La negociación es un arte que todos practicamos, no solamente en asuntos comerciales, sino muy especialmente en el equilibrio de derechos, obligaciones y concesiones cotidianas. Hay dos estilos para asumir las negociaciones: el cooperativo y el competitivo.

En el primero se busca que ambas partes logren algún beneficio, aunque también tengan que ceder. Predomina un mayor nivel de comunicación, la cual está dotada de amabilidad y buena voluntad. Busca la coordinación de esfuerzos y ve la diferencia de los intereses en conflicto como un problema a resolver y no como una amenaza.

En el segundo, las cosas se plantean de tal modo que hay ganadores absolutos y perdedores absolutos. Existe primordialmente una comunicación obstructiva. Esto quiere decir que se emplea la comunicación, simplemente como un arma para confundir o engañar al contrincante. Al final, elimina la confianza y se transforma en un obstáculo para alcanzar acuerdos.

Cuando se instala la competitividad, por lo general los participantes no dividen el trabajo ni se benefician de las habilidades del otro. Los desacuerdos y los intentos por neutralizar al rival hacen que también las ganancias se vean limitadas. Se vuelve más importante la derrota del otro, que la propia victoria. Esto limita el propio triunfo.

De alguna manera, la competitividad se ha convertido en sinónimo de codicia, envidia y narcisismo. Cuando los pensamientos competitivos surgen en relación a personas que queremos, tendemos a considerar estos pensamientos como inaceptables. Pero competir puede ser una forma de autosuperación, considerando al otro no un rival, sino un punto de referencia. En este sentido, es importante recordar que la competencia no está reñida con la colaboración ni con el compañerismo. La sensación de la competencia no siempre supone subir por encima de otros, ganar -quedando por delante de los demás- o salir adelante pese a quien pese. Es más, el sentimiento de competitividad no debería significar ser más que otro, sino transformarse en la necesidad de ser mejor de lo que se es y alcanzar incluso objetivos comunes. Decía Abraham Lincoln: "Seas lo que seas, sé el mejor".

De todos modos, nuevas corrientes van dirigidas hacia una competitividad salvaje entre unos y otros. Las personas competitivas y agresivas son un perfil especialmente problemático en muchos de nuestros entornos. Son hombres y mujeres que ansían escalar posiciones vulnerando derechos, manipulando y creando climas tan estresantes como complejos para la salud psicofísica. Siempre hay alguien con una necesidad innata por superarnos, por impresionar al resto, por llevarse todas las medallas posibles. Son personas dañinas que necesitan casi a cada instante notoriedad y sensación de poder. Normalmente no tienen en cuenta factores inherentes como la sociabilidad, la empatía, el sentido de cooperación. Aquellos que experimentan más ansiedad competitiva en el mundo del "talentismo" son los que, a la larga, sufren más "lesiones" en su propia vida. Incluso, llegan a la ilicitud de ciertas prácticas reflejando en sus vidas la filosofía que los sustenta: "el fin justifica los medios".

Tener a alguien altamente competitivo en un entorno impulsa a los demás a tener que competir. Y, en ese sentido, la competición nos puede hacer crecer, siempre y cuando sea respetuosa y no derive en dinámicas contaminadas por la agresión, la humillación o el boicoteo. La sabiduría está en vivir lo que afirmaba Stieg Larsson: "Yo no pienso competir contigo. Yo hago lo mío mejor que tú. Y tú haces lo tuyo mejor que yo". Aprender de los demás.

Hay estudios que sostienen que la colaboración obtiene mejores resultados que la competición, porque un grupo de personas que trabajan juntas y unidas pueden alcanzar metas mayores que una sola persona. La cooperación tiene un objetivo fundamental: lograr que cada uno sea más autónomo y, que al mismo tiempo, todos sepan ayudarse mutuamente para conseguir un fin común. El trabajo cooperativo desarrolla habilidades indispensables para la vida diaria. Afirmaba Henry Ford: "Llegar juntos es el principio. Mantenerse juntos, es el progreso. Trabajar juntos es el éxito".

"Un pequeño y hermoso ruiseñor, de hermosa y dulce voz, no encontraba amigos entre los suyos. Los otros ruiseñores lo envidiaban, y siempre terminaban compitiendo con él. Un tanto apenado, decidió buscar un amigo entre otras familias. Llegó a un parque y se encontró un pavo real. Y, deslumbrado por la belleza de sus coloridas plumas, se acercó a él.

Eres muy hermoso- le dijo el ruiseñor.

Pero yo no tengo esa maravillosa voz que tienes tú. Admiro cómo cantas, ruiseñor- le contestó el pavo real.

Entonces, el ruiseñor se dio cuenta de que el pavo real podía ser un gran amigo: -Seamos amigos- dijo entonces el ruiseñor- porque ni tú querrás nunca competir con mi canto ni yo con tu belleza.

Y el pavo real y el ruiseñor se hicieron grandes amigos".

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