La dicotomía es un clásico de la historia política argentina. El "roban pero hacen" frente al "tienen buenas intenciones pero son ineptos" está tan estereotipado que, se sabe, ni siquiera representa la verdad en su totalidad. En algún punto, peronistas y antiperonistas se sienten cómodos en los clichés que les asignó la historia y juegan a partir de la chapa que tienen asignada. Hay muchos otros, pero por estas horas estos son los que predominan, los que inevitablemente (más bien podría decirse que voluntariamente) acapararán el debate electoral.

En tiempos de tormentas de frente y de intentar evitar que las crisis sean "muy graves", por fin se descubrió el velo de la trama de corrupción que todos conocen pero que rara vez se relata en primera persona en los tribunales. La guerra por ver quién es más malo será la tónica principal hasta los comicios.

"Es una locura, el país se va a paralizar", analizan desde el empresariado citando ejemplos vecinos. No es argumento para los "pensadores" de la Casa Rosada, que saben que, de todos modos, la incipiente reactivación, llegue cuando llegue, no se sentirá en las urnas.

El Gobierno ya sabe que no podrá ganar las elecciones mientras la gente vote mirando variables económicas. A los propios, solo podrá ofrecerles promesas de "segundo mandato". En ese sentido, solo aspiran a evitar una crisis terminal, frente a la cual cualquier esfuerzo será en vano. Su único combustible, entonces, es publicitar el espanto de enfrente.

A ese espanto le sobran ingredientes. Hasta ahora el más fuerte no fue revelado por empresarios ni por ex funcionarios sospechados de corruptos.

Sus confesiones bien podrían haberse dado jocosamente, entre amigos y palmadas de felicitación. Fue Juan Manuel Abal Medina, al hacerse cargo del tráfico de millonarios bolsos por sus despachos, quien más profundamente doblegó el espíritu negacionista que todo creyente necesita.

El peronismo, así, enfrenta el mismo dilema de 2015: separados, siguen en riesgo de fracasar en el conteo de votos. Incluir a todas sus vertientes, aunque sea a la mayoría, parece una quimera. Lo salvaría una ola de deserciones "tácticas". La más obvia sería la de la propia Cristina. Pero qué sentido tiene ser peronista si no se juega a todo nada por el poder

En este escenario, tanto Macri como Cristina pueden terminar por transformarse en lastres de sus propios espacios, ante la negativa a correrse del protagonismo que la sociedad ya no les concede. No sorprende que desde el entorno de María Eugenia Vidal apuntaran al propio oficialismo por la difusión de las listas de aportantes truchos en la campaña bonaerense. "No todos somos lo mismo", se defendió la gobernadora presentando sus declaraciones de bienes como bandera. Su mensaje tenía destinatarios múltiples.

En algún punto, si de entregar la banda se trata, en el entorno presidencial prefieren apostar al peronismo racional, una lógica que con protagonistas trocados también preponderó en la Rosada en 2015. Con lógicas similares, macristas y kirchneristas cargan bien las manos de barro para disparar al rival, revolcados en un merengue y en el mismo lodo, aun en el siglo XXI.