrimos que es la protagonista de una película sobre una nenita a la que su mamá no fue a buscar al colegio, y asistimos a la desesperación de los cineastas buscándola mientras ella sigue con el micrófono puesto. Una genialidad de humor irónico y una película sobre la bondad en el mundo (el héroe, créase o no, es el John Wayne de Irán). Además, una reflexión sobre cómo hacer cine.

2) El círculo. Son varias historias de mujeres que deben enfrentar la represión a la que las somete una sociedad comandada por los hombres. Estas historias se concatenan y responden unas a otras en diferentes tonos, aunque en general resultan dramáticas. El final es desolador y traza “el círculo” (el filme tiene justamente una estructura circular) del que habla el título. Es notable no sólo la dirección de actores sino cómo Panahi trata con pudor documental cada una de las historias.

3) Offside. Otra historia de mujeres. Aquí se trata de un grupo que quiere ver en el estadio de Teherán un partido clave de clasificación al Mundial entre Irán y Bahrein. Pero desde la Revolución, señoras y señoritas tienen prohibido entrar en las canchas, así que se disfrazan de hombre. Pues bien, algo sale mal y finalmente es un hombre, con algo de piedad, quien les permite a las fanáticas saber cómo sale la selección. Otro cuento irónico, al mismo tiempo acusador y solidario.

4) Esto no es una película. Dice “documental”, y fue realizado clandestinamente dentro del hogar de Panahi. Entre otras cosas, vemos cuál iba a ser su próxima película, escuchamos los kafkianos diálogos con su abogado por su juicio y prohibición (que Panahi filma con más humor que desesperación) y vemos cómo el hombre trata de hacer lo suyo a pesar de todo. El final es de una ambigüedad terrible, cuando alguien lo tienta a salir a la calle y podemos ver la mano del Estado opresor, quizás, buscando una excusa para encarcelarlo. Una obra maestra total.

5) Taxi Teherán. Bueno, igual Panahi sale de casa. Hizo un filme en una playa (muy bello, casi surreal, Pardé, que metaforiza el miedo por la persecución en una estructura doble donde el miedo es parte absoluta del asunto) y este Taxi... que es él mismo, disfrazado de taxista, trabajando en Teherán y registrando a sus pasajeros. En un alarde de optimismo y de “hago cine igual, porque yo quiero”, Panahi muestra que las diferencias culturales son superficiales y que, en el fondo, somos todos más o menos iguales. Una belleza casi cómica y un acto de valentía y desafío al poder, que siempre está ahí para estropearlo todo.