Por Héctor Medina

Hace cien años se iniciaba en Rusia una revolución que pretendió después de comienzos modestos volverse mundial, y que duró poco más de 70 años, durante los cuales cambió la historia del mundo y dejó una huella que a pesar de la derrota, no ha sido borrada.

La revolución proletaria, profetizada e impulsada por el alemán Carlos Marx en los países altamente industrializados de Europa, cristalizó en cambio en una Rusia recientemente industrializada, con una gran masa de campesinos, un gobierno autocrático y un partido minoritario (bolchevique) que terminó alzándose con el poder, lo que comenzó un 7 de noviembre (calendario gregoriano) con la famosa “Toma del Palacio de Invierno”.

En sus inicios, el movimiento revolucionario buscaba sustituir a la autocracia por una monarquía parlamentaria, la resistencia del zar Nicolás II y su entorno frustraron la continuidad de la monarquía y la Rusia “postzarista” debía ser una democracia parlamentaria republicana, que tampoco tuvo éxito por el estrés generado por la Gran Guerra. Pero para los bolcheviques la Revolución de octubre nunca debió ser “rusa”, sino internacional.

La revolución de octubre (según el calendario juliano, en noviembre según el gregoriano adoptado después en suelo ruso), había tenido un prolegó- meno importante en febrero, en un momento muy crítico de la I Guerra Mundial. Aunque los socialistas empiecen a pedir la salida de Rusia del conflicto desde marzo, es precisamente la continuidad en la contienda, bajo un Gobierno más eficiente, lo que se pretende mediante el derrocamiento del zar, que se presentaba como inepto y manejado por la traidora de su mujer.

El infortunado Nicolás II y toda su familia fueron hechos prisioneros, primero en Petrogrado, y luego fueron trasladados a la lejana Ekaterinburgo, donde fueron cruelmente asesinados. Sus cuerpos no fueron descubiertos hasta entrado el siglo XXI.

Entre febrero y octubre, los moderados a cargo del gobierno junto con parte de la realeza no consiguen encarrilar una Rusia que atravesaba una crítica situación, derivada de la guerra, la escasez de alimentos, la carestía de la vida y la falta de participación política.

Los minoritarios bolcheviques se mantuvieron al margen del tremendo desgaste que sufrían el Gobierno provisional e incluso los soviets (constituidos en febrero) y le ofrecieron a la población las dos cosas que más deseaba: la salida de la guerra y la posesión de la tierra, mientras el Gobierno provisional, a pesar de estar integrado por fuerzas básicamente de izquierda, quería llevar la guerra hasta el final victorioso y mantener en el campo la propiedad terrateniente. La gran masa que hizo crecer el bolchevismo de 25.000 en marzo de 1917 a unos 350.000 en octubre del mismo año, provino básicamente de los socialistas revolucionarios de izquierda, que eran fundamentalmente campesinos, los más oprimidos por el longevo sistema económicio y social ruso.

Pero los bolcheviques no tomaron sólo el Palacio de Invierno, sino que habían ocupado los principales edificios públicos de Petrogrado, gracias a la coordinación de Trotsky, con lo que lograron tener en sus manos el control de la ciudad.

Tras el triunfo, comenzó una guerra civil entre los moderados (mencheviques) y los revolucionarios (bolcheviques), que duró años y ensangrentó a toda Rusia. Después vino la consolidación, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, y el colapso a fines de los 80 de la que por entonces era la segunda superpotencia mundial. Nombres como Lenin, Stalin, Kruschev, Brezhnev, Gorbachov y Yelstin, formaron parte de ese proceso.

Lo que queda
¿Y qué queda hoy de ese proceso que se llevó millones de vidas, de sueños, de ideales, y que terminó derrotado por el occidente capitalista, aunque persiste hoy en otros países que siguieron el ejemplo, como China, Vietnam, Cuba y Corea del Norte?

En las naciones occidentales, hubo numerosos avances y conquistas gremiales y laborales avaladas por el sector empresarial a regañadientes, con la excusa de evitar el avance de los revolucionarios.

También surgieron grupos violentos que, bajo la excusa de imponer el socialismo, buscaron desestabilizar a gobiernos legítimos (no siempre) para tomar el poder y establecer la “dictadura del proletariado”.

América Latina padeció de numerosas dictaduras militares que buscaron evitar que “un sucio trapo rojo” ondeara sobre la Casa Rosada, con negación de derechos, golpizas e incluso asesinatos y desaparaciones.

  • El día que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Por Hernán Etchaleco

Soviet. Palacio de Invierno. Nomenklatura. Perestroika. Sputnik, Laika y Gagarin. Gulag. KGB. Komintern. Con seguridad el lector podrá añadir otras palabras a este breve glosario incompleto, a esta cadena de significantes que solo pudo brotar hace 100 años, cuando los bolcheviques se alzaban con el poder en una Rusia desbaratada por la guerra.

La Revolución rusa de 1917 -25 de octubre según el calendario juliano vigente entonces, 7 de noviembre de acuerdo con el gregoriano adoptado luego- es a menudo retratada como el desenlace de un proceso. Una culminación.

En realidad, esto tiene más que ver con la iconografía posterior: los grandes retratos del arte socialista, los monumentos, las películas de Eisenstein o los poemas de Maiakovsky. Lo cierto es que recién los soviéticos pudieron comenzar a contar esta historia una década y media después, cuando finalmente los bolcheviques conducidos por Stalin, lograron el poder suficiente como para iniciar las transformaciones sociales y económicas que pregonaban. En el medio Lenin ya había muerto, Trotsky había sido forzado al exilio y luego de una terrible guerra civil con cientos de miles de víctimas, los comunistas triunfantes habían tenido que apelar a políticas de mercado para terminar con el hambre y ordenar una economía que amenazaba con hacer fracasar la primera experiencia de gobierno obrero en el mundo.

Es decir, que esa historia no la pudo contar su protagonista principal, la vieja guardia bolchevique que pereció en la guerra civil, sino Stalin. Y el segundón georgiano devenido en tirano lo hizo a su modo. Su palabra fue la palabra del Partido, que en la Unión Soviética era la palabra de Dios. Y la palabra del Dios-Partido tuvo sus sacerdotes que la diseminaron con un mesianismo envidiable para cualquier religión. Esa palabra se esparció por el mundo, bajo la forma de un nuevo credo laico que se recitaba en todos los idiomas de la tierra. Y la palabra del Partido, que se escribe con mayúscula como Jesucristo o Mahoma, moldeó el mundo hasta que se volvió ridícula y pereció en las calles de Bucarest, Berlín y Praga a fines de 1989. Pero esa palabra, como la de Cristo, fue poderosísima. Derrotó a los nazis -es decir liberó al mundo del demonio sanguinario más formidable que haya conocido- viajó al espacio, construyó represas y centrales atómicas, educó a millones de campesinos analfabetos y convirtió a sus hijos en ingenieros nucleares.

Pero esa palabra, como la de Cristo, fue utilizada para justificar matanzas, persecuciones, censura, campos de exterminio y el estado policial más formidable del que se tenga memoria.

La Revolución rusa fue la idea encarnada. La idea de Marx puesta en práctica por Lenin según la cual el paraíso en la Tierra era posible. Esa idea movilizó a cientos de millones y moldeó un siglo en la historia de la humanidad. Dio sentido a la vida de generaciones, que en las catacumbas de Occidente se reunían a rezar a su Dios de bigotes, botas y pipa y a todos sus santos héroes mártires de la gran patria de obreros y campesinos. Al otro lado de la Cortina de Hierro esa idea arruinó también la vida de generaciones, que perecieron en los gulags de Siberia, o frustraron sus sueños de progreso en la tediosa chatura monocromática impuesta por el Partido. Todo eso fue la Revolución rusa.

Todo eso es la Revolución rusa. Porque como escribió Voltaire y se repite seguido por estas latitudes, las ideas no se matan.

  • El centenario del acontecimiento que cambió la historia

Alejandro Pisnoy*
Especial para BAE Negocios

En estos días que transcurren entre fines de octubre y principios de noviembre conmemoramos los cien años del acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. El contexto político, económico, social e internacional de la Rusia zarista hacia finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, dio lugar a que el Partido Bolchevique, “amplia” minoría que componía la Duma Estatal, tomara el Palacio de Invierno (Sede del Gobierno Provisional) en la noche del 24 de octubre de 1917. Si bien este proceso tuvo nombres destacables como los de Lenin y Trotsky, también tuvo la participación de un pueblo que decidió ponerle fin a siglos de opresión.

El gobierno de los zares y la Revolución de 1905
La mayor parte de la población rusa, tanto en el campo como en las ciudades, vivía en una situación económica y social dramática a hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, impuesta por la dinastía zarista de los Romanov, quienes gobernaban el vasto Imperio desde hacía casi 300 años.

Desde el punto de vista econó- mico, a comienzos del siglo XX, en pleno desarrollo de la 2º etapa de la Revolución Industrial, el Imperio ruso estaba considerado por los países centrales de Europa como “periférico”, dado su lento desarrollo industrial y las malas condiciones en las que vivían los campesinos. Esas malas condiciones, sumadas a la derrota de la monarquía en la guerra frente a Japón en 1905, profundizaron el descontento popular, impulsando grandes protestas y huelgas que partieron desde Petrogrado (actual San Petersburgo, y ex Leningrado) y se extendieron por las principales ciudades del país.

Esos acontecimientos dieron origen en mayo de 1905 a la formación del primer Soviet (Consejo Obrero) en Ivánovo-Voznesensk (distrito textil de Moscú). Para octubre, se logró conformar el Soviet de Diputados Obreros en Petrogrado, en oposición a la conformación de la Duma que había impuesto el zar Alejandro II un mes antes con el objetivo de generar un sistema electoral indirecto que deje afuera a los sectores populares. Si bien este proceso revolucionario fue reprimido por los zares, marcó el inicio en el camino a octubre de 1917.

1917. El año que cambió la historia
Lo que ocurrió a partir de febrero de 1917, y más específi camente desde octubre, no se puede desligar de 1914 por dos razones fundamentales: el recrudecimiento de las protestas y las huelgas en Rusia y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, donde Rusia fue uno de los partícipes en esa contienda imperialista, aliada a Francia y Gran Bretaña, frente a Alemania y el Imperio Austro-Húngaro.

Esa contienda internacional logró aplacar por un tiempo el estallido social despertando los sentimientos patrióticos del pueblo, pero al cabo de tres años (1917) la situación económica y social de la población se hizo insostenible, sumada a las pérdidas económicas y humanas que imponía la Guerra. Tal situación dio lugar a la abdicación del Zar Nicolás II, quien se encontraba en el frente de batalla y además buscó disolver el parlamento. Como consecuencia, se instaló un “doble poder”: por un lado el Gobierno Provisional con una tendencia liberal; por el otro el Soviet de Petrogrado, de tendencia socialista. También podemos hablar de doble poder en cuanto al poder de los trabajadores, de un lado los mencheviques, encabezados por Alexander Kerenski, planteaban que antes de instalar un gobierno socialista había que realizar una transición hacia la industrialización del país. Por el otro lado, los bolcheviques, liderados por Lenin, quien en su libro “¿Qué hacer?”, plantea directamente la toma del poder por medio de las masas y la instauración de un gobierno socialista, sin ninguna transición.

Si bien los bolcheviques fueron minoría en el parlamento, a mediados de julio de 1917 la postura negociadora de los mencheviques con el Gobierno Provisional da lugar a una posible contrarrevolución, y ante esta posible nueva desilusión, los movimientos sociales de las ciudades y el campo comenzaron a sumarse a los bolcheviques.

Todo el poder a los Soviets
Para el 25 de octubre de 1917 se había convocado al II Congreso de los Soviets de Toda Rusia; pero en la noche del 24 de octubre, más de 600 personas que iban llegando desde todo los rincones del extenso territorio, liderados por el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado encabezado por los bolcheviques, se organizaron e impulsaron la toma del Palacio de Invierno.

Al día siguiente, el II Congreso por mandato de los delegados decidió traspasar todo el poder del Gobierno Provisional a los Soviets, constituyendo de esta manera un gobierno totalmente socialista.

Si bien la conformación del nuevo gobierno no dejó de lado los debates políticos del Partido Bolchevique, la nueva dirección impulsó los primeros decretos, fundamentalmente los que estaban ligados a los derechos sociales del pueblo trabajador y el reparto de las tierras; como así también a organizar el nuevo esquema constitucional y fundamentalmente firmar la paz con Alemania y salir del conflicto bélico internacional, dado que el socialismo estaba en contra de una contienda imperialista.

El pueblo soviético, con defectos y virtudes, comenzaba a reescribir su historia social, política, económica, de género, artística, literaria y cultural. Una historia que a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI sigue influyendo e incentivando a los pueblos sometidos y explotados de todo el mundo por su carácter internacionalista, antiimperialista y anticapitalista.

*Investigador Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini