Los críticos de cine tenemos un problema cuando decimos que ciertos personajes son grandes actores. En general nos referimos a que son grandes actores de cine, aunque en algunos casos también lo son de teatro o de ese híbrido que es la televisión. Hay multitareas como Al Pacino o Marlon Brando, por ejemplo. Pero si decimos que John Wayne era un gran actor, muchas veces nos saltan a la yugular. Porque Wayne no era un histriónico, no usaba la caracterización, no pasaba noches aprendiendo a caminar como un rengo o se internaba en una comunidad de ciego para interpretar a uno. Marion Morrison, tal su verdadero nombre -no está mal que lo haya cambiado-, era un atleta, un jugador de foot-ball americano, un cuerpo que se movía y un rostro tallado en piedra, con un rango aparentemente limitado de expresiones. Y sin embargo sí, era un gran actor, el cowboy arquetípico.

Los cowobys eran tipos que estaba entre la civilización y la barbarie, fronterizos, y ese es el gran tema de América del norte al sur. Eran curtidos, parte del paisaje y en conflicto con sus propias personalidades y emociones. Algunos eran justicieros y podían volverse parte de la Ley (el sheriff Wyatt Earp), otros eran matones a sueldo o caballeros de fortuna, cuando no se volcaban directamente al bandolerismo. Wayne era especial para esos papeles y la mejor parte de su carrera de más de cien películas son las 19 que rodó en el sonoro con John Ford desde La Diligencia (1939), donde era todos los cowboys en uno, un metro 93 de tamaño que implicaba una estatura heroica. Solo estar allí alcanzaba.

En el sector Ford tiene actuaciones impresionantes. Más corazón que odio, por ejemplo, donde tiene el conflicto de ser un racista que debe comprender que sus sentimientos contra los indios, para rescatar a su sobrina cautiva durante años, tienen que quedar de lado pero que eso implica quedar fuera de la Historia. En El hombre quieto, alejado del Oeste y transportado a una Irlanda idealizada, es comedido, tímido, romántico, capaz de ser otro para conquistar el amor de Maureen O’Hara. Algo similar ocurre en la bella La legión invencible, donde ese coronel a punto de retirarse de un puestito miserable de frontera elige quedarse y perder, en manos de la juventud, una última posibilidad para el amor. De ese conjunto de películas con Ford, la mejor es Un tiro en la noche. Es un pistolero que mantiene la justicia en un pueblo sin ley hasta que la ley llega en la forma de un abogado (James Stewart) que trae la civilización, pero eso implica que Wayne lo pierda todo, incluso la mujer que ama (Vera Miles) y su rol en ese universo. En esa película perfecta hay un momento en el que Wayne, doblado de dolor y en pleno llanto, quema el hogar que ha construido para él y la mujer que eligió (Tarkovsky homenajea ese momento en El Sacrificio, de paso), una respuesta a los que acusan a Wayne de “inexpresivo).

Fue también un cowboy con Howard Hawks en la trilogía de los ríos o El Dorado. Con Hawks era más irónico, mucho menos sentimental que con Ford y más cercano a la comedia. Si con Ford era alguien torturado por un sentimiento que no podía resolver, con Hawks era un puro hombre de acción. Basta verlo en Hatari!, esa joya de la aventura y la comedia romántica con animales salvajes (o en los primeros minutos magistrales de Río Bravo, con Dean Martin).

El estilo de Wayne se veía al caminar. Lo hacía despacio, se movía como una especie de coloso de piedra animado por un hechizo. Ese rostro de poca expresión tenía la ventaja de la máscara: hasta que su personaje no actuaba, lo que podía hacer permanecía en suspenso: alcanza con ver lo que pasa con Monty Clift en Rio Rojo, sin ir más lejos. Era, sobre todo, un hombre de acción, de movimiento. Como el cine mismo.

De lo no canónico, vale la pena ver Los hijos de Kathy Elder, de Henry Hathaway; Jet Pilot, de Joseph Von Sternberg; El bárbaro y la geisha, de John Huston; y su fi lme fi nal, El último pistolero, de Don Siegel, con James Stewart, Laureen Bacall, Richard Boone y un adolescente que sigue a un héroe en sus días fi nales, interpretado por Ron Howard. Después de esto, trate de repetir que Wayne no era un actor. Era puro cine