Todo el tiempo presenciamos cambios; y los sufrimos. En muchos momentos de la vida estamos terminando y comenzando algo. Semejante al inicio mismo de la vida; se deja el seno materno y se estrena un nuevo panorama.

Parece que el nacimiento es un complejo proceso, no un momento. Llama la atención que suceda varias veces a lo largo de la vida misma. Un mecanismo que tiene que ver con desprenderse de otro para siempre. Cortar el lazo que nos unía a alguien, entrar en un mundo desconocido, asumir esa condición de individualidad que nos determina.

Este arranque produce una impresión emocional muy intensa en el subconsciente de una persona, una huella duradera que han llamado el “trauma del nacimiento”. La necesidad de abrirse paso y salir al mundo en medio de estrecheces y dificultades, es un instante dramático. El llanto anuncia que estamos fuera, como un ser individual en el mundo hostil al que llegamos. Antes no necesitábamos pedir ni hacer nada. De la completa seguridad ponemos pie en la intemperie y en la incertidumbre.

Nunca volveremos a estar tan indefensos como esa primera vez aunque tengamos que volver a nacer en repetidas oportunidades. Es un ciclo inevitable de la vida. Muchas veces nos encontraremos en situaciones semejantes a las que experimentamos allá en el parto. Las grandes rupturas, los grandes adioses, los grandes comienzos, los inmensos riesgos.

Situaciones que, a la vez, nos maravillan y nos atemorizan. Es la vida quien nos pone delante de este tipo de experiencias la mayor parte de las veces. Pero también el nacimiento puede ser un proceso voluntario, una decisión que tomamos a la hora de la muerte de un ciclo y la inauguración de uno nuevo. “Quien no está ocupado en nacer, está ocupado en morir” dijo Bob Dylan. En nosotros habitan dos fuerzas en lucha. Una nos sugiere la amplitud de un mundo más allá de las fronteras conocidas. Es una fuerza que nos invita a explorar, a arriesgarnos. La otra, en cambio, nos atrae hacia todo lo que ya conocemos. Insiste en las ventajas de mantenernos atados.

Muchas veces no tendremos elección. Seremos arrojados a una etapa nueva, a un mundo nuevo, sin que nadie nos consulte. Simplemente sucede y tendremos que reinventarnos. En otras ocasiones somos nosotros mismos los encargados de gestarnos y decidir el momento y el lugar para volver a nacer.

Es imposible recomenzar sin algo de trauma. Esos procesos no se llevan a cabo en completa serenidad y con total naturalidad. Por el contrario, son decisiones que cuestan: lágrimas, nostalgias, dudas y gasto de energías. Sin embargo, nos espera todo un mundo nuevo por explorar. Dentro de cada uno de nosotros está escondido ese navegante aventurero, capaz de zarpar mil veces a descubrir nuevos mundos. Allá, afuera, nos espera todo lo que somos capaces de ser. Entre la muerte de algo que se acaba y la vida de algo que empieza, hay un tránsito, un tiempo de espera, de incertidumbre y de reflexión. Tiempo necesario de gestación de un nuevo ser. Dijo Mark Twain: “Dentro de veinte años a partir de ahora te arrepentirás de las cosas que no hiciste, así que suelta las amarras y navega fuera de tu zona de confort, busca el viento en tus velas. Explora, Sueña, Descubre”.

Así hablaban dos hermanos:

- No puedo más. Me falta oxígeno, ni siquiera me puedo mover.

- Debes resistir. Esto pasará.

- No lo creo, hermano. Todo ha ido empeorando en las últimas horas. Las paredes tiemblan y alrededor todo se deteriora rápidamente.

- Lo sé, pero este lugar es nuestra única posibilidad. Tienes que aguantar.

- Es que no puedo seguir así. Creo que será mejor que me deje llevar por la corriente.

- No lo hagas, hermano. Si te sueltas serás arrastrado hacia el agujero que conduce a la muerte y la destrucción. Vamos, esfuérzate un poco más.

- Ya lo he decidido, no voy a quedarme aquí esperando la muerte. Quizá, si me suelto, haya otra posibilidad.

- ¿Otra posibilidad? ¿De qué hablas? Vamos, aférrate a mí.

- No. Basta ya. Y dicho esto el más pequeño se soltó de su amarra y fue arrastrado hacia abajo, hacia el negro agujero de lo desconocido.

Su hermano lo miró desaparecer con angustia y creyó escuchar, unos segundos después, el llanto desesperado de su hermano del otro lado del agujero. “Pobre -pensó-, una muerte horrible…” Afuera, su hermano lloraba hinchando sus pulmones de aire fresco. Había nacido”.