En el Libro egipcio de Los Muertos -siglo XIII antes de Cristose lee: “Traigo en mi corazón la verdad y la justicia, pues he arrancado de él todo mal. No he hecho sufrir a los hombres. No he cometido crímenes. No he hecho trabajar en mi provecho con abuso. No he maltratado a mis servidores. No he privado al necesitado de lo necesario para su subsistencia. No he hecho llorar. No he matado ni mandado matar. No he tratado de aumentar mis propiedades por medios ilícitos, ni de apropiarme de campos de otro. No he manipulado las pesas de la balanza. No he mentido. No he difamado. No he faltado jamás al respeto debido a los dioses”.

Es sorprendente y asombroso comprobar la lucidez con que se expresa el conocimiento del bien y del mal. Sin referirse a ninguna ley escrita, el corazón de los egipcios sabía claramente que la justicia estaba expresada en las relaciones interpersonales. No era simplemente simpatía; era benevolencia.

Dice Robert Spaemann que la justicia implica “reconocer que todo hombre merece respeto por sí mismo”. Actuar justamente requiere querer lo bueno para el otro. No basta la justicia en el sentido en que normalmente la entendemos, es decir, la que administra un tribunal. Hacer justicia al hombre y a la realidad va más allá de la misma justicia. Se necesitan dos cosas: conocimiento y amor, saber qué es el hombre y qué le hace bien. No basta querer un bien para otro, hay que conocer. Tampoco basta conocer, hay que querer el bien para el otro.

Cuando se dice Justicia decimos mucho más que la idea romana de dar a cada uno lo que le corresponde, mucho más que las acepciones que autoriza el diccionario. Es el reclamo básico de la dignidad humana, el fundamento de toda relación entre personas y el atributo esencial de la bondad y de la magnificencia.

Aunque la noción de derecho ha ido cambiando con el tiempo, la justicia es fundamental para la sociedad civil, no sólo para su desarrollo y progreso sino hasta para su misma supervivencia. El mundo tiene que vivir creando su justicia para no morir sin esperanza. La justicia es siempre necesaria, aunque sea sólo un mínimo ético. No es superflua. Una concepción estrecha y equivocada de la justicia acabaría siendo equivalente a la falta de amor, a un disimulado deseo de venganza.

Lamentablemente la justicia, aunque sea exigible a todos, muchas veces es conculcada por aquellos de quienes más se espera: legisladores, jueces, juristas, médicos, sacerdotes, educadores, gobernantes, políticos. Leyes injustas o perjudiciales, presiones, corrupción, politización, ideologización, banderías.

Por fortuna, hay muchas personas sustancialmente justas. Tendremos que luchar por una sociedad en la que el Derecho impere de verdad. Y con él -según Ulpiano-, la vida honesta, el empeño por no inferir daño a nadie y la constante voluntad de dar a cada uno su derecho. El reto está en generar una estructura social que reconozca al individuo (“yo”), combata la intolerancia reconociendo al otro (“tú”), sea participativa e incluyente (“nosotros”).

La justicia no es una heredad de pocos, es una conquista para todos. Porque todos tenemos acceso a este desafío.

“Primer día de clases. . . El Profesor de “Introducción al Derecho” entró al salón y lo primero que hizo fue pedir el nombre de un estudiante que estaba sentado en la primera fila:

- Mi nombre es Nelson, señor.

- ¡Fuera de mi clase y no vuelva nunca más! - gritó el docente.

Nelson se levantó rápidamente recogió sus cosas y salió del salón. Todo el mundo estaba asustado e indignado, pero nadie habló.

- ¿Para qué sirven las leyes? preguntó el profesor.

Los estudiantes asustados, poco a poco empezaron a responder a su pregunta:

- Para tener un orden en nuestra sociedad.

- Para cumplirlas.

- Para que las personas equivocadas paguen por sus acciones.

- ¡No! gritó a todos.

- Para que se haga justicia – dijo alguien con timidez.

- ¡Por fi n! Es decir, por la justicia. Y ahora, ¿qué es la Justicia?

Todos empezaron a molestarse; sin embargo, continuaron respondiendo:

- A fin de salvaguardar los derechos humanos...

- Para diferenciar el bien del mal, para recompensar a aquellos que hacen el bien...

- Ok, no está mal. Pero… ¿actué correctamente al expulsar a Nelson del aula? - Quiero una respuesta por unanimidad.

- ¡No! - contestaron a una sola voz.

– ¿Se podría decir que he cometido una injusticia?

- ¡Sí!

- ¿Y por qué nadie hizo nada al respecto?... Para qué queremos leyes y reglas, si no tenemos la voluntad necesaria para practicarlas... Cada uno de ustedes tiene la obligación de hablar cuando es testigo de una injusticia... Todos... No vuelvan a estar en silencio, nunca más... Vayan a buscar a Nelson - dijo-. Después de todo, él es el profesor, yo soy un estudiante de otro curso”.

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