*Enviado especial en Viena

Con la proyección de la película italiana Martin Eden, de Pietro Marcello, culminó una inolvidable edición de la Viennale. Aun con un día menos, el Festival Internacional de Cine de Viena sigue poseyendo una duración más extendida que la de sus pares (14 días, del 24 de octubre al 6 de noviembre). Está claro que la ambición e impacto son distintos, pero también las decisiones éticas y estéticas. Como ya lo dijimos, en la Viennale poco importa que los títulos tengan aquí su premier mundial, la búsqueda se centra en otros parámetros.

Eso nos lleva a preguntarnos para quién se hace un festival de cine. En el caso de Cannes (perdón por la algo arbitraria comparación, pero las evidentes diferencias sirven para el argumento que se pretende compartir), el público se encuentra casi totalmente fuera de campo, lejano, tras las vallas. Se trata de un encuentro de la “industria”, de un evento cuya publicidad sirve para instalar las películas en la agenda que se abre en el mes de mayo de cada año. Viena, por el contrario, consciente y orgullosa de sus aparentes limitaciones, pretende otra cosa. No es menos; es distinta. La Viennale se ha afirmado como un fantástico foro de encuentro de los cineastas más interesantes de todo el mundo, de las vanguardias y de quienes se preocupan de la preservación de la cultura cinéfila. El público está presente, colmando las salas, asistiendo a las sesiones de preguntas y respuestas tras las proyecciones, concurriendo a charlas y encuentros. En ese contexto, que se trate de una película que ya pasó por otros festivales o que date de hace 70 años poco importa; lo que sigue maravillando como hecho cultural es la participación y el debate, la persistente construcción de una cultura compartida.

Al no ser competitivo, puede mostrar lo mejor del cine de hoy y siempre

Las proyecciones de la Viennale tienen lugar en sólo 5 salas, pero muchas películas tienen sólo una pasada. Por eso las más de 250 obras permiten distintos recorridos y “festivales” posibles. Excusado por un momento de la urgencia de la noticia, de la búsqueda de la pretendida novedad, el costado monográfico de la muestra es lo que más ha llamado mi atención. En ese sentido, el signo de los tiempos ha permitido al festival poner el foco en Louise Kolm-Fleck, pionera que creó la primera compañía productora de cine en Austria, escribió dos docenas de guiones y dirigió un centenar de películas. El tiempo y los debates del presente agigantan la figura de esta mujer que en la década del 20 del siglo pasado se acercó sin tapujos ni remilgos a temas como el de la violación, el aborto o la impotencia. La hermosa sala histórica del Cine Metro (cuya intacta boiserie y los palcos nos remiten a pasadas épocas de gloria) constituye el entorno perfecto en el que las películas mudas son acompañadas por música en vivo.

Más allá de esa belleza absoluta (y sin perjuicio de que la “modernidad” del acompañamiento musical a quien escribe estas líneas le generó algunos reparos, al sentir que por momentos los elementos disonantes o la inclusión de fragmentos cantados pretendían imponerse a la película), el mayor logro de esta edición de la Viennale posiblemente puede hallarse en la retrospectiva que se presentó bajo el título O partigiano! Esta selección paneuropea de cine partisano ha sabido acercarse con sensibilidad e inteligencia al movimiento cinematográfico que surgió en toda Europa (especialmente en los nuevos estados nacidos tras la conflagración mundial), en el que la reconstrucción de la identidad intentó sentar sus cimientos en la historia reciente y, en particular, en los movimientos de resistencia o de guerrilla contra el fascismo. Del drama íntimo o psicológico al espectáculo bélico, de la épica al pulp, estas películas cumplieron, sobre todo en los países de la Unión Soviética y del Este de Europa, ese rol que tiene que ver con la imaginación (o imposición) de un relato mítico y que en Estados Unidos de Norteamérica ha sabido tener el western.

La retro de Louise Kolm-Fleck (abajo, al centro) fue un punto alto

La relación con el western no parece caprichosa si se advierte que en ambos géneros conviven los componentes de aventuras con la mirada política que tiende a afirmar el avance de la civilización (el western) o la liberación (el cine partisano). En ambos casos, además, hubo una re-invención hacia fines de la década del 60 y principios del 70 del siglo pasado, en la que el revisionismo intentó dejar de lado el costado racista, en un caso, y en el otro, acentua el centralismo, poniendo en cierta manera en dudas los alcances de esa libertad que se perseguía cuando se luchaba contra el fascismo. Está claro que todo es relativo y que el enemigo común aglutina y favorece el relato. En ese sentido, no llama la atención que un película con la libertad (formal, narrativa pero también política) de Slavnyi malyi, de Boris Barnet (A good lad, según el título internacional) fuera filmada en la Unión Soviética en 1942 pero fuera luego prohibida por “ideológicamente insignificante” y recién estrenada 17 años después. ¿A quién se le podría ocurrir acercarse a la lucha contra los nazis a través de una comedia musical en la que el rol del galán lo tiene un aviador francés cuyo avión es derribado en combate?

Hay obras del pasado que se revelan importante en nuestro contexto

Películas soviéticas, yugoslavas, checas y eslovacas, italianas, danesas, noruegas. La lucha contra el fascismo, la búsqueda de la libertad reúne una variedad de muy valiosas obras que admiten una nueva lectura a la luz de lo acaecido con posterioridad en el mundo (...defendíamos tanto la libertad cuando enfrentábamos al fascismoà). Así, la transversal mirada de la Viennale sobre Brasil (la oportunidad de acercarse a copias en fílmico de las insoslayables Aopcao ou as rosas da estrada, 1981, Ozualdo Ribeiro Candeias y Serras da desordem, 2006, Andrea Tonacci) dialoga con aquel cine, abre el debate y permite seguir pensando pasado, presente y futuro. Como también lo hacen, a su manera, los distintos modos políticos que se advierten en películas argentinas que se proyectaron en la muestra tan distintas como La deuda, de Gustavo Fontán y La vida en común, esperado estreno de Ezequiel Yanco de esta semana.

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