En los próximos años, Buenos Aires será recordada por haber sido uno de los primeros “rings” donde el enfrentamiento dialéctico entre Estados Unidos y China en torno del rol de la Organización Mundial del Comercio (OMC) comenzó a darse sin metá- foras sobre lo que será el terreno de las disputas en los próximos años: el comercio electrónico y una ley anti China para impedir que el gigante asiático controle la oferta de productos a través de la web.

la cumbre de la OMC no dejó ninguna conclusión concreta para Argentina, lejos estuvo de ser un fracaso para Estados Unidos. En principio, por una simple razón: en la OMC se “blanqueó” la agenda de discusión de los países mas poderosos del mundo en los próximos años. Y a pesar que EE.UU. no logró imponer la discusión sobre la desregulación del comercio electrónico (a pesar de la presencia de ejecutivos de Google, Amazon, Alibaba, eBay en el país), que cuarenta países de entre los 169 miembros hayan aceptado debatir el tema para las próximas rondas de negociación, no fue menor. En rigor, el debate sobre la desregulación de la compraventa a traves de la web es central para EE.UU. y Europa, que creen que todo el sistema financiero y económico será digital en el próximo lustro, por lo que la seguridad informática, las transacciones bancarias y los desarrollos y patentes de software deben ser protegidos del competidor más fuerte que tienen en el mercado internacional: China.

El plano local, las políticas anti China se hicieron evidentes en el foro de empresarios del B20 (agrupación de empresarios de los paí- ses del G20), desde donde Paolo Rocca, del grupo Techint, apoyó la tesis de EE.UU. en contra de China al advertir que es imposible seguir tolerando la “desigual” competencia de las empresas chinas que cuentan con el respaldo del Estado o son estatales.

Pero lo cierto es que no es extraño que la disputa sobre entre el gigante asíatico y el resto del mundo occidental se haya dado en un país tan austral. Despues de todo, Argentina -que representa sólo el 0,4% del comercio mundial- es demasiado chica para alterar a los dos grandes bloques que se enfrentan en el comercio mundial: el G7 (EE.UU., Canadá, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y Japón) y el este asiático, siendo China y Corea del Sur sus más robustos representantes.

La pelea entre las naciones hegemonicas se consolidaron con las palabras del representante comercial de Estados Unidos, Robert Lightlizer, quien fue uno los primeros oradores de la conferencia ministerial de la OMC en Buenos Aires. El estadounidense sostuvo en forma categórica que “resulta imposible negociar nuevas normas si las actuales no se respetan”. “Nos preocupa que la OMC esté perdiendo su enfoque principal y se esté convirtiendo en una organización focalizada en con- fl ictos”, aseguró Lightlizer, enviado de Donald Trump a la cumbre porteña. Expeditivo como suelen ser las declaraciones de guerra, en menos de cinco minutos, Lightlizer adelantó entrelíneas lo que la administración Trump haría pocas semanas despues: oponerse a que e China sea reconocido como una “economía de mercado” en la Organización Mundial de Comercio (OMC), ya que si consigue el estatus de economía de mercado, para Estados Unidos será más difícil defender sus resoluciones antidumping contra las compañías chinas en la OMC.

Es verdad que esta reyerta entre China y los EE.UU. tiene mas de quince años. Pero se volvió furibunda en enero de 2017, cuando el presidente de China, Xi Jinping, inauguró el Foro Económico Mundial en Davos con un discurso proglobalización y antiproteccionista. “El proteccionismo es como encerrarse en una habitación oscura: da la impresión de que uno se escapa de la lluvia y del viento, pero también se está quedando sin la luz del sol y sin el aire” dijo el mandatario chino, dirigiéndose directamente al modelo de comercio que impulsa Donald Trump.

Pero lo llamativo de la historia es que las naciones del G7 que durante todo el siglo XX apoyaron el libre comercio ahora lo rechazan. Lejos parecen haber quedado las ideas de que Estados debía reducir su participación y dejar que los mercados definan lo que debe producir la economía mundial, lo que llevó a las grandes corporaciones de EE.UU., Canadá, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y Japón a que penetraran en todos los países gracias a su mayor conocimiento técnico y su economía de escala, representando hoy el 80% del intercambio mundial. El temor hacia China es tal que, después de treinta años como abastecedor de bienes de mano de obra intensiva al mundo, los países centrales siguen dudando de Beijing, pese a que el desarrollo de Asia -que tuvo su epicentro en salida de la Segunda Guerra con Japón, continuó en los ’70 en Corea, Singapur, Hong Kong y Taiwán, y en los ’80 llegó a China- fue impulsado por el Occidente para frenar a la URSS.

El fantasma chino ya amenaza no sólo a Estados Unidos sino especialmente a centros financieros como Londres. Así, para tener una idea de lo rápido que sigue creciendo el crédito en China y, por lo tanto, la financiación a compañías exportadoras chinas, sólo hay que observar el valor total de todo el sistema financiero del gigante asíatico, que terminó 2017 en 174,64 billones de yuanes (u$s27 billones), lo que equivale que el crédito en China, medido en PBI, converitiría nada menos que al sistema financiero chino en la quinta mayor economía del mundo e igualaría al PBI británico.

A medida que la guerra comercial crece y mientras EE.UU. impone aranceles antidumping a China de entre el 97% y el 162% a las importaciones de papel de aluminio de China, y el gobierno chino responde que la medida desobedece las normas de la OMC e instó a la administración Trump a cumplir con sus obligaciones internacionales, el Fondo Monetario Internacional afi rma que el crecimiento del crédito de dos dígitos paras las empresas chinas no puede continuar para siempre. Un vuelco casi bizarro de la historia, donde los más aperturistas son los comunistas chinos y Estados Unidos el proteccionista.

Lo cierto es que los resultados de la la XI cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) realizada en Buenos Aires del 11 al 13 de diciembre puso de manifiesto las contradicciones de los países centrales, que liderados por EE. UU. y en el marco de la lucha comercial que mantiene con China, marcaron cuál será la agenda del comercio internacional para los países del G7 para los próximos años: levantar las salvaguardias a todos los países en desarrollo; cambiar las leyes de patentes y desregulaciones a favor de las grandes corporaciones multinacionales, y exigir una mayor protección para las subsidiadas economías centrales. Una agenda que deja a Argentina, por su lugar en el mundo, con poco para decir y mucho para escuchar.