Corría 1988 y Michael Douglas ganaba el premio Oscar a mejor actor por su interpretación del inescrupuloso y codicioso Gordon Gekko en la película Wall Street. Gekko representaba en el filme de Oliver Stone al arquetipo del operador bursátil neoliberal, que hacia fundir empresas a través de maniobras ilegitimas para ganar dinero en la Bolsa. Su parlamento procapitalista frente a un auditorio de accionistas -“Greed is good, is right, works and clarifies”(la codicia es buena, tiene razón, funciona y clarifi ca)- definió y define el espiritu de los mercados en el mundo entero. Pero el triunfo del “animal spirit” en las grandes urbes fi nancieras internacionales, al sur del continente tomaba en Argentina la forma de la crisis. Así, en agosto de 1988, el país se encontraba en recesión e hiperinfl ación, con un aumento del 400% de los precios en el año, con una desocupación de 6,5% de la PEA y una deuda externa que llegaba a u$s58.500 millones, casi el 100% del PBI. Para tratar de llegar a las elecciones de 1989, el gobierno radical de Raul Alfonsín acordó con varios grupos empresarios un nuevo programa económico y lanzo el “Plan Primavera”, el cual prometía a los exportadores no aplicar retenciones a los productos agropecuarios, desdoblaba el mercado cambiario, quedando configurado en un mercado denominado “comercial” y otro “libre”. De esta manera, en el mercado comercial se liquidaría el 50% de las exportaciones industriales y la totalidad de las exportaciones agropecuarias, mientras que en el mercado libre se liquidaría el restante 50% de las exportaciones manufactureras, las importaciones y los intereses de la deuda externa. El gobierno también trataba de secar la plaza para frenar la inflación emitiendo deuda a tasas de interés demasiado altas.

Pero el control de la oferta monetaria se fue debilitando, producto de la necesidad de financiar el déficit y de la caída en la demanda de los títulos públicos. En el final del “Plan Primavera”, el gobierno decidió la colocación forzosa de deuda en el sistema financiero a través de encajes remunerados. Pero nada salió como se preveía, y en mayo de 1989 asume como nuevo ministro de Economía Jesús Rodríguez en reemplazo de Juan Carlos Pugliese, quien introduce el régimen de control de cambios y una tablita devaluatoria. El plan fracaso y en julio de ese mismo año los precios subieron 197%, los salarios 110% y las tarifas de gas, luz y teléfonos 700%. En medio del colapso, la administración radical decide llevar a cabo elecciones anticipadas en las que triunfa el candidato del justicialismo, Carlos Menem.

Treinta años despues, muchos en Argentina se preguntan si la permanente redefinición de los acuerdos con el FMI y los regulares pedidos de “perdón” al organismo, sumado a las estrategias antidevaluatorias llevadas a cabo por el Banco Central, no se parecen demasiado a aquel “Plan Primavera”. Muchos incluso asemejan el comportamiento actual de agroexportadores a lo acaecido en 1989. Y no son pocos los que temen un final parecido de la actual política económica al del aquel plan privameral. Porque después de todo parece ser que tres décadas más tarde, para los agentes económicos argentinos e interacionales las únicas palabras seguras continúan siendo las de Gordon Gekko: la codicia es buena.