Probablemente, muchos líderes de la izquierda estarían dispuestos a que se los compare con Sansón y su historia de lucha contra los filisteos. La historia bíblica termina con el héroe judío derrumbando el templo sobre las cabezas de sus opresores, pero antes, éste se ha dejado engañar por Dalila para que le corten el pelo sin el cual su fuerza de titán se desvanece.

La historia bíblica parece anticipar la de varios líderes del muy variopinto campo que engloba a las izquierdas y los nacionalismos populares latinoamericanos, al menos a primera vista. La corrupción ha actuado en muchos casos como el corte de pelo que deja sin fuerzas a gobiernos de ese signo.

Hay, sin embargo, una diferencia radical: a pesar de la flaqueza que demuestra Sansón, no es él quien se autoinflige el acto que lo deja sin fuerzas; en el caso de los políticos latinoamericanos que nos ocupan, son ellos mismos los que claudican.

No es un crimen que pague siempre, pero sí cuando hay líderes del cambio social

En varios casos, Dalila está encarnada por una misma villana: la multilatina de la construcción de origen brasileño Odebrecht. El vicepresidente ecuatoriano Jorge Glas (deberíamos presumir que en nombre de o con conocimiento del correísmo), el ex-presidente peruano Ollanta Humala o el ex-ministro de Hacienda brasileño Antonio Palocci (bajo una presunción similar a la de Glas, pero respecto del Partido de los Trabajadores) entran en un trato íntimo censurable que tiene costos individuales y colectivos altísimos. No sufren, a diferencia del relato mitológico, engaño alguno: saben con qué bueyes aran.

En el mundo terrenal de la política, la corrupción no es un crimen que pague siempre. Sin embargo, parece darse con asombrosa puntualidad, que sí paga cuando su autor es alguien que antes se ha embanderado con el cambio social o con la redención de los oprimidos. El caso tal vez más extremo es el de la presidenta de Chile Michelle Bachelet, que no pudo superar nunca el oprobio de haber reaccionado en días, en lugar de segundos, a la revelación de que su nuera quiso obtener ventajas de su parentesco, en un hecho que ni involucró a la presidenta, ni afectó el erario público. El precio: una segunda presidencia con logros que debieron haber ayudado a que su coalición permaneciera en el gobierno se vio opacada en medida significativa por un hecho de la que no fue responsable, ayudando en proporciones difíciles de establecer a que esa coalición fuera desalojada del gobierno. Casi igual de extremo es el caso de Humala en Perú: aunque la acusación concreta en relación a Odebrecht es posterior a su salida del gobierno, las acusaciones de corrupción que lo salpicaron a él y a su pareja, Nadine Heredia, son parte de la explicación de por qué su partido ni siquiera pudo presentar candidatos a las elecciones al final de su mandato.

La corrupción y los votos

¿Quiere esto decir que la cuestión de la corrupción es la cuestión primordial que decide los destinos de los liderazgos que podemos denominar convencionalmente progresistas? ¿O simplemente quiere decir que la corrupción es un tema tan decisivo que define elecciones y que los progresistas parecen sufrirlo más sólo porque han sido mayoritariamente progresistas quienes gobernaban países de América del Sur hasta hace poco? La respuesta a ambas preguntas es negativa.

“Corrupción” actúa como pararrayos de otros malestares 

En cuanto a la primera, el nivel creciente de respaldo a Lula que registran las encuestas en Brasil es el caso más significativo a tener en cuenta. Independientemente de la valoración que se haga de las denuncias contra él (y de la patente falta de fundamentos de aquella por la cual ha sido condenado ya en dos instancias) es claro que su liderazgo se ha visto mellado sólo parcialmente. La arbitrariedad del accionar del juez Sergio Moro ha jugado sin dudas un papel: el apoyo a Lula no cesa de crecer desde que el juez lo condujo por la fuerza a prestar una declaración que aquel no se había rehusado a prestar.

En cuanto a la segunda, la primer constatación es que en las encuestas de opinión pública es poco frecuente encontrar la corrupción como primer preocupación, aunque es menos frecuente aún no encontrarla entre los primeros lugares. Las series de evolución de la opinión pública y los comportamientos electorales parecen sugerir más bien que los temas que proveen carga explosiva son los económicos y que la corrupción provee, en circunstancias bien determinadas, el detonante.

La queja por la corrupción de los políticos es el bajo continuo de la opinión pública de la mayoría de las democracias del planeta desde hace más de treinta años (lo que en el Cono Sur coincide casi con la edad de la democracia). Es una queja, además, que no discrimina: fuera del período electoral los que responden encuestas tienden a no asociar el problema con un bando específico de la disputa política. “Corrupción” es, en definitiva, el pararrayos de otros malestares que no se articulan discursivamente con claridad. Sin querer sugerir que nadie se queja específicamente por ella, hay evidencia de cómo esa queja crece de la mano de la insatisfacción con las decrecientes oportunidades de ascenso social, con el deterioro de los estados de bienestar en los países que cuentan con uno, con las miserias de posición que algunos grupos sociales experimentan frente a otros a los que se percibe aventajados (sean conciudadanos que emergen de la pobreza, inmigrantes o beneficiarios de la ayuda social).

Algo que se ha podido verificar con mucha claridad en Brasil y en Argentina es que la corrupción detona la explosión de coaliciones electorales exitosas. La deserción de la gran porción de las clases medias brasileñas que acompañaron en tres elecciones al PT y que tan fulgurantemente figuraron en el 54% que obtuvo Cristina Fernández de Kirchner para su reelección en 2011 guarda una estrecha correlación con la combustión violenta del explosivo económico gatillada por el rechazo a la corrupción. Una vez que estallan esas coaliciones, la remontada necesaria para volver a reunir una mayoría se hace muy empinada. En el caso de Brasil, convocar a una robusta primera minoría no le asegura el triunfo al lulismo. En el caso argentino, un cristinismo reducido a un núcleo duro por debajo de un quinto del electorado le da verosimilitud al “no vuelven más” que repite como mantra el núcleo duro de Cambiemos.

Sobre el final de la historia de Sansón los interlocutores que nos imaginábamos al principio se vuelven a interesar y se preguntan si a ellos también se les devolverá la fuerza. No hay modo de adivinarlo, ni tampoco de saber si, de recuperarla, les servirá para algo más que para perecer junto a los filisteos.

Especial para BAE Negocios

*Laboratorio de Políticas Públicas